Saben nuestros lectores que en el último número de LA PATRIA LIBRE expusimos con toda claridad
un plan para lograr la estabilización del precio del trigo, excluyendo en absoluto la acción de
los intermediarios y especuladores. Se trataba de crear el Sindicato Nacional del Trigo, al
objeto de introducir métodos coherentes en la economía cerealista española, hoy por completo
anarquizada en detrimento de los labradores y del interés público, y en beneficio exclusivo de
la piratería intermediaria.
El plan que exponíamos no lo consideramos, naturalmente, exento de objeciones. Puede ser objeto
de críticas. Se nos han hecho varias, a las que desde luego nos resulta fácil dar satisfactoria
respuesta. Así lo hacemos a continuación, recomendando a la vez a nuestros críticos un mejor
examen del plan y de sus consecuencias.
Alguien nos indica que su funcionamiento equivale a un impuesto indirecto contra los
productores.
Otros sostienen que desde el momento en que existe un monopolio a favor de un organismo, sea el
que sea, se da un golpe intolerable a la libertad de transacciones.
Otros insisten en el carácter teórico del plan, y que debido a las grandes probabilidades de
fraude y a las dificultades de organización no podría sin duda funcionar en la práctica.
* * *
En presencia de estas críticas, nosotros decimos:
La diferencia eventual entre los precios de compra y los de venta no tiene en modo alguno
carácter de impuesto. Sería en todo caso el más indirecto de los impuestos, porque el productor
no tendría que desprenderse de nada, no tendría que temer medida alguna vejatoria por parte del
fisco. A los labradores no tendría que preocuparles más que una cosa: que el precio señalado
para las compras del Sindicato fuese rentable.
Si el Sindicato se ve luego obligado a vender más caro es porque ha adquirido la totalidad de
la recolección. Repetimos que la diferencia entre los precios de compra y los de venta no
representa ni un impuesto ni un beneficio. Los importes, por el contrario, en su totalidad
están destinados a los productores del trigo.
* * *
Respecto a que se trate de un nuevo organismo más del Estado y que represente un intolerable
ataque a la libertad de transacciones, no lo creemos así. Habrá que precisar los conceptos.
Sería, en efecto, el Sindicato un signo de estatismo, pero de un carácter absolutamente
nuevo, que no gravaría en nada el presupuesto del Estado. El Sindicato Nacional del Trigo
aseguraría por sí mismo el equilibrio de sus ingresos y de sus gastos. No sobrevendrían
pérdidas para el Estado, porque si su gestión es nacional no puede haber pérdidas de ninguna
clase. No se olvide que el Sindicato que propugnamos entra más que en un sistema de estatismo
en uno de corporaciones. La corporación no fija el precio, sino que una vez fijado por los
poderes públicos en nombre del interés general, asegura el respeto a ese precio en beneficio de
los intereses particulares de sus miembros. El interés general exige un precio justo y el
interés particular de la corporación que este precio sea efectivo y que beneficie a todos.
Si hay en efecto un ataque a la libertad de comercio es en un solo punto: no hay libertad para
malvender o vender a intermediarios, no hay libertad para especular y hay siempre, por el
contrario, para todos los labradores la certidumbre de que venderán todo el trigo al precio
convenido.
Pero una vez admitida esta restricción, una vez que el productor se someta a esta sencilla
disciplina, conserva todas sus libertades. Puede sembrar a su gusto, puede elegir la variedad
de simientes que le convengan. Su economía, pues, será perfectamente libre. El único regulador
de sus iniciativas será, como en el sistema liberal más ortodoxo, el precio a que ha de vender
el trigo. Y el precio será un regulador tanto más sincero mientras más estable. Y no será la
recolección la que influya sobre el precio, incidencia llena de incertidumbres, sino que es
mediante el precio como se influirá en la recolección, intervención más fija y segura, porque
quien siembre no estará así nunca tentado por la esperanza de que sobrevenga un alza
problemática y milagrosa.
* * *
Las críticas más serias que se nos envían afectan al posible funcionamiento del Sindicato.
Reconocemos que se advierten desde luego dificultades numerosas para su puesta en práctica, es
decir, para pasar de la concepción teórica a la plena realidad del plan.
Pero a esas dificultades puede intentarse hacerles frente.
¿Cuál sería la personalidad jurídica del Sindicato Nacional del Trigo y cómo funcionaría?
Habría secciones regionales y locales. El labrador podría vender directamente su trigo al
harinero, y en tal caso habría que señalar una tasa a percibir en provecho del Sindicato.
Existe asimismo problema en el establecimiento de los precios relativos a las diversas
calidades de trigo. También en la salvaguardia contra el fraude, ya que hay una diferencia
entre el precio de compra y el de venta. ¿Serían sometidos los harineros a un severo control o,
por el contrario, debería recaer la vigilancia sobre los labradores?
Naturalmente que un Sindicato al que se le iban a señalar poderes tan complejos, tan extensos,
había de ser de un funcionamiento muy delicado. Se le presentaría un manojo de problemas de
organización cuya solución no resultaría fácil para una sola persona. Y además a las
dificultades obligadas de orden práctico, había que añadir sin duda las que iban a crear los
intereses particulares heridos, y que intentarían sabotear y desacreditar al Sindicato.
El Sindicato Nacional, que representaría al conjunto de los cultivadores, habría de tener el
mayor interés como corporación en que el fraude no comprometiera el éxito de la empresa.
Poco a poco, la técnica de funcionamiento del Sindicato, que al principio sería rudimentaria,
iría cobrando robustez. Con auxilio de la experiencia se simplificarían las operaciones, se
perfeccionaría el sistema de los diversos precios según las calidades y, desde luego, se
encontrarían los labradores con la gran ventaja de que a su preocupación por el buen o mal
tiempo no tendrían que añadir otra tan profunda como ésa, la preocupación por los precios del
trigo en el mercado.
Creemos que en nuestro plan hay entre otras una visible ventaja, y es la supresión de los
intermediarios. Continuarían si acaso en una esfera de acción limitadísima. Esto es, no serían
ya sino los mandatarios de otros, a los efectos de evitar pérdidas de tiempo y de agrupar a los
productores más pequeños. Pero desparecerían sin ninguna duda los grandes beneficios
especulativos nacidos del agio y de las maniobras escandalosas de los acaparadores.
(«La Patria Libre», n. 7, 30 - Marzo - 1935)