La España campesina y sus problemas
Desde el momento en que
nuestra fundamental preocupación se dirige hacia las grandes masas del pueblo, necesitadas de
auxilio urgente, está justificado que demos amplio relieve a la vida campesina española. Millones
y millones de compatriotas, jornaleros y asalariados unos, pequeños propietarios otros, llevan hoy
una existencia angustiosa, en medio de la desesperación y el hambre.
Pretendemos acudir en su remedio, interpretando sus necesidades más perentorias. De ahí que nos
propongamos exponer, utilizando para ello la voz más resonante que nos sea posible, todo cuanto
se relaciona con la economía agraria y la vida social de los pueblos españoles.
En esta página de NUESTRA REVOLUCION iremos tratando un número tras otro cuantos problemas afecten
a la economía del campo; es decir, sus deficiencias, sus errores y las soluciones posibles que
se nos ocurran.
Alcanzarán nuestros comentarios al doble problema de la España campesina: uno propiamente
económico, el de sus cultivos, comercio de productos, explotación de la tierra, etc. Y otro, el
problema social y humano de sus moradores.
Ambos manojos de cuestiones serán abordados por nosotros de un modo que estamos seguros
interesará profundamente a toda la ancha España del campo.
El precio del trigo y el socorro a los labradores
Como no podía menos de suceder, y a medida que pasan los días, el trigo se revaloriza. Como causa
principal tenemos la futura cosecha, que, sin duda alguna, será muy corta. Esa es la razón
principal, pero hay otras no menos importantes que contribuyen a esa alza repentina.
Durante meses y meses se ha venido ofreciendo por parte de los labradores el trigo a cualquier
precio. No lo hacían por mero capricho, sino por necesidad. Necesidad creada por los propios
gobernantes al no resolver conflictos sociales y huelgas planteadas con el solo objeto de dañar
la producción agrícola. Eso, por un lado; por otro, los impuestos y contribuciones que, cada vez
con más fuerza, pesan sobre el pequeño agricultor, han hecho que éste, con excesiva precipitación,
lanzase sus productos al mercado a cualquier precio.
Así hemos llegado al momento presente, en el que todo el trigo se halla concentrado en manos de
los grandes acaparadores. Estos, como dueños del mercado, son los que en la hora presente imponen
su autoridad económica en el mercado del trigo. Y de las quince pesetas fanega que valía hace un
mes hemos saltado a las veinte en la hora presente. Eso que parece imposible es una realidad que
los hechos atestiguan. El labrador y el campesino bien lo saben. Es la guerra del acaparador,
del usurero clavada en la miseria de las masas campesinas. Para su avaricia no hay leyes.
De esta forma, sin esperanza de que la cosecha que se avecina sea siquiera mediana y sin dinero
para cubrir las necesidades más ineludibles, como son impuestos, contribuciones y salarios, ¿qué
porvenir le espera al campesino español?
Todo ello, unido a la situación anárquica del campo, cubre el horizonte de negros nubarrones que
hacen presagiar terribles signos de tormenta.
Sería conveniente que el ministro de Agricultura fuese preparando remedio al mal que se avecina.
Este es el momento del tan cacareado "crédito agrícola". Las labores de verano ya han
comenzado. Los labradores se hallan sin dinero y sin productos que presentar al mercado. Deben
ser socorridos inmediatamente por el Gobierno.
La jornada de ocho horas en el campo
Uno de los errores mayores de la legislación social es el de la implantación de la jornada de ocho
horas para los obreros campesinos. Nosotros, que somos partidarios de que la jornada de trabajo
sea disminuida hasta el límite de las posibilidades económicas, en el caso que nos ocupa creemos
una equivocación lamentable la implantación de ocho horas como jornada máxima de trabajo diario.
La agricultura no es la industria. En una mina, en un taller o en una fábrica, no ocho, sino seis
o cuatro pueden ser lo suficiente, pero en el campo, no.
Estamos seguros de que no existe una sola persona que, conociendo el campo, disienta de nuestras
apreciaciones. Podríamos abundar en razonamientos sobre el particular, pero no lo creemos
necesario, ya que hasta los mismos que lo pretenden y lo legislan están tan convencidos como
nosotros de que la legislatura, y particularmente durante las faenas de verano, es una
barbaridad.
Lo que pasa es que hay que dar gusto a una determinada clase social para que satisfaga sus malas
pasiones y su odio contra otra. Esa es la verdad y la única razón. Lo que no saben o no quieren
saber es que a la larga los perjudicados serán todos, y ellos más que nadie. La riqueza agrícola
va poco a poco desmoronándose, más que por ninguna cosa, por esa legislación social sin pies ni
cabeza.
Si lo que se pretende es trabajar lo menos posible, aunque se hunda todo y nos quedemos sin comer,
ése es un buen camino, pero si en lugar de eso es de mejorar de situación económica de lo que
se trata, entonces hay que cambiar de táctica.
Pídanse salarios altos, tan altos como lo permitan las condiciones económicas de los agricultores
patronos, pero no se pida límite exagerado de trabajo, porque eso es ir en contra de la
base económica de la agricultura, que al fin es la que, quiera o no, ha de nutrir al obrero del
campo.
De seguir así llegará día que ni la amenaza de la huelga, ni la fuerza de la ley, ni aun la
violencia de los fusiles consigan salarios altos ni bajos. Es que la potencia económica del
campo se habrá agotado y el patrono se convertirá en obrero, todos ellos sin trabajo y sin pan.
(«Nuestra Revolución», n. 1, 11 - Julio -1936)