No es una forma política que cualquier pueblo pueda adoptar libremente, como sucede con la
democracia o con el liberalismo. El imperialismo no es una teoría creada por unos cuantos
pensadores. ¡Que intenten ser imperialistas Andorra o Suiza! No pasarán del intento, no llegará
a la realidad su imperialismo.
El imperialismo es una necesidad. Es algo natural. Es sencillamente la influencia que,
sin artificio ni intención, se deriva de la fuerza, de la vitalidad, de la cultura y de la
riqueza de un pueblo.
Esta expansión e influencia de un pueblo por su fortaleza, cultura y riqueza, se produce lo
mismo en una república que en una monarquía, en un régimen liberal, o en uno autocrático.
Hora es ya de ir fijando conceptos y acabar con la estupidez e ignorancia de los que se
pronuncian contra el imperialismo, cual si fuera producto de los partidejos políticos. Si
España no es imperialista, no es porque la cerrilidad de unos cuantos retrógrados,
decimonónicos, liberales y radicales demócratas, se hayan opuesto, sino porque desgraciadamente
España no es hoy un pueblo fuerte, poderoso y próspero como por su Historia, sus medios
naturales y su posición geográfica la corresponden.
Una España grande será imperialista, porque su influencia cultural, económica y militar, se
dejaría sentir en todo el mundo. Si hay algún español que se oponga a la grandeza y poderío de
España, a su consideración y prestigio en el mundo, debe de ser fusilado por traidor.
Hay una tiranía de las palabras con la que hay que acabar, porque es fruto de la ignorancia o
de la mala fe. El día que de España se afirme que es «imperialista», tengamos presente que
serán los días felices en los que España esté en el apogeo de su fortaleza, vitalidad, cultura
y riqueza.
(«La Patria Libre», n. 2, 23 - Febrero - 1935)