Nos mostramos partidarios de revisar las bases y las orientaciones sobre las que nos hemos
apoyado nosotros y nuestros afines. Hay que dar paso a un nacional-sindicalismo vigoroso y
pujante.
Lo peor que puede ocurrir a una organización política es entrar en una zona de inercia. Ello
equivale a perder el contacto con los entusiasmos calientes, a abandonar la pretensión de
dirigir los acontecimientos y dejarse en cambio llevar por ellos a la deriva. Esa zona de
inercia es zona de sombra y, sobre todo, para los partidos dinámicos, para las organizaciones
totalitarias y ambiciosas como la nuestra, penetrar en ella es síntoma inexorable de muerte.
Quienes nos movemos en las organizaciones nacional-sindicalistas, y sobre todo nosotros, los de
las J.O.N.S., como los primeros fundadores de aquéllas, sentimos la necesidad de impedir que
nuestra bandera sea fácilmente arriada. Por eso ahora, en presencia de la realidad española, en
presencia de las enseñanzas y experiencias de nuestra actuación de dos años y, por último, en
presencia también del panorama interno que puso al descubierto la ruptura conocida entre las
J.O.N.S. y Falange Española, nosotros decimos con emoción y sinceridad a todos los españoles
interesados en el triunfo del nacional-sindicalismo.
El camino seguido hasta aquí parece deficiente. Resulta quizá estrecho y hay en él excesivas
encrucijadas, es decir, excesivas vacilaciones.
La proyección diaria y permanente sobre la realidad de España, que debió ser una de las
preocupaciones primeras, ha faltado casi en absoluto. Los dos años últimos han sido bien
pródigos en episodios hondamente destacados y visibles y, sin embargo, la disciplina
nacional-sindicalista, el movimiento en que nosotros y nuestros afines hemos estado enrolados,
no ha obtenido de ellos las consecuencias fecundas que podían esperarse.
Parece que todo lo referente a las jerarquías, a la técnica de organización, a la agilidad y
flexibilidad tácticas del movimiento ha adolecido también de grandes errores.
Unase a todo esto que las circunstancias españolas, las condiciones que hoy aparecen como
rectoras del ambiente y de la realidad de nuestra Patria, han sufrido asimismo modificaciones
profundas. Y si convenimos en que el movimiento no desarrolló la eficacia debida cuando esas
condiciones y circunstancias eran más normales y más próximas a las que él se encontró al
nacer, es lógico que ahora, distintas y diferentes en absoluto, encallase con más facilidad.
* * *
Hemos señalado las posibles críticas al movimiento que hasta hace poco ha sido el que incluía a
todos los nacional-sindicalistas españoles. Podemos resumirlas así: 1) Jugo programático
deficiente. 2) Aislamiento de la realidad nacional y como consecuencia imposibilidad de obtener
de ella los necesarios triunfos. Y 3) Jerarquías torpes, técnicas mediocres de organización y
tácticas erróneas.
Quien creyere que nuestra ruptura con Falange Española obedecía a mero capricho y que carecía
de dimensiones profundas padece una equivocación notoria. Nosotros, los jonsistas, hemos
observado las limitaciones dichas, hemos visto con claridad que era llegada la hora de cambios
radicales en la orientación, en la táctica y en los dirigentes y, como nada de eso podía
lograrse allí, hemos dado de nuevo vida a las J.O.N.S. La cosa es clara, sencilla y limpia,
pues las J.O.N.S. y sus hombres aparecen más desprovistos de responsabilidad.
* * *
Afirmamos, pues, que los nacional-sindicalistas tenemos que revisar nuestros principios,
tenemos que revisar nuestras tácticas y tenemos que conseguir eficacias nuevas.
Y ello en orden a estos tres propósitos:
1) Convertir nuestra bandera en la bandera de todo el pueblo, sin ligazón especial a las zonas
privilegiadas de la sociedad. Tenemos que esforzarnos por interesar en nuestras tareas a esas
enormes masas de españoles que son hoy víctima de la agitación antinacional, de los grandes
poderes económicos y de la desidia liberal-burguesa. Las flechas yugadas del jonsismo tienen
que ser un emblema de liberación y de justicia para todo el pueblo.
2) Hay que conseguir victorias decisivas contra las organizaciones marxistas, considerando su
propaganda entre las masas laboriosas como una verdadera propaganda de traición contra los
intereses más altos del pueblo y de la Patria. Hay asimismo que combatir con idéntico afán las
tareas desmembradoras de los separatismos, pues en una hora internacional como la presente
constituyen notorios servicios a los planes del extranjero, que desea una España balcanizada,
dividida y débil para poner las energías y el trabajo de nuestro pueblo a disposición de su
piratería financiera.
3) El nacional-sindicalismo tiene que proyectar sobre todos los españoles las firmes ventajas
de su régimen. Tiene que demostrar que sólo mediante una red de Sindicatos nacionales, es
decir, de organismos que se muevan en una órbita de servicio a los intereses del pueblo y de la
Patria, puede darse fin al paro forzoso, pueden iniciarse las bases de una reconstrucción
industrial, pueden mejorar sus condiciones de vida los labradores y campesinos y, por último,
puede darse eficazmente la batalla a esa inmensa legión de acaparadores, de especuladores e
intermediarios que tiene hoy esclavizada y sometida a la inmensa mayoría del pueblo.
* * *
Las modificaciones que se observan en el ambiente político y económico de España obligan
asimismo a revisar las tácticas. Lo que hace ocho meses hubiera quizá sido un acierto puede hoy
ser un error carísimo. Las gentes van perdiendo su fe en las instituciones liberal-parlamentarias.
Reclaman un orden nuevo y lo reclaman quizá con más urgencia de lo que parece. Hay sobre
nosotros el peligro de que otros, que carecen de nuestra fe nacional, que ignoran y desconocen
las angustias populares verdaderas, que esgrimen unas ideas forzosamente ingratas para muchos,
se apoderen de esa reclamación y la hagan suya.
¿Qué hacer, pues? Es evidente que no resulta fácil exponer aquí las líneas fundamentales de la
nueva táctica que propugnamos. Compréndanlo nuestros lectores y nuestros camaradas.
Fe absoluta en las J.O.N.S., en sus nuevos organismos deliberantes y en su secretario general,
el camarada Ramiro Ledesma Ramos, que tiene hoy en sus manos la orientación política.
(«La Patria Libre», n. 6, 23 - Marzo - 1935)