La transformación social.
Nada nos resultaría más grato
que advertir en el actual Gobierno, y en las fuerzas sobre que se apoya, una voluntad revolucionaria de
la misma estirpe que la nuestra. Arrastra demasiada ganga y encierra demasiadas contradicciones
el Frente Popular, para extrañarse de que deja incumplida la única misión que podía corresponderle:
vigorizar con pulso jacobino la idea nacional de España y revolverse contra los poderes
-sean quienes sean- que tienen puesto a nuestro pueblo los grilletes de la pobreza y de la ruina.
Con meras aspiraciones políticas, con ansias puramente formales y episódicas, la revolución
española se ahogará en nadería absoluta.
Queremos que hinchen sus velas vientos de más empuje. Es imprescindible que se opere en
España, a más de la política, una transformación social. ¿Lo pretende de veras el actual equipo
gobernante y quienes lo sostienen?
Todo está aquí desplazado. Nadie ocupa su sitio, y así resulta que la riqueza española, a más de
tener ya de suyo grandes límites, queda en gran proporción sin crearse, o va, en inmensa
proporción también, a la bolsa de capitalistas extranjeros.
La existencia de cientos y cientos de miles de trabajadores parados y el hecho de que enorme
multitud de jóvenes españoles, de todas las clases y profesiones, se encuentran sin tarea firme
y alegre, es, entre otros, uno de los síntomas que más contribuyen a empavorecer el drama actual
de España.
Pues esos parados y esas juventudes de porvenir incierto no lo están en virtud de una crisis
transitoria y concreta, sino que son víctimas de todo un sistema de desorganización y de
insolidaridad. La transformación social que propugnamos busca precisamente la organización y la
solidaridad de los españoles.
Hay, en efecto, intereses y poderes que son culpables de la realidad deprimente que advertimos.
Contra ellos es preciso ir antes que contra ninguna otra cosa, y a desenmascararlos y localizarlos
dedicaremos buena parte de nuestras páginas.
Francamente, no está a la vista la fuerza que enarbole con eficacia una bandera como la que, de
modo periodístico y con las limitaciones hoy obligadas, nosotros desearíamos servir. Habrá quizá
que crearla, y darle vida desde el primer momento, con enorme sinceridad y pureza.
Está bien cercana la toma del Poder por el Frente Popular, y es lógico que resulte bastante
difícil impedir el desarrollo de su política. Nutre su vigor, sobre todo, con el fracaso radical
de quienes le antecedieron. Y mientras no surja algo que oponga al Frente Popular una mejor eficacia
nacional y social, de carácter revolucionario más fecundo que la suya, es infantil,
contraproducente y torpe hostilizarlo. Nosotros, desde luego, hemos de atenernos a esa norma para
orientar el camino diario del periódico.
¿Vigorizar fuerzas averiadas? Nadie lo espere de nosotros. No pensamos contribuir a vigorizar otras
consignas que las creadas por nosotros mismos. Y aludimos, al hablar así, a los esfuerzos que la
generación española más joven hace ya, y hará cada día con más brío, por encontrar el camino de su
propia liberación y el de la liberación nacional del país entero.
(«Nuestra Revolución», n. 1, 11 - Julio -1936)