Frecuentemente se nos denomina por ahí confusionistas. A esto conducen las campañas políticas
mostrencas: a convertir las cabezas en cabezas confusas, que no ven claro sino lo que les dice
el dilema montaraz: Monarquía o República.
Pero nosotros hemos irrumpido en la vida española con más hondas fidelidades a la necesidad
actual de nuestro pueblo, y nada ni nadie puede impedirnos que exijamos a las contiendas el
pequeño sacrificio de pensar.
Venimos poblados de afirmaciones terminantes. Que ofrecemos al pueblo con las dos manos.
Dispuestos a su difusión máxima. Es intolerable la circulación de la farsa, que no vacila en
ofrecer la sangre del pueblo para el triunfo de todos los equívocos. Frente a toda esa morralla
de los jefes republicanos, que enardecen al pueblo y luego le abandonan en los momentos
revolucionarios críticos. Que despiertan la apetencia revolucionaria y luego no desean ni
quieren la revolución, dejando a las masas inermes sin caudillos. Frente a las huestes
socialistas que se satisfacen con el afán señorito de los mandos fáciles, traidores a la
finalidad social que informa la raíz misma de su fuerza. Frente a todo eso, un régimen
alicaído, depauperado y moribundo, que hace y no hace, desertor y tembloroso.
Y surgimos nosotros con un haz de afirmaciones claras y eficaces. Frente a todo y frente a
todos, con independencia y coraje, obsesionados por algo radicalísimo y tremendo.
Hay que elaborar el Estado hispánico. Eso dicen también los republicanos. Pero nada sabemos aún
de cómo iba a estructurarse ese Estado con la República. Nadie nos lo dice, pues en los mítines
sólo se requiere la presencia salvadora de los tópicos. Así, cualquier currinche es orador y la
algarabía adquiere resonancia.
Algo hay indiscutible para nosotros, y es nuestro estar ahí, disconformes con los grupos que
vocean. El Estado hispánico debe quedar listo para grandes bregas nacionales y ser podado de
toda la impedimenta que fracasa.
Pedimos y queremos un Estado hispánico, robusto y poderoso, que unifique y haga posibles los
esfuerzos eminentes. Ya lo dijimos en números anteriores y hemos de insistir: sin un Estado
hispánico auténtico seriamos cualquier cosa, pero no personas políticas con unos derechos y
unas libertades. Con un destino colectivo, grande o pequeño, y un futuro. Con algo que hacer en
común unos con otros.
Pedimos y queremos la suplantación del régimen parlamentario, o, por lo menos, que sean
limitadas las funciones del Parlamento por la decisión suprema de un Poder más alto.
Pedimos y queremos una dictadura de Estado, de origen popular, que obligue a nuestro pueblo a
las grandes marchas.
Pedimos y queremos la inhabilitación del espíritu abogadesco en la política, y que se
encomienden las funciones de mando a hombres de acción, entre aquellos de probada intrepidez
que posean la confianza del pueblo.
Queremos y pedimos la desaparición del mito liberal, perturbador y anacrónico, y que el Estado
asuma el control de todos los derechos.
Queremos y pedimos la subordinación de todo individuo a los supremos intereses del Estado, de
la colectividad política.
Queremos y pedimos un nuevo régimen económico. A base de la sindicación de la riqueza
industrial y de la entrega de tierra a los campesinos. El Estado hispánico se reservará el
derecho a intervenir y encauzar las economías privadas.
Queremos y pedimos la aplicación de las penas más rigurosas para aquellos que especulen con la
miseria del pueblo.
Queremos y pedimos una cultura de masas, y la entrada en las Universidades de los hijos del
pueblo.
Queremos y pedimos que la elaboración del Estado hispánico sea obra y tarea de los españoles
jóvenes, para lo cual deben destacarse y organizarse los que estén comprendidos entre los
veinte y cuarenta y cinco años.
Queremos y pedimos la unificación indiscutible del Estado. Las entidades comarcales posibles
deben permanecer limitadas en un cuadro concreto de fines adjetivos.
Queremos y pedimos que informe de un modo central al Estado hispánico la propagación de una
gigantesca ambición nacional, que recoja las ansias históricas de nuestro pueblo.
Queremos y pedimos el más implacable examen de las influencias extranjeras en nuestro país y su
extirpación radical.
A eso venimos nosotros. A difundir estos afanes hispánicos y a llevarlos al triunfo. Por todos
los medios. Los que crean que deben ayudarnos, que se inscriban en nuestras células de combate.
Nada de simpatías ni de cuotas. Los brazos y el coraje.
A ver si de una vez superamos esa polémica rencorosa y vengativa en torno a la Monarquía y la
República. Y presentamos al pueblo español los verdaderos objetivos. Su liberación económica y
su grandeza como pueblo.
¿Quiénes son, pues, los confusionistas? Ahí quedan nuestras palabras. Ahí quedan nuestras
frases terminantes. Las confusiones están en las cabezas que nos critican. Revestidas de farsa
y de comicidad. Mascando trapacería leguleya y desmanes rencorosos. Sin grandeza creadora. Sin
generosidad para el pueblo. Sin efusión. Egoístamente. Traidoramente.
(«La Conquista del Estado», n. 4, 4 - Abril - 1931)