Estará nuevamente en
España, en las Baleares, isloteando, el gran conde de Keyserling, el gran vividor y bebedor de
la filosofía alemana de posguerra.
¿A qué vuelve a España Keyserling?
Los periódicos lo dicen. Pero los periódicos nunca saben lo que dicen. Dicen los periódicos que
va a ser el eje de una nueva inteligencia castellano-catalana de «selectos intelectuales». Que
se le va a dedicar una especie de feria de ideas.
¡Menuda feria! ¡Es de hace años que el conde anda buscando esta Burgramesse española! Pero en
España tenía buenos corredores y comisionistas y no ha tardado en encontrarla.
El conde -como siglos atrás el pío Erasmo, otro castizo flamenco de la filosofía- trata de
consolidar dos negocios, que es uno mismo en el fondo: el pangermanismo. Por un lado, busca la
amistad española para dar que pensar a la pobrecita Francia. Y, por otro, quiere
asegurar el mercado hispano-americano cultivando bien los agentes más autorizados de la
metrópoli hispana.
No es que nos parezca mal del todo el báquico conde del Balta. Y mucho menos el esfuerzo
imperialista de Alemania por alumbrar «un nuevo mundo que la nace» frente a la decadencia «des
Abendlandes», frente a la mezquindad occidental.
Pero conviene advertir que, aunque trate a nuestros selectos como a «colonizados», aún hay en
nuestro país quien mira duro a las caras duras. Y que hay quien no se embarca en todos los
tiovivos de las ferias. Por muy de ideas alemanas que sean estas lonjas de contratación.
(«La Conquista del Estado», n. 1, 14 - Marzo - 1931)