La lucha por la unidad de España tiene un carácter doble: uno, la defensa de la trinchera
última, del reducto postrero que nos queda a los españoles como garantía de que la Patria
existe. Otro, la necesidad de hacer de esa trinchera y de ese reducto un plan ofensivo de
reconquista nacional.
España sin unidad no existe. Y sin la unidad de España, los españoles, todo el pueblo, caerán
en la degradación moral más triste y en la ruina económica más negra.
Porque no hay ni puede haber tragedia comparable a la de un pueblo que asiste a la desaparición
histórica de su propia Patria. Y porque la balcanización de España supondría la esclavitud
política y económica del pueblo por los vecinos más fuertes.
Repitamos, pues, el angustioso panorama que traería consigo la derrota de la unidad y que pudo
ya cernirse sobre España y sobre los españoles si hubiere triunfado en octubre la insurrección
criminal de Companys:
DEGRADACIÓN MORAL Y ESCLAVITUD ECONÓMICA DE TODO EL PUEBLO.
Siempre hemos tenido la sospecha de que la inspiración más profunda y el aliento más claro que
impulsaban en España a los sostenedores y propagadores de los regionalismos separatistas -el
catalán y el vasco- había que fijarlos y localizarlos en el extranjero, es decir, que tenían
una explicación internacional.
Pues ahí está ahora el momento europeo, bien repleto de incitaciones y promesas. Creemos que no
debe olvidar España uno de los ingredientes más fundamentales de su política internacional: el
de defender su unidad contra las asechanzas de aquellos a quienes evidentemente conviene la
balcanización española.
La lucha por la unidad constituye hoy la bandera política más urgente y honda. La quiere y
aplaude todo el pueblo y aseguran su victoria, tanto esa unanimidad popular como el saberla ya
después de todo triunfante en otras ocasiones históricas igualmente graves. Pues no se olvide
que en tiempos de Felipe IV, cuando cada jornada suponía para España una derrota en su imperio
y un desgajamiento territorial, hubo también peligro para la unidad de España. Pues bien, a
pesar de haberse desencadenado el proceso disgregador del imperio y de separarse Portugal, hubo
un límite emocionante: la unidad de España triunfó de la revuelta separatista en Cataluña,
donde hubo ya ignominiosamente virreyes franceses.
Nuestra fe en el triunfo de la unidad de España es absoluta, aun sabiéndola hoy todavía en
riesgo, no aplastados sus enemigos ni deshechos los fuertes poderes interesados en que el
proceso disgregador continúe.
Es más. Tales calidades de victoria damos a la bandera de la unidad que estamos seguros de que
quien sepa y logre unir a ella con vigor cualesquiera otro ideal político lo verá asimismo
victorioso. ¿Cómo vamos, pues, nosotros, el nacional-sindicalismo jonsista, a renunciar a
desplegarla con el mayor aliento?
(«La Patria Libre», n. 7, 30 - Marzo - 1935)