Algún día habrá que exigir a los jefes republicanos la tremenda responsabilidad de haber hecho
la campana pseudorrevolucionaria sin ideales hispánicos de reconstrucción. Se perdió para
España esa oportunidad, y ahora bailotea el régimen entre problemas de artificio, necesitando
sostener la adhesión de la plebe a base de concesiones sectarias, puramente negativas, que
hieren la conciencia de millones de españoles. Si la República hubiera traído consigo un
verdadero plan revolucionario, de emoción española y no masónica, es seguro que hoy contaría ya
tras de sí etapas gloriosas, adscritas a realizaciones nacionales, y no, como ahora acontece,
una ruta mediocre de deslealtades, fanatismos y fraudes contra los clamores auténticos del
pueblo.
La exaltación de Azaña a la jefatura del Gobierno es una prueba más de ese carácter
antinacional y masónico que, al parecer, prefiere la República para su futuro. Estamos en
presencia de una posible etapa de dictadura, y esto, que como medio de gobierno no nos asusta,
merece ahora nuestra repulsa más fiera, pues equivale a imponer a España, sin compensación en
orden alguno de intereses superiores, una política en franca oposición con su alma histórica.
Ciertos núcleos republicanos ven con satisfacción la jefatura de Azaña, porque advierten en él
capacidad de mando y energía. Ya está aquí claro el típico carácter liberal de la
pseudorrevolución. Llega la etapa tiránica; se insinúa bien clara en algunas frases que gusta
de pronunciar el nuevo jefe del Gobierno en sus discursos. No han tardado mucho, pues, los que
gritaban «¡Abajo los tiranos!» en proporcionar a la acera de enfrente la oportunidad de gritar
el mismo grito.
Los discursos recientes del señor Azaña, a los que debe su actual jerarquía, contienen frases y
amenazas que deben ser comentadas con firmeza y serenidad. Parece que a estas alturas debía
dejarse a un lado la República, como algo que permanece por cima de las polémicas de grupo, sin
enemigo serio a la vista, y entender las dificultades de Gobierno como originadas por posibles
errores de los gobernantes. Pero ya se ve cómo estos señores prefieren identificarse con la
República, y a la postre concluirán por hundirla en el fatal hundimiento que a ellos les espera.
Hay ya de un lado la exageración intolerable de confundir a España con la República, y además
confundir a la República con una República antinacional, fraccionadora y masónica, como la que
postulan y defienden los actuales gobernantes. El señor Azaña amenaza terriblemente a los que
alcen la mano contra él, aunque él dice «contra la República». Pero es tener bien pobre idea
del coraje y capacidad de sacrificio de los españoles patriotas creer que la amenaza del
fusilamiento detendría su rebeldía, cuando ésta suponga salvar a España del deshonor y de la
ruina.
Comienza, pues, la lucha, y nosotros, mejor dicho, las Juntas, se atendrán a su programa
para situarse. Creíamos nosotros que nuestra batalla sería posible dentro de la República, sin
herirla lo más mínimo, y con esta creencia fundamos las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista;
pero se nos presenta la contrariedad de que los grupos gobernantes desean identificar con la
República su ruta liberal, burguesa y antiespañola. Decimos esto, porque alguien creerá
antirrepublicanas nuestras campañas y nuestras críticas; pero la responsabilidad íntegra de ese
equívoco la dejamos al Gobierno consubstancial que padecemos.
El señor Azaña en la Presidencia parece significar una tozuda decisión de imponer a rajatabla
una serie de ideas y propósitos de muy dudoso respeto a lo más sagrado de nuestro pueblo. Ello
indica que la confabulación masónica, antiespañola, sacrifica incluso los principios liberales
que le son tan gratos ante la posibilidad de triturar con más eficacia la grandeza de la
Patria. Hubiera sido por lo menos de cierta nobleza para este régimen liberal-burgués el
confiar la supuesta reforma de las leyes a las ventajas mismas de la libertad. Lejos de esa
experiencia, temerosos de sus resultados, la situación gobernante prefiere imponerse con gesto
feroche y ademán tiránico.
Están, pues, en peligro los valores más eminentes de España. Se consumará la disolución
nacional, pues conocida es la tesis del señor Azaña, que cree suficiente haber encontrado una
España unida para que ahora se estructure a base de separatismos. Se impondrá a España una
política casera, burocrática, de pequeño burgués rabiosillo, sin ambición nacional, pacifista y
mediocre. Se evitarán realizaciones revolucionarias auténticas, como es una amplia
transformación económica, siguiendo como hasta aquí esquilmado y mediatizado el pueblo que
trabaja. Se cultivarán los gritos fáciles, adormeciendo en el pueblo su afán creador y
obligándole a seguir fiel a los infecundos mitos de nuestros abuelos. Ahí está el ejemplo de la
batalla religiosa. Esos cuatrocientos señores diputados de las Constituyentes se han visto en
la necesidad de despertar en el pueblo el odio al catolicismo, porque se vieron incapacitados
para servir a ese pueblo metas revolucionarias de más realidad y más urgencia. El pueblo
ingenuo ha caído en el lazo, celebrando lo que él cree su victoria contra el clero. Ahí
está el partido socialista, que llenó de pasquines las calles, tocando a rebato su marxismo los
días en que las Cortes discutían el problema religioso, y, en cambio, asistió muy calladito a
la discusión del articulo 42, que trataba de la posibilidad de socializar y de dar un golpe
auténtico a la economía capitalista. ¡Farsa, farsa!
Las Juntas harán, pues, labor de oposición al Gobierno Azaña, como a todos los que
anuncien proseguir la tarea antiespañola, de reacción liberalburguesa, a que éste quiere
dedicarse. Sin miedo a frases ni a amenazas. A ver si es posible levantar con un ejemplo
generoso la protesta decidida del pueblo patriota. La política de tendencia liberal-burguesa no
consigue en esta época otro resultado que el de desembocar en el comunismo, a quien es
suficiente hinchar los mismos discursos ministeriales para su propaganda eficacísima.
Jacobinismo es hoy bolchevismo. O algo que dejará a éste franco y libre paso. Y el señor Azaña
es sencillamente un político jacobino. (Sin el carácter unitario, de Patria una, que era lo
único que los jacobinos franceses tenían de bueno.)
Pero el señor Azaña parece a la vez hombre inteligente y quizá, a pesar de todo, pueda salvarse
y salvarnos. Esperemos.
(«La Conquista del Estado», n. 22, 17 - Octubre - 1931)