Aquí estamos, frente a la realidad española, las falanges jóvenes de LA CONQUISTA DEL ESTADO.
Ante nosotros se sitúa la faena intensa de dotar a nuestro pueblo de órganos políticos eficaces.
Haciendo ver la gigantesca deslealtad histórica que en trance de resurgimiento se nos quiere
introducir en el futuro hispánico. Hombres jóvenes, repetimos, que traen a España el fervor de
la época nueva. El afán de potenciación de su país y de valorar sus valores. Difícilmente nos
rendiremos en presencia de las vejeces tortuosas, ni acataremos otra normalidad que aquella que
se elabore con la sangre misma de España. Venimos ansiosos de hispanidad, que es como ansia de
vida y de atmósfera respirable. Y clamamos contra el régimen social injusto, exigiendo nuevas
estructuras.
Antes de nosotros, ninguna actuación valiosa que podamos recoger. Todo sombras y llamas
interminables, sin flor alguna. En los últimos treinta años, ni una minoría intelectual
sensible ha creído necesaria una exaltación de los valores universales que entraña la
hispanidad. No hablemos de actuaciones políticas. Polarizadas las fuerzas en torno a conceptos
trasnochados, en cuya elaboración España no intervino, han sido pura ineficacia. Pero hoy
convergen en el mundo dos rutas fecundísimas: de un lado, el afán imperioso de convertir las
nacionalidades en crisoles de grandeza, creadoras de cultura; de otro, la licitud de los
problemas económicos que entraña el marxismo. En esa corriente estamos nosotros, en proceso
postliberal y actualista.
Si no podemos recoger tradiciones inmediatas, esfuerzos precursores articulados, sí, en cambio,
disponemos de tareas solitarias y gigantes. Así, Unamuno, producto racial, voz de cinco siglos
en el momento español. El hecho de que Unamuno esté ahí, patente, hablando, escribiendo, es una
prueba de la vigencia hispánica. En la iniciación nuestra, en los minutos tremendos que
anteceden a todo ponerse en marcha hacia algo que requiere amplio coraje, Unamuno, desde su
palpitar trágico, nos ha servido de animador, de lanzador. Este hombre, que imaginó una cruzada
para rescatar el sepulcro de Don Quijote, lanzó a los aires hacia 1908 las páginas más
vigorosas de que el espíritu universal de estos años últimos -movilizado con bayonetas al grito
imperial de predominio- ha dispuesto para expresar sus entusiasmos. Unamuno, en 1908, soñaba
tareas geniales para el pueblo hispano. No han acontecido aún. Siguen los leguleyos su batallar
en torno a los artículos constitucionales. Pero otros pueblos de Europa recogieron las voces
aquéllas, y ahí están, victoriosos y resonantes. Aquella «locura colectiva», que decía Unamuno,
había que «imbuir en las pobres muchedumbres». Ahí está Rusia, loca y triunfadora, ensayando
con genialidad el mundo nuevo. Ahí está Italia, en pie, viviendo horas igualmente triunfales,
en pos de las esencias de la Roma imperial, con sentido actual y fidelísimo. Ahí está la
Germania hitleriana y comunista, vencida en la guerra y vencedora en la postguerra, con los
ojos en las afirmaciones de estos tiempos. ¿Y España? ¿Qué ocurre aquí?
Unamuno, antes que nadie, en 1908, dio el tono de guerra, y hoy nosotros, falanges jóvenes,
desprovistos de literatura y de cara a la acción y a la eficacia política, vamos a recogerlo en
sus mismas fuentes. Párrafos que son hoy familiares a todo europeo de menos de cuarenta y cinco
años, y que nadie recuerda aquí en los momentos en que miles y miles de ciudadanos juegan a la
revolución.
Escribía y aconsejaba Unamuno:
«¡En marcha, pues! Y echa del sagrado escuadrón a todos los que empiecen a estudiar el paso que
habrá de llevarse en la marcha y su compás y su ritmo. Sobre todo, ¡fuera con los que a todas
horas andan con eso del ritmo! Te convertirán el escuadrón en una cuadrilla de baile, y la
marcha, en danza.»
Unamuno daba a ese escuadrón el sentido de interpretar una locura colectiva. Sabiendo bien que
los pueblos nunca están locos. Cuando hacen algo que a un espectador parece locura, el loco es
él, el espectador. De ahí que los pueblos tengan siempre razón, sin necesidad de sufragio
universal alguno que legitime sus actos. Las revoluciones las hacen los pueblos, no las
tertulias de casino. Y más diríamos: ni siquiera los Comités heroicos que las dirigen. Si no
hay pueblo, no hay revolución posible, y si no hay algo entrañable que afecte a la entraña del
pueblo, las revoluciones no triunfan.
Y sigue Unamuno:
«Si alguien quiere coger en el camino tal o cual florecilla que a su vera sonríe, cójala, pero
de paso, sin detenerse, y siga al escuadrón, cuyo alférez no habrá de quitar ojo de la estrella
refulgente y sonora. Y si se pone la florecilla en el peto sobre la coraza, no para verla él,
sino para que se la vean, ¡fuera con él! Que se vaya, con su flor en el ojal, a bailar a otra
parte.
El escuadrón no ha de detenerse sino de noche, junto al bosque o al abrigo de la montaña.
Levantará allí sus tiendas, se lavarán los cruzados sus pies, cenarán lo que sus mujeres les
hayan preparado, engendrarán luego un hijo en ellas, les darán un beso y se dormirán para
recomenzar la marcha al siguiente día. Y cuando alguno se muera, le dejarán en la vera del
camino, amortajado en su armadura, a merced de los cuervos. Quede para los muertos el cuidado
de enterrar a sus muertos.»
El espíritu ascético, hispano, de eficacia luchadora y activa, que brota de la pluma de
Unamuno, es el mismo que hoy en Europa sostiene el entusiasmo de cientos de miles de hombres,
armas en mano frente a los viejos tópicos y las viejas inepcias. Es el espíritu que nosotros
quisiéramos ver triunfante aquí, para batir toda la tontería suelta que por ahí andan buscando
resquicios cobardes que la hagan dueña de los mandos.
Contra esta tontería usurpadora, Unamuno dice:
«Hay que contestar con insultos, con pedradas, con gritos de pasión, con botes de lanza. No hay
que razonar con ellos. Si tratas de razonar frente a sus razones, estás perdido.
Mira, amigo: si quieres cumplir con tu misión y servir a tu patria, es preciso que te hagas
odioso a los muchachos sensibles, que no ven el universo sino a través de los ojos de su novia.
O algo peor aún. Que tus palabras sean estridentes y agrias a sus oídos.»
Nosotros desafiamos a Europa para que nos diga si entre sus escritores, entre sus hombres de
espíritu, a quienes tiene como antecedentes inmediatos de sus gestas actuales, hay nada de tan
ajustada emoción y de tan preciosa grandeza como estas frases de Unamuno, escritas, repetimos,
en 1908. Cuando nadie hablaba ni podía hablar de soviet, de fascismo, ni de empresa alguna
violenta y genial de los viejos pueblos europeos.
Y dice más Unamuno:
«Y, ante todo, cúrate de una afección terrible que, por mucho que te la sacudas, vuelve a ti
con terquedad de mosca: cúrate de la afección de preocuparte como aparezcas a los demás.»
Esto último, sobre todo, para el ambiente español enrarecido, es de una oportunidad magnífica.
Aquí, cuando brota algo nuevo, aunque proceda del centro mismo vital de las gentes, se le ahoga
en ridículo. Se le combate con el ridículo. Pero, ¡ah, viejos peces contumaces! Las falanges
jóvenes de LA CONQUISTA DEL ESTADO vienen inmunizadas para el ridículo. Con careta eficaz y
resistente.
(«La Conquista del Estado», n. 2, 21- Marzo - 1931)