No necesitamos violentar lo más mínimo nuestras ideas ni rectificar el programa político y
social que defendemos para dedicar un elogio y un aplauso al régimen republicano. LA CONQUISTA
DEL ESTADO lleva publicados cinco números. Su íntegro bagaje ideológico y táctico se nutre de
aspiraciones muy distintas a esas que quedan enmarcadas en una forma de gobierno. La voluntad
del pueblo español se ha decidido de un modo magnífico y vigoroso por la República, y nosotros,
férvidos exaltados de la energía nacional, hispánica, celebramos su disciplinado triunfo. ¡Viva
la República! Nunca hemos creído subversivo este grito, que hoy es y representa el clamor
entusiasta de los españoles. Todos cuantos estiman que la emoción primera de las luchas
políticas es la voluntad del pueblo, deben hoy acatar sin reservas a la República. Así lo
hacemos nosotros, con la indicación incluso de que en esta hora la defensa de la República es
la defensa nacional.
Ahora bien, los entusiasmos primeros, los saludos y los vítores, van a tener una fugaz y
rapidísima vigencia. Serán suplantados por la enérgica decisión de que el Estado republicano
naciente sea un producto de la misma entraña hispánica, leal a los afanes de nuestro pueblo, y
concentre las auténticas eficacias, que son las de índole social y económica.
Dentro de la República, iniciaremos en la vida española las propagandas de responsabilidad
nacional y de lealtad suprema a los imperativos de nuestro pueblo. Y, además, la estructuración
económica que nos distingue: sindicación obligatoria de las industrias, control por el Estado
hispánico de las economías privadas y entrega de tierra a los campesinos.
La República llega rodeada de alientos liberales. Con más de un siglo de retraso; el pueblo
exalta hoy mitos ineficaces, y hemos de impedir que se le hurten las verdaderas conquistas de
esta época. Nada de estancarse en la fase mediocre de una socialdemocracia más. Nada de pelea
ante enemigos inexistentes. Y sí, en cambio, enderezar el coraje a los objetivos grandiosos: el
poderío hispánico, la justicia social y económica.
La República naciente hará posibles las batallas actuales. ¡Nadie nos niega hoy la libertad,
camaradas! Hacen falta, pues, otros gritos y otros disparos más certeros. Ha triunfado en
España la fase liberal de la Historia, y bien está ahí, abriendo los caminos nuevos. ¡Que la
parada sea de muy pocos minutos! Otros pueblos vienen ya de regreso, y conseguirán las
primicias de nuestra época. Que es, digámoslo claro, antiliberal, antiburguesa.
¿Cómo será el Estado republicano?
Las propagandas políticas que han traído y logrado el triunfo de la República son, no hay que
olvidarlo, de tipo burgués y liberal. Cabe, pues, presumir qué clase de Estado será el primero
que estructure la República. El Gobierno provisional y sus altos cargos están ocupados
lógicamente por los hombres que en la última época española defendieron los ideales de libertad.
Es natural y legítimo que así sea. ¿Elaborarán ellos el Estado según ese anacrónico criterio?...
Este es el enigma.
Nosotros estaremos enfrente de esa tendencia republicana liberalizante y socialdemócrata.
Propugnamos el Estado colectivista, sindical, a base de la suplantación de los derechos del
individuo por los derechos del Estado hispánico. Un derecho de esos es el de la propiedad. Otro
es el derecho de la disidencia frente al Estado. Nosotros negamos los derechos de ese carácter,
y quisiéramos que el Estado triunfante en la República fuese un Estado robusto y poderoso,
indiscutible y eficaz, que iniciase las grandes marchas hispánicas.
El pueblo debe reclamar satisfacción inmediata a las exigencias de tipo económico. El Estado
liberal burgués entrega a la arbitrariedad individual el control de la riqueza, y es preciso
supeditarla a los intereses colectivos.
Nosotros estaremos en nuestro puesto para defender el derecho que tiene el pueblo a que no se
realice el fraude revolucionario. Hay que ir adelante, sin detenerse, y apurar las conquistas.
La garantía de Indalecio Prieto
En nuestra breve colección hay ya señales del alto juicio, respeto y admiración que nos merece
este hombre, la figura más eminente de la Revolución que hoy se pone en marcha. Su presencia es
garantía de todo. «Este hombre -veníamos a decir en LA CONQUISTA DEL ESTADO del 28 de Marzo
último-, si logra desasirse del ambiente y dispone de una intuición genial, puede dar auténtico
sentido revolucionario a la cosa. Y edificar grandezas.»
En efecto, Prieto penetra totalmente en la emoción revolucionaria de los tiempos actuales. Su
temple y su vigor son hoy la esperanza inmediata de los que deseamos que el hervor del pueblo
se encamine sin pérdida de minuto a estas dos grandes tareas: la creación vigorosa de una
fuerte conciencia hispánica, nacionalista, que constituya el soporte supremo del nuevo Estado
republicano. La revolución de tipo económico que termine con los privilegios anárquicos e
inmorales del régimen liberal burgués.
Esperamos la acción y la reacción de Indalecio Prieto. Con optimismo confianza.
¿Qué pasa en Cataluña?
De todos los episodios a que ha dado lugar el cambio de régimen, el único que sin duda ha hecho
fruncir de preocupación la frente de los españoles es el episodio de Cataluña. ¿Qué pasa allí?
Los telegramas no son muy extensos, pero sí lo suficiente para indicar que son cosas bien poco
agradables.
El Gobierno provisional de la República dispone hoy de todos los poderes y de la máxima
confianza del pueblo. Tiene, pues, toda la autoridad que se requiere para las intervenciones
heroicas.
En Cataluña parece que los acontecimientos se precipitan. ¿Qué Constitución o decreto de la
República española autoriza la formación de ese Estado catalán? ¿Es una realidad revolucionaria?
Debe combatirse por la realidad revolucionaria de España, que también es una realidad.
Pero no escribamos más de esto. La información de que disponemos es insuficiente. Mientras tanto,
elogiemos los rasgos de convicción y de energía de que esta dando muestras Emiliano Iglesias.
Le acompaña el total aplauso de los que ponemos por cima de todo la grandeza hispánica. A la
que no se llega precisamente concediendo satisfacción mediocre a las limitaciones cantonales.
El Gobierno provisional de la República, repetimos, tiene hoy autoridad revolucionaria
suficiente para sujetar a disciplina hispánica las tendencias de la revolución. Para imponer
quietud a los impacientes desmembradores.
(«La Conquista del Estado», n. 6, 18 - Abril - 1931)