Naturalmente que sí. Este señor vizconde no es vizconde de nacimiento, es vizconde consorte,
pero nació vizconde. ¿Es esto un lío? Quiero decir en el mejor castellano posible que el señor
Yanguas es el perfecto vizconde. Vizconde por naturaleza, por derecho propio y por haber
contraído matrimonio con una vizcondesa.
Es una inteligencia descarriada a puro voltear ortodoxias. A un buen franciscano, montaraz allá
por los riscos de Béjar, le oí decir hace tres años que don José era el más formidable político
de España. Los elementos de juicio de que disponía aquel frailecico no los conozco. Su idea de
la política y de los políticos es de presumir que se ilustraba en las páginas luminosas de
El Siglo Futuro, su periódico predilecto. Por tanto, un español representativo -¡y tan
representativo!- cree que el señor Yanguas es un político genial. Disimulemos.
Primo de Rivera lo enderezó de un sopapo y le dio categoría de hombre de acción, de gobernante.
El fracaso llegó al Polo sin avería. De la cátedra al Ministerio hay un cierto trecho de sendas
policromadas que llevaron tras de sí los ojos embelesados del genio. ¡Ah, pero la política no
tiene de femenino sino el nombre! Todo cuanto a ella se acerca es músculo robusto y tenso, mala
cosa para catedráticos y niños empollones.
Nuestro señor Yanguas Messía conoció los alientos dictatoriales. En sus mejores y más cálidas
salsas. No le sirvieron apenas de nada. Nadie lo diría, viéndolo hoy, ahí, camaleón y fugitivo,
resguardado y pulcro. Es la tragedia de la dictadura de Primo. Ni uno solo de aquellos hombres
que se sentían heroicos protegidos por la alta espada es capaz, en esta hora del demonio, de
ensayar gestos arrogantes. Ni uno solo. Se ocupan y preocupan de guardar las formas, de que se
le olviden, por Dios, los pequeños disparates...
Aquí tenéis al ilustre Yanguas Messía, ejemplo gallardo de sonrisas en la hora triste. ¿Dónde
estáis, vizconde, que no salís ahí con un abanico destructor de pequeñas tormentas? Tanta gente,
tanta, como fiaba en los talentos vuestros, y, a lo más, os contempla contemplando las grandezas
jurídicas del siglo XVI. (Eso del padre Victoria, ya tan vulgarcito y adobado.)
El pobre anda oculto por veredas umbrosas, sin dejarse ver, oír o tocar de ninguno de los
buenos mortales que esperaban salvarse ante su sola presencia. ¿Qué hacen esos queridos
compañeros de la Prensa, sustrayendo a los públicos la figura estilizada del vizconde? Muy
triste cosa es para mí -diablo Cojuelo de buena voluntad- no encontrar en los escombros de la
Dictadura hombres más nutridos. Aún no es tarde, don José; pruébese los espadines y díganos al
pueblo su palabra. Esperamos candorosos y entusiastas su decisión. No podemos creer que usted
también acepte como heredero universal de la Dictadura a ese doctor, ignaro y chirle, que
moviliza las terribles y tremendas legiones.
Aún es hora, don José, y no se malogre. No olvide las glorias triunfales que esperan a los
salvadores de pueblos. Atienda su destino y no se desvíe de ruta, de senda, de camino.
(«La Conquista del Estado», n. 5, 11 - Abril - 1931)