Por muy retrasados que andemos por aquí, fuera del orbe auténtico de las preocupaciones
mundiales, en busca y captura de las libertades fugitivas, no es posible sustraerse a la raíz
central que informa la vida toda de Occidente. Hay unos valores en peligro. Hay unas
posibilidades magnas que pueden resultar fallidas. Si en España los grupos se empeñan en vivir
en anacronismo perpetuo, repitiendo las gestas políticas que hace ochenta años constituían la
actualidad europea, allá ellos. Pero permítasenos a nosotros, hombres recién llegados, que
demos cara a nuestro tiempo y destaquemos lo que en él hay de palpitación viva.
En España existe un guirigay absurdo en torno a la forma de gobierno. Se polarizan las fuerzas
políticas sobre esos dos conceptos de Monarquía o República, sin sospechar que ambos perdieron
hace muchos años su vigencia como mitos creadores. Esa cuestión del régimen es algo que debió
liquidarse de modo definitivo hace veinticinco o treinta años. Por lo menos, antes de la guerra.
Las generaciones que nos precedieron, y que aún viven y circulan por ahí, no lograron una
solución que entonces podría haber sido actual, y hoy se empeñan en que toda la savia joven les
ayude en sus afanes rencorosos. No sólo, pues, merecen nuestros padres repulsa por lo que no
hicieron, sino también por lo que nos imponen a nosotros que hagamos.
Esas plañideras de izquierda, que llevan veinte años en actitud cursi de quejumbre, sonríen hoy
ante la musculatura joven que, al parecer, les ayuda en la infecunda tarea. No hay tal cosa. La
juventud española no es demoliberal, como pudiera creerse ante el equívoco que plantean los
viejos rencorosos. Se educa en los aires y en los hechos de este siglo, y está en la
mojigatería liberal burguesa al acecho tan sólo de una ocasión de lucha y de pelea. Pueden
existir equívocos de palabras, de rotulaciones, pero nunca de hechos y de objetivos. Nosotros
invitamos a que se examinen los actos políticos en que intervienen los jóvenes, y a que se nos
indique la filiación demoliberal de ellos. Son, por el contrario, protestas violentas, citas en
las líneas de fuego, entusiasmos por las marchas militares desde las posibles Jacas españolas.
Ahora bien; llegan nuevos deberes al coraje occidental. El clarín histórico señala hoy a los
pueblos unos instantes de fidelidad a los principios superiores que informan de modo entrañable
su cultura. Aquellos que no obedezcan, aquellos que eludan los dilemas auténticos, perecerán
frívola y traidoramente. Pero los que logren intuir los verdaderos peligros, los que posean la
clave de los destinos actuales, los que se interesen por la fiel continuidad de la vida del
pueblo, ésos deben salir a campo abierto y presentar batalla.
Nos referimos al comunismo que triunfa, que amenaza disolver las grandezas populares, que está
ahí bien provisto de mitos y de alientos. La ola comunista dejó de ser una inundación
ideológica y romántica para convertirse en un resorte actual, a cuyo tacto se buscan y
pretenden victorias sociales y económicas. No hay que desconocer la potencia y el radio del
comunismo, que se despliega a todos los aires en caza de atenciones.
Nosotros las recogemos, y advertimos la gigantesca dosis de futuro que posee. Pero el comunismo
es nuestro enemigo. Destruye la idea nacional, que es el enlace más fértil de que el hombre
dispone para equipar grandezas. Destruye la eficacia económica que nuestra civilización
persigue y solicita. Destruye los valores eminentes del hombre. Deforma el estadio postliberal
que hoy se extiende por el mundo, y lo convierte en restringido servidor de unos afanes
pequeñitos.
Pero frente al comunismo carecen de vigor y de eficiencia las viejas actitudes. Si los pueblos
de Occidente no disponen de otros recursos políticos que ese de las consabidas, huecas y
mediocres libertades. Ni de otras eficacias económicas que las que proceden de la arbitrariedad
liberal burguesa, a base de Estado inerte y trusts poderosísimos, de tierras infecundas y
campesinos esquilmados. Si no tiene otras fuentes de coraje que el de unirse a un viejo mito
-republicano o monárquico, igual importa-, y recluirse en él como en una fortaleza negativa. Si
no logra renegar de esa teoría política tradicional, diecinuevesca, que confiere al individuo
poder coactivo frente al Estado y subordina los intereses colectivos a los individuales. Si no
se superan de modo radical las instituciones políticas vigentes, buscando la entraña popular y
abriendo paso a los verdaderos conductores de pueblos, sin turbamultas ciegas ni disidencias
críticas. Entonces... será que el comunismo tiene razón para el desahucio de Occidente.
Más que nunca es hoy imprescindible sincerarse con la verdad de nuestro tiempo. ¡Qué le vamos a
hacer si pasó la hora de batirse por la libertad! Hoy nos interesan cosas muy distintas, y los
viejos traidores deben retirarse a los cenobios antes que perturbar las nuevas experiencias.
Hay que esgrimir contra el comunismo dos eficacias. Y aunque el comunismo no estuviese ahí,
habría que descubrirlas también, porque los grandes pueblos no renuncian fácilmente a los
deberes supremos. Esas dos eficacias, para nosotros, son: los valores hispánicos y la victoria
económica.
Ya hemos dicho que si arribamos a la vida española con alguna intrepidez, ésta se alimenta de
anhelosidades hispánicas. Queremos a España grande, poderosa y victoriosa. Cumpliendo con su
deber universal de dar al mundo valores fecundos. Hace dos siglos que España deserta de sí
misma y se refugia en las cabañas extranjeras. ¡Orden de expulsión a los traidores! El Estado
hispánico, que hoy no existe, ha de abrir paso al hervor nacionalista y servir sus exigencias.
En otro lugar de este número ofrecemos la clave de constitución de ese Estado, por el que
estamos dispuestos a sacrificar vidas españolas.
Y llega la posible victoria económica. Nosotros oponemos a la economía comunista acusación de
ineficacia. En cuanto trata de elevar los niveles de producción, se refugia en un capitalismo
de Estado -véase la actual Rusia- y deriva a las normas industriales corrientes. No vemos la
necesidad de romper todas las amarras para volver luego la cabeza e ingresar en la sistemática
capitalista. Nosotros propugnamos la inserción de una estructura sindical en el Estado hispánico,
que salve las jerarquías eminentes y garantice la prosperidad económica del pueblo. El Estado
hispánico, una vez dueño absoluto de los mandos y del control de todo el esfuerzo económico del
país, vendrá obligado a hacer posible el bienestar del pueblo. Inyectándole optimismo hispánico,
satisfacción colectiva, y a la vez palpitación de justicia social, prosperidad económica.
Frente al comunismo, el Occidente no puede mostrar sino esto: grandeza nacional, Estado eficaz
y robusto con una estructura económica sindical y nacionalizada.
(«La Conquista del Estado», n. 5, 11 - Abril - 1931)