Hemos visto a Unamuno, nuestro gigantesco Unamuno, hombre de España. Está ahí, en Madrid,
ahora, a merced de los aplausos tendenciosos. Los nuestros los tiene íntegros, sin reservas, y
preferimos dárselos de cara, frente a él, en breve charla calurosa.
Don Miguel vive obsesionado por una dificultad concreta -¡y tan concreta!- que en España
existe. Nadie le hable de hervores nacientes, que grupos recién llegados pueden significar.
-No, no, no. Ahora, no.
Este «no» de Unamuno en presencia de otras ambiciones que no sean la concretísima a que hemos
aludido, nos produce un vago recelo, de generación herida.
-Vea usted -me dice-; yo no pienso en el después. Ahora, sólo eso. Después,
lo que sea.
-Pero...
-Sí, sí. Nada de regadera. Hay que tapar todos los orificios, y que quede uno, uno sólo. Ése,
ése.
-Bien estaría ello si ustedes, los hombres maduros, que son los que identifican su afán
absoluto con la tarea exclusiva ésa, se bastaran a sí mismos. Pero ustedes requieren a los
jóvenes, requieren a los proletarios y a todos los utilizan para eso, sin respetar lo que estos
hombres que terminan de llegar pueden traer con ellos. Que puede ser más que eso, y aun otra
cosa que eso.
Don Miguel me detiene.
-Pero eso también, ¿no? Pues eso antes que nada. Vea usted los dos equipos en el estadio. Si
hay una piedra en medio del campo, el acuerdo instantáneo y previo es que la retiren todos
juntos.
-La pirámide sin cima es todavía pirámide, tronco de pirámide.
-No, no. Fuera las imágenes. No hay pirámide ni cima, sino clave de bóveda.
-¿Qué orden general de la plaza daría usted a los batallones jóvenes que llegan, en marcha
hacia el futuro hispánico?
-Un solo artículo. Ése. Ningún otro más que ése. Y cuidado que me separan cosas de los
republicanos... Esa nefasta idea federal... Ese seguir a los militares... Pero no, no. Repito
que un solo orificio en la regadera.
-¿Y hasta donde hay que llegar en los procedimientos? ¿Bastarán los gritos?
-Desde luego. Claro que bastarán. No hacen falta más que gritos. Los gritos
solos.
Don Miguel está seguro de que los gritos solos. Nos permitimos la duda. Pasó el momento de los
gritos. La eficacia cambió de meridiano.
El equívoco circula por ahí ampliamente. Todavía se cree en eso de los gritos. Los burgueses
quieren hacer su revolución con gritos. Gritos de señorito que se divierte gritando.
Don Miguel se declara liberal fervoroso. Liberal y liberal. Benjamín Constant es el eje supremo
del rodar político. Compendia la civilización cristiana y todas las culturas. El liberalismo
perfecto, decisivo. Al decir esto, Unamuno se pone casi en pie. Es la raíz misma de su ser
político, y el tema lo apasiona. Es el Unamuno de sus treinta y cinco años. El de 1895.
Ahora don Miguel es traído, llevado y vuelto a traer. Los señoritos republicanos ríen sus
frases y aplauden rabiosos. Y, sobre todo, gritan.
Unamuno tiene con nosotros, los de LA CONQUISTA DEL ESTADO, menos reservas que las que nos
cercan por ahí, de manera mostrenca.
-En resumen de cuentas -me dice-, soy un solitario en medio de todos. Solitario en medio del
tumulto.
Este gigantesco Unamuno, grande de España, es muy capaz de decir eso. Nos lo ha dicho como
resumen.
-Pero ¿qué empresa colectiva, qué cosa lanzar sobre España con eficacia? ¿No cree que el
liberalismo tiene que hacer concesiones, podar algunos de sus brazos?
Y responde:
-No, no. Dentro de lo liberal, también son posibles los engranajes colectivos, España es
anarquista, y sin embargo...
De nuevo tendremos ocasión de dialogar con Unamuno sobre esto. Pues nosotros, postliberales,
postuladores de eficacia, negamos rotundamente esa posibilidad. Llega el momento de decir: ¡El
liberalismo ha muerto! ¡Viva el liberalismo! Lo más, lo más, por tanto, que concedemos para el
liberalismo, es un sepulcro glorioso.
Hasta otra, don Miguel.
(«La Conquista del Estado», n. 4, 4 - Abril - 1931)