¿Quiénes son ustedes, señores de Nosotros? O más bien, ¿es usted solo, señor solo, que
se esconde bajo la denominación plural?
Sea quien sea, uno o muchos, presentamos al juicio nacional esas hojas frías, esqueléticas,
hambrientas de suscripciones a su favor, que introducen en el alma española el vacío del caos.
Lo alimenta ese mulato, halcón o Falcón de alas rastreras.
Mientras más dificultades se ciñan sobre el pueblo, con más rigor hay que rehuir la solapada
intervención extranjerizante. Ese señor Falcón tiene su sitio adecuado en el Perú, y si le
caldea el noble afán de dotar a un pueblo de normas políticas eficaces, debe esforzarse por que
ese pueblo beneficiado sea su pueblo, el Perú. Aquí no. No nos duele el hispanoamericanismo
herido.
¿Quién es él, el señor Falcón, para influir en la marcha concreta de la vida española? Bien
está así, expulsado, al margen de la eficacia activa, aunque sus páginas lleguen postalmente
sin retraso.
Era ya intolerable la intromisión concreta de este señor tortuoso, para quien el pueblo español
es una pobre colonia donde verter sus indigestas ensoñaciones. Rodeado de la clásica media
docena de intelectuales de pandereta, catedráticos de herencia, que desayunan inmoralidad y
hieden a histerismo descastado.
Causa pena ver esas huestes descoloridas esgrimiendo las armas fundamentales, mostrando al
pueblo las rutas sin salida con morbosa complacencia.
Pedimos una leva de alimañas así y su reclusión en perpetuo lazareto. Responsables del máximo
delito contra el pueblo, como es el de acidular sus esencias mismas y de impedir las
orientaciones fecundas.
Gentes sin raíz nacional, sin angustias hispánicas, que no han sentido ni un minuto el hondo
palpitar de nuestro pueblo. Hay que darles el pasaporte, guiarlos a la Luna, para que allí
sinceren su actitud.
España debe reaccionar contra esta penetración extranjerizante que huele a polilla y trae como
programa la desarticulación de nuestro pueblo. No hay que vacilar, y debe destruírsela de modo
implacable.
El semanario del señor Falcón moviliza y halaga esa inquietud española de hoy en torno al
régimen. En el fondo, guía sus campañas la arista masónica y confusionista de Europa, que abre
las garras para dar el zarpazo definitivo a nuestro pueblo.
¡No haya beligerancia con el extranjero! ¡Es inmoral todo contubernio con él, y debe castigarse
su audacia! Impedirse su actuación. Invalidar sus movimientos. Lo pedimos y lo exigimos.
(«La Conquista del Estado», n. 4, 4 - Abril - 1931)