«La revolución no está hecha», ha dicho usted, intrépido y magnífico comandante Franco, y luego
lo ha repetido su superior, el ministro de la Guerra, señor Azaña. En efecto, señores, y ésta
es nuestra única esperanza. Pues esa revolución no hecha la haremos nosotros, los jóvenes, los
nuevos revolucionarios, sin retroceder ante los fusiles burgueses del Gobierno liberal de la
República. Por fortuna, decimos otra vez, la revolución está sin hacer. Hubiera sido cosa
tristísima entregar a la vieja generación reaccionaria, hoy triunfadora, el coraje revolucionario
de nuestro pueblo. Son caudillos viejos, de poltrona y de café, que desconocen los resortes de
la gallardía española que hoy resurge. Hombres enfermizos, temblorosos, sin pulso ni sangre de
disciplina guerrera. ¡Que no hagan ellos la Revolución! ¡No comprenden la hora joven,
vinculados a la putrefacción demoliberal, sin estusiasmos para nada!
¿No cree usted esto mismo, comandante Franco?
¡Queremos que se nos utilice en una grande y genial tarea! Este es nuestro grito de jóvenes. El
entusiasmo burgués y bobalicón por la libertad queda para los ateneístas bobos. No libertad
frente a España, sino entrar gigantescamente al servicio de España. Por eso en España es preciso
y urgentísimo hacer una gran Revolución. Para dar salida y hallazgo a la genial tarea hispánica.
Para encontrar nuestra voz universal. Para desalojar a esas mediocridades que hoy, como ayer,
son dueñas de los mandos. Para disciplinar nuestra economía y evitar el hambre del pueblo.
¿Qué juventudes pueden formar en las filas de un movimiento revolucionario así? Todas aquellas
que sepan despreciar los merengues republicanos y monárquicos y vibren tan sólo a impulsos de
la grandeza nacional y de la justicia económica. Todos los que no cierren los ojos al disparar
una pistola y estén dispuestos a dar su vida por la vida genial de España. Todos aquellos que
no quieran abandonar los destinos hispanos a la repugnante y decisiva intervención del
liberalismo burgués que hoy triunfa.
¡Pero sea inminente la Revolución! El movimiento republicano último ha destacado valores
revolucionarios a quienes no debe conformar su estancia en las covachuelas. Hay que ir adelante,
camaradas, e impedir que se desmoralicen los corajes.
Nuestras frases son claras y limpias, de rotunda expresión joven. Por eso esperamos y queremos
que aparezcan ante los rostros como látigos. Entendemos el imperativo revolucionario como una
suplantación de generaciones. Han fracasado los viejos y deben arrebatárseles los puestos
directores.
No basta, no basta, viejos cucos, con la caída del Capeto. Pronto se verá cómo ése ha de ser,
en todo caso, el episodio mínimo. No toleraremos el fraude ni dejaremos la trinchera hasta que
España no entre en la vía revolucionaria que le pertenece. Los cobardes y medrosos, que se
queden ahí, llamando a rebato a la Guardia Civil contra las balas comunistas. No hay comunismo,
señores. Nosotros, y ésta es nuestra máxima y formal promesa, combatiremos al comunismo cuando
éste sea aquí realmente un peligro. Pero los combatiremos nosotros, no llamando a la Guardia
Civil, sino haciéndoles frente, como a traidores que son contra el espíritu sublime de la Patria.
Pero hoy no hay peligro comunista, repetimos, y será inútil que los burgueses y los socialdemócratas
de la Casa del Pueblo intenten ahorcar el ímpetu revolucionario esgrimiendo la falsedad
comunista.
¡Fidelidad a la juventud!
Hagan lo que hagan y quieran lo que quieran, hay que dejar paso a las juventudes. En sus
artículos sobre España, insinúa Marx que las convulsiones revolucionarias del siglo XIX
fracasaron y se desvirtuaron porque los viejos interceptaron las iniciativas de los jóvenes.
Algo análogo se pretende que acontezca ahora, aun destacando de modo aparente los valores
nuevos en media docena de altos cargos. ¡Pero qué jóvenes! (Porque fuera de Rodolfo Llopis, de
Galarza y de algún otro de probadísima lealtad a los años mozos, invitamos a que se contemplen
las figuras y los apellidos de los destacados: Ahí están el tontín Recasens Siches y los hijos
de los papás, señores Sánchez Guerra y Ossorio.
Bien está la República, y a nadie se le ocurrirá, suponemos, intentar que encalle y que
peligre. Pero urge convertirla en lo que en realidad debe ser: cauce por donde derive, de modo
eficaz, la energía revolucionaria y asegure o favorezca el cambio radicalísimo que debe
efectuarse. La República, en sí y por sí, es pura ineficacia. Hemos dicho repetidas veces en
este periódico que hace un siglo el concepto de República lo era todo. Su enunciación sola
aludía a las palpitaciones más vivas del pueblo. Hoy no significa nada, y no pasarán muchos
meses sin que se den cuenta de ello las gentes.
Por eso sería fatal que nuestro pueblo, cuando apuntan por el horizonte los clarinazos que
enuncian sus deberes para con el mundo en este siglo, se entregase definitivamente a festejar
el triunfo bobo de los viejos santones republicanos. No. Con el mismo coraje que lanzó por la
borda a la Monarquía debe hoy vigilar su propio destino, oponiéndose a que se lo esquilmen y
falseen.
Ahora veremos la autenticidad revolucionaria de las juventudes. Nosotros no tenemos fe sino en
núcleos pequeños y audaces, que, eso sí, prestarán todo su empuje al movimiento. Y nuestras
falanges de combate, creadas con dificultad en dos meses debatiéndonos contra las calumnias del
vil señoritismo de izquierdas, están ahí dispuestas a entrar en fuego para defender el hervor
revolucionario.
La República llegó sin lucha. Eso, que se proclama por ahí como la máxima virtud de la
ciudadanía, ha dejado inéditos, por fortuna, los episodios revolucionarios que ahora deben
iniciarse.
No hay que desaprovechar la gran suerte de que coincidan nuestros años jóvenes con la necesidad
revolucionaria de la Patria. Las juventudes fieles al movimiento tienen que reconocer los
supremos imperativos de nuestro pueblo. Otra cosa supondría una deserción cobarde. ¡Paso a los
jóvenes quiere decir paso al combate, al heroísmo y al sacrifico de guerra!
¿No es así, comandante Franco?
La ruta imperial
Nuestro resurgimiento consistirá en saber descubrir nuevas ambiciones. Ya se inicia en España
unas poderosísima apetencia de imperio, representada por el afán de equiparse en un orden
hispánico que seccione y supere la leve mirada regional. De ahí que cuanto acontezca en
relación a Cataluña signifique para nosotros una especie de prueba de nuestra capacidad de
imperio. Ni la más mínima concesión puede hoy ser tolerada. Compromete la grandeza de nuestro
futuro y nublaría las magníficas posibilidades históricas que hoy existen.
España ha de acostumbrarse desde hoy a ambiciones gigantes. Cuando un gran pueblo se pone en
pie es inicuo conformar su mirada a los muebles caseros que le rodean. Nos cabe a nosotros el
honor -y no tenemos por qué ocultarlo- de ser los primeros que de un modo sistemático situamos
ante España la ruta del imperio. Todo esta ahí, a disposición nuestra. Los pueblos hispánicos
de aquí y de allí se debaten entre dificultades de tipo mediocre, y es deber nuestro facilitar
e incrementar su desarrollo.
Para ello hay que cultivar con amorosa complacencia la táctica imperial que nos convierta en el
pueblo más poderoso de Occidente. Si España es hoy infiel a este imperativo de grandeza, merece
el desprecio del mundo. Los enemigos no son tanto los extranjeros como la comparsería traidora
del interior. Las batallas primeras hay que librarlas, pues, dentro de casa, contra la
impedimenta cobarde, liberal y socialdemócrata que trate de detener el vigor hispánico.
Nadie mejor que las juventudes, incontaminadas y valientes, pueden recoger hoy la coyuntura
imperial que se nos ofrece. Atropellando a los timoratos, a los liberales burgueses, que son la
reacción y el deshonor.
Hay, pues, que someter a un orden la Península toda sin la excepción de un solo centímetro
cuadrado de terreno. Hay que dialogar para ello con los camaradas portugueses, ayudándoles a
desasirse de sus compromisos extraibéricos, e instaurar la eficacia de la nueva voz. Portugal y
España, España y Portugal, son un único y mismo pueblo, que pasado el período romántico de las
independencias nacionales, pueden y deben fundirse en el imperio.
Frente a esa Europa degradada, mustia y vieja, el imperio hispánico ha de significar la gran
ofensiva: nueva cultura, nuevo orden económico, nueva jerarquía vital.
Solo así, en pleno y triunfal optimismo, puede tener lugar la creación de nuevos valores sobre
que apoyar el imperio. Están aún sin adecuada respuesta los mitos europeos fracasados, y
corresponde a España derrocarlos de modo definitivo. Hay que poner al desnudo el grado de
mentecatez que supone una democracia parlamentaria. Hay que enseñar a Europa que vive en
absoluta ceguera política, con sus artilugios desvencijados por los suelos, mereciendo de
nosotros el desdén supremo. Italia, Rusia y la nueva Alemania nos ayudarán a desarticular los
reductos viejos de Europa, arrebatándoles los atributos de poderío que conserven.
¡Mucho tenemos, pues, que hacer, jóvenes revolucionarios de España! ¡Nada de entregarse a los
triunfadores de hoy, gentes enamoradas de Europa que siguen sus mismos pasos y nos condenarían
a perpetua ineficacia! La ruta a seguir es clara y limpia: ¡Adelante la Revolución! Eligiendo
como veredas las crestas más altas. Sin detenerse. Camino del triunfo. Cuando el lobezno
comunista aparezca se afina la puntería y... adelante. Hasta el fin.
Ni derechas ni izquierdas
Antes que nada es preciso invalidar estas denominaciones. Los que se empeñan en permanecer
anclados en estas viejas filas es que desertan del vitalísimo orden del día. Hay que aislarse
de ellos por corruptores, por reaccionarios y enemigos de la Patria. No tienen ya vigencia esas
palabras, habiendo dado el mundo un viraje pleno, y hoy sólo debe interesarnos la articulación
eficaz de nuestro pueblo, obligándole a hacer en dos meses cincuenta años de historia. Esos que
creen que un pueblo hace una Revolución cuando clama y proclama por lo que en otros pueblos
hay, carecen de impulso creador, son incapaces y hay que apartarlos de los mandos. Si nuestra
ruta revolucionaria va a consistir en copiar los episodios de nuestros vecinos los franceses,
no merecería la pena dar un paso.
Nada, pues, de derechas e izquierdas, grupos que responden a las categorías parlamentarias de
Europa. Tan sólo debemos admitir entre nosotros tres grupos: 1.° El grupo retrógrado,
reaccionario, cuyo programa sea establecer aquí una purísima democracia parlamentaria, mediocre
y burguesa. 2.° El grupo marxista, socializante e internacional, pacifista y derrotista, al que
hay que vigilar como posible traidor a la Patria. Y 3.°, el grupo joven, corajudo y
revolucionario, que entone marchas de guerra y se disponga a sembrar con sus vidas los caminos
del imperio; a iniciar la rota de las economías privadas y disciplinar el desenfreno capitalista.
No tenemos que decir que nosotros formaremos en este grupo último y que todas nuestras fuerzas
de actuación y de pelea estarán a su servicio radical.
¡Salud, comandante Franco!
* Comandante de Aviación don Ramón Franco Bahamonde.
(«La Conquista del Estado», n. 9, 9 - Mayo - 1931)