He aquí un imperio fallido: Norteamérica. Este pueblo anglosajón ha sido dueño en los últimos
años de los resortes triunfales. Cuando en la historia universal un pueblo lanzaba sobre el
resto del mundo la cantidad de apetencias que el mundo actual debe al pueblo yanqui, ese pueblo
convertía todos sus afanes en afanes imperiales. El imperialismo yanqui existe, ciertamente,
pero en forma ramplona, cobarde y, a la postre, según ha de verse, ineficaz.
Ahí está Sandino, héroe anacrónico y absurdo, que bordea la ridiculez a cada paso, enseñando
los pobres dientes al yanqui poderoso.
La pugna de Sandino con los yanquis exhibe como en un espejo toda la infecundidad y todo el
artificio de la supuesta garra imperial. Lo peor que puede ocurrirle a Hispanoamérica es, desde
luego, que se identifique con Sandino, ese pobre romántico de las más viejas épocas del XIX.
¿Qué exalta Sandino frente al yanqui? ¿Qué pueblo es ése cuya independencia reclama, y qué
impide hacer el yanqui a ese pueblo para que su opresión sea calificada nada menos que un
crimen?
Yanquilandia es, en efecto, una república despreciable. Pueblo sin grandeza que se entrega a un
centenar de banqueros y les encomienda la indicación de las rutas. Los banqueros prefieren un
imperialismo hipócrita, la captura de las aduanas y el falso respeto a la libertad de los
pueblos, a esa otra tarea fundamental que exigiría hondas sinceridades y peleas gravísimas: el
ejercito imperial agarrotando pueblos más débiles y truncando destinos pequeñitos.
No ha faltado voluntad de imperio a los magnates que dirigen la república yanqui. Pero,
repetimos, afanes mediocres, sin dar la cara, temiendo las complicaciones leguleyas, huyendo el
escándalo internacional, sin firmeza, cobardemente, como quien hace un delito y teme que lo
vean. Yanquilandia se acusa a sí misma, se declara a sí misma criminal, tolerando a Sandino y
penetrando en las economías hispanoamericanas por la puerta desconocida del contubernio sucio
con los dictadores.
Ha faltado a Yanquilandia una minoría de políticos de acción que hubieran desplazado a los
banqueros de las supremas decisiones históricas -sin destruirlos, claro, pues gran parte del
poderío actual se les debe a ellos, a sus métodos de águila- y obligado al pueblo yanqui a
encararse con los deberes superiores.
No conocemos en la historia universal un caso análogo. Los yanquis han controlado los últimos
veinte años. Su influjo está ya en decadencia, y un día cualquiera veremos que se rompe en mil
pedazos su pretendido poderío. No se peca en balde contra los valores eminentes ni deja de
castigarse de algún modo la mediocridad.
Hispanoamérica tiene ahora la palabra. O con Sandino, defendiendo ideales trasnochados,
infecundos, que hoy nada significan, o reconociendo de otra parte el derecho imperial. En ambos
casos debe ir contra el yanqui, su enemigo, y obligarle a renunciar a la mascarada repugnante.
¡Nada con Sandino, héroe anacrónico y absurdo! ¡Nada con Yanquilandia, pueblo desleal, mezquino
e hipócrita!
(«La Conquista del Estado», n. 4, 4 - Abril - 1931)