Ante el libro de Joaquín Maurín, las plumas burguesas de izquierda se han mostrado desorientadas
y burlonas. Maurín hace la disección de la política española desde un punto de vista hasta aquí
desconocido, a base del mecanismo interno de las fuerzas sociales que en España existen. La
actuación de la vieja política aparece rodeada en este libro de su sistema natural de
reacciones, obediente a una fidelidad de intereses y de normas.
Maurín presenta como los hombres auténticos de la Dictadura a Sánchez Guerra, Cambó, Pablo
Iglesias, Largo Caballero, Lerroux y Melquiades Alvarez. Para una mente simplista de pequeño
burgués, esto es un solemne disparate. Para quien examine la mecánica revolucionaria desde
cierta altitud y sea dueño de un ojo perspicaz, esa lista de acusaciones adquiere plenísimo
sentido.
La revolución rusa de Octubre introdujo un objetivo potente y patente en los hechos
revolucionarios del proletariado. Maurín es un comunista que gira en torno al eje soviético con
perfecta lealtad crítica. Y su libro, que posee un indiscutible vigor en el análisis, está
hecho bajo el resentimiento contra la pequeña burguesía y sus hombres, que al no haber
efectuado a tiempo su revolución, amenazan ahora con transferir sus mismas mediocres apetencias
revolucionarias al proletariado.
Algunos capítulos del libro adolecen de cierto natural desvío, forzando los hechos con el afán
de prestarles sentido de unidad. Son los menos. Otros, como los dedicados a la actuación de los
socialistas, son certeros y magníficos. Es indiscutible que si triunfa el movimiento
republicano, los jefes socialistas se quedan tan contentos con una estructuración conservadora.
El socialismo español sigue las huellas de las socialdemocracias europeas y sirve a la economía
y a la política burguesas con la mejor de las colaboraciones: penetrando en su orbe, aceptando
sus problemas e identificándose con los pequeños conflictos políticos de la burguesía. Maurín
explica claramente cómo el socialismo, por obra y gracia de Largo Caballero, pretendió durante
la Dictadura convertirse en una fuerza gubernamental monárquica. Ahora, en los últimos meses,
el nombre del mismo Largo Caballero figura en los minúsculos y mediocres pactos con la
burguesía descontenta, para traer una republiquita a la medida de los señoritos y de los
pequeños burgueses de la Casa del Pueblo. A la que servirían desde la izquierda, impidiendo
todo acento eficaz.
No parece que sea tan fácil en esta hora desviar el curso revolucionario. Maurín señala la ruta
comunista. Los ojos en esa finalidad le impiden, sin duda, advertir la lentitud y el timbre
confuso con que en España aparecen los hechos revolucionarios.
Maurín aprendió en la experiencia rusa la acción y reacción de las clases. Tiene su sistema de
leyes, que aplica a los acontecimientos de aquí. En ese previo sistema que posee ha ido
distribuyendo las personas y las cosas. Por lo demás, Maurín domina la eficacia expositiva, y
su libro es fertilísimo en observaciones valiosas de muy varia índole.
(«La Conquista del Estado», n. 4, 4 - Abril - 1931)