n los últimos días se ha hablado mucho de la laboriosidad y de las excelencias de este
político.
Ahora bien, los juicios que hoy se hacen sobre los personajes públicos tienden, más que al
elogio actual, a conferirle capacidad de próximo futuro. Existe alguna preocupación mesiánica
por encontrar un hombre, el hombre.
Esto nos parece bien. No creemos en los resortes de gobierno que el viejo liberalismo
proporcionó a la democracia. Necesitamos, sí, el hombre. Más que una Constitución y un
Parlamento. Pero, ¡cuidado! Los que busquen el hombre provéanse de luces de alto voltaje, y
busquen afanosos, porque está bien fiarlo todo a un hombre; pero no a un hombre cualquiera.
El señor Cierva, en esta hora, es pura infecundidad. No basta la energía, el empaque
autoritario, para garantizar la eficacia que hoy necesitamos.
El señor Cierva es el viejo abogado que servirá quizá para aplicar la ley con toda
inflexibilidad y rigor. Pero no es el hombre capaz de crear la ley. Para esto es ya preciso
encauzar un entusiasmo histórico, poner en circulación un optimismo nacional, poseer genialidad
política. A esto equivale el Dictador de una pieza.
El señor Cierva tiene en su haber histórico unas cuantas intervenciones eficaces. Ha tendido a
la dureza y al rigor. Esto ha bastado para que ciertos sectores de la derecha fijen en él la
mirada. Lo denunciamos como un error craso.
Lo decimos nosotros, hombres jóvenes que caminamos tras del procedimiento dictatorial de la
eficacia. Por tanto, nada sospechosos de defender los viejos mitos que el señor Cierva pudo
hollar y sacrificar. Que no le recordamos el año 1909 sino para enviarle una felicitación por
aquello. (Pues el año 1909 -¿cuándo va a llegar la hora de que lo digan y lo proclamen todos?-
significó el florecimiento de unas heces sociales, de disolución y de negación, que era preciso
exterminar a toda costa.)
Pero el señor Cierva es un político de mediocre contextura que hoy nos hundiría en la inercia
más incolora. Hombre viejo, ajeno a las preocupaciones en que hoy andamos sumergidos, sin
grandeza ni vigor para representar un alzamiento hispano. Debe, pues, rechazarse. No bastan las
aficiones autoritarias, repetimos, para conferir autoridad a las gentes. No basta garantizar a
un pueblo la estabilidad y el orden para ponerse a la cabeza de ese pueblo. Hay que
garantizarle también que se llegará en la marcha a algún sitio fértil.
El señor Cierva, si es que realmente ha sido aprendiz de Dictador, no pasó de las primeras
letras. Se aficionó demasiado a los códigos, se quedó boquiabierto ante los trompetas de
Murcia. ¿En qué se parece eso a la capacidad de acción de un grande hombre? ¿En qué también a
la hazaña triunfal, a que todo gigantesco conductor de pueblos debe y tiene que comprometerse?
Porque a los dictadores, como a los poetas, hay que exigirles genialidad.
(«La Conquista del Estado», n. 3, 28 - Marzo - 1931)