En pleno período constituyente, cuando tenían actualidad y realidad inexorables tres o cuatro
problemas fundamentales para la vida de España, el señor Lerroux ha permanecido en Ginebra todo
el mes de septiembre. Insistimos en este hecho porque lo creemos sintomático de la sensibilidad
política que rige hoy los destinos de nuestro pueblo.
Con ese viaje, el señor Lerroux ha conseguido sencillamente «escurrir el bulto». Esto supone
una inmoralidad política notoria y denuncia cómo el señor Lerroux no era digno de la
expectación y el triunfo con que durante el primer mes de la República se paseó su nombre por
España. Hoy es sencillamente, y sólo, el hombre que quiere gobernar a toda costa. Dispuesto a
afirmar, negar o inhibirse de todo, según convenga a esa meta personalísima a que aludimos.
Ello nos parece intolerable. Pues si realmente posee talla política, debe tener el valor de
bracear con los hechos y las dificultades, sin eludirlas de un modo cuco.
Es el drama del nuevo régimen republicano. Sus hombres son los mismos hombres de siempre,
adscritos a una técnica política que no cuenta para nada con la conveniencia nacional.
Identifican sus fines particulares y egoístas con los fines del pueblo, con lo cual resultan
siempre traicionadas las ilusiones de éste.
Ahí está Lerroux, reclamando el Gobierno, dirigiendo una minoría parlamentaria numerosa, con
unos compromisos de partido y unas propagandas que en todas partes son un bagaje representativo
de firmeza y de lealtad a la ruta elegida. Pues bien, sus amigos en la Cámara favorecieron todo
cuanto les fue posible la enmienda separatista de Alcalá Zamora, y en su actuación han revelado
tales incoherencias que hoy Lerroux y sus huestes carecen totalmente de norte seguro que
ofrecer a la República.
Ha sido, sin duda, muy cómodo para Lerroux permanecer en Ginebra, sin gastarse, al margen de la
pelea constitucional, tratando de arreglar la cuestión china; pero todos los que actuamos en la
política española fuera del orbe de influencia de las pandillas gobernantes, cumplimos hoy el
deber de denunciar ante el pueblo este afán de «adquirir perspectiva» que ha sentido el señor
Lerroux.
Mientras Lerroux hacía a España en Ginebra el gran servicio de arreglar el conflicto chino, las
Cortes constituyentes, con el voto entusiasta de los diputados radicales -exceptuemos como se
merece la actitud digna de Emiliano Iglesias-, aprobaban aquí el hacer jirones la soberanía
nacional, destruyendo -o tratando de destruir, porque aún no hemos sido vencidos los españoles
en otro terreno que el parlamentario- la unidad indiscutible de España.
Los 29.000 votos de Primo de Rivera
El movimiento republicano se llevó a efecto con una pasmosa ausencia de estilo. Ni nobleza en
la crítica del régimen ni idea clara alguna sobre lo que era urgentísimo hacer en nuestro país.
Así no puede nadie sorprenderse de que hoy, a los cinco meses del triunfo, yazcan en el
descrédito las ortodoxias de la supuesta Revolución.
No han surgido hombres. No se han descubierto ambiciones nacionales sobre las que lanzar el
entusiasmo de los primeros días. Todo es ahora gris, aventura pesimista, desilusión.
Las elecciones parciales celebradas en Madrid el último domingo, después de «cinco meses
dignos», prueban con elocuencia pitagórica esto que decimos. A la fuga de los electores
gubernamentales correspondió una prieta y numerosa falange de oposición.
Es decir, que el supuesto Gobierno revolucionario, en la etapa ejecutiva de la Revolución, se
encuentra desautorizado por el pueblo. Eso indica hasta qué punto los ideales revolucionarios
que se esgrimieron eran tan sólo marea resentida, sin fecundidad ni futuro posible.
La candidatura de Primo de Rivera, aun con la timidez de sus plañidos, obtuvo, pues, un gran
triunfo que nosotros celebramos sinceramente. Porque fueron votos de tendencia nacional, aun
con todas las máculas que corresponden al antiguo upetismo, y frente a la traición y a las
rutas antiespañolas que caracterizan al actual Gobierno, son de un valor más alto.
En modo alguno pueden entenderse esos 29.000 votos como una adhesión a un futuro régimen de
dictadura paternal, liberal y de carambola, como el que impuso Primo de Rivera. Aquello se
consumió en la llama más pálida, sin pena ni gloria. Sería un error que todavía hoy pensaran
ciertos sectores en dictaduras así, fáciles y en bandeja, sin germinación violenta en las
calles contra enemigos auténticos de la verdad nacional.
A la conquista del Poder por una minoría heroica, que se proponga imponer sin contemplaciones
una solución en momentos gravísimos de crisis, es obligado que preceda un período de lucha y de
captación popular, pues ante la disolución y el caos todos los pueblos ponen en frente de
combate un gran número de reservas.
En España asoma ya una coyuntura histórica que reclama intervenciones de este tipo heroico a
que aludimos. Hacerle frente con dictaduras paternales y fofas es completamente inútil.
Nosotros con nuestras Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (J.O.N.S.) nos proponemos
organizar esa política heroica y eficaz que reclama hoy de un modo imperioso la triste
existencia de la Patria amenazada.
Es lo único que tenemos que decir ante los 29.000 votos de Primo de Rivera.
La degeneración pacifista
Por muy varios conceptos, la Constitución que se aprueba y discute en las actuales Cortes va a
merecer el calificativo de antiespañola. Unos señores, infectados de peste marxistoide, logran
introducir en ella tales afirmaciones que en caso de regir convertiría a nuestro gran pueblo en
una lucidísima vaca lechera, de esas que pastan y florecen en los contornos suizos.
Así el artículo vergonzoso de que España renuncia a la guerra. Sólo una generación de eunucos,
de gentes cobardes que desconocen la gran fecundidad de los recursos heroicos, puede
comprometer el porvenir de la Patria con indicaciones de esa índole. ¿Qué otros procedimientos
sino los guerreros se esgrimieron contra España para arrebatarle su poderío, sus colonias y su
papel preeminente en el mundo? Habría de darse el caso de que los demás pueblos, felices en su
actual abundancia, hubieran expresado sinceramente esa renuncia, y todavía era explicable que
España se reservase aceptar un compromiso así.
¿Cómo se atreve nadie a hipotecar el futuro de la Patria, achicando sus ilusiones y sus
propósitos, impidiendo la fortaleza y la voluntad de dominio con educación plañidera y
cobarde?
Podría tolerarse que la opinión pacifista, dueña hoy de las rutas nacionales, ejecutase una
política de previsión contra la guerra, procurando esquivarla en lo posible, pero de ahí a la
renuncia solemne de acudir a la guerra, dista el mismo trecho que hay de un pueblo en pie,
vigoroso y capaz, a un pueblo en ruinas, asustadizo y mediocre.
Precisamente ahora, cuando las dificultades mismas interiores requieren la intervención de
gentes decididas, dispuestas si es preciso a empuñar las armas para destruir los gérmenes de
disolución, en este momento, repetimos, es cuando la ola pacifista y ramplona trata de
envenenar y destruir el coraje del pueblo.
Sólo así, en pleno triunfo del achicamiento y del derrotismo, se pueden permitir unos señores
el crimen histórico de provocar la desmembración de la Patria. En otro caso, el solo intento
hubiera provocado un inmediato y ejemplar castigo.
Bien saben los actuales dominadores que una vez impuesta la ruta boba pueden impunemente hacer
con el cuerpo de España todas las maniobras que deseen. ¡Nadie se levantará! ¡Nadie pedirá
soluciones heroicas, de guerra! Sólo miradas pánfilas, incapaces, desoladas, contemplando el
páramo.
La minoría vasco-navarra y su Estatuto
De continuo se hostiliza en las Cortes a ese par de docenas de diputados que forman la minoría
vasco-navarra. Los representantes de Vizcaya tienen derecho al máximo respeto nacional, y
sorprende que se les califique con adjetivos de índole regresiva, a ellos, elegidos por una de
las regiones más cultas de España.
Nada nos importan los Estatutos si no es para poner de manifiesto su absoluta improcedencia.
Pero ya que la Cámara constituyente es tan propicia a satisfacer los afanes desmembradores y a
proclamar el famoso hecho diferencial de las comarcas, no comprendemos su gesto equívoco ante
los diputados vasco-navarros.
Por muy pocas ideas que se tengan acerca de las características regionales de nuestro país,
aparece de un modo diáfano que la unidad nacional peligra tan sólo en Cataluña, donde la
opinión autonómica es un separatismo solapado que espera cobardemente su hora.
El pueblo vasco es de una nobleza y de una lealtad tan notorias que convierte su pleito
regional en una reclamación inofensiva e ingenua.
Es, por tanto, injusta e intolerable la actitud del Gobierno y de la Cámara con las
pretensiones vasco-navarras. Somos partidarios de que se rechacen todos los Estatutos,
absolutamente todos, pero ya que el Gobierno provisional se ha inhibido en Cataluña, haciendo
dejación vergonzosa de su poder, y favoreciendo así el incremento de la furia separatista,
dueña desde hace cinco meses de todos los mandos y resortes coactivos, sorprende que frente al
clamor popular de Vasconia acuerde tan sólo el envío de agentes provocadores.
Es un síntoma más del carácter sectario y antinacional del Gobierno. La emoción religiosa del
pueblo vasco frente a la tendencia laizante de la República no es suficiente motivo para ahogar
peticiones que se ajustan al rigor democrático que hoy priva. Que hoy priva, por lo menos en
teoría.
(La Conquista del Estado, n. 21, 10 - Octubre - 1931)