Ya conoce toda España el Estatuto elaborado en Cataluña. Pues bien, esa consigna cobarde de «no
crear conflictos a la República» ha interceptado sin duda las protestas. Así acontece el
absurdo de que se invoque esa consigna para detener nuestras campañas contra el separatismo, y
no se les ocurre, en cambio, a nadie invocarla con más oportunidad para que en Cataluña
contengan sus exigencias hasta que se consolide la República. Si es un peligro para la
República combatir el Estatuto de Cataluña, ¿no lo es también, y primordial, el hecho de que
ese Estatuto se presente? Asistimos a una ola de cobardía que amenaza apoderarse de la
situación política de nuestro país. Se eluden los problemas, aceptándolos tal y como se
presentan, sin someterlos a disciplina nacional. El centenar escaso de personas que controla
hoy los puestos directores es capaz de otorgar las concesiones más graves con tal de que
desaparezca de su ruta una dificultad levísima.
En un momento así presentan su ultimátum los separatistas de Cataluña. Hasta hace un par
de semanas creíamos en la posibilidad de que las Cortes rechazasen con indignación ese Estatuto,
que equivale a una desmembración del territorio nacional. Hoy nos tememos que el crimen
histórico sea consumado y que los traidores, de espaldas a los intereses de la Patria, firmen
la disolución de nuestro pueblo. Porque es preciso llevar a la conciencia de todo español que
no se trata de una simple autonomía regional dentro del Estado, sino de reconocer una
nacionalidad, una soberanía política frente a la soberanía española. El Estatuto se despoja tan
sólo de las atribuciones molestas y acumula para el Estado (¡!) catalán el control de toda lo
que constituye la actividad fecunda de un pueblo: Enseñanza, justicia, tributación, poderes
gubernativos, incluso el ejército, pues no se olvide su reclamación de que se nutran de
catalanes los regimientos de Cataluña. (Tabores de policía indígena, como si dijéramos, al
mando de oficiales españoles.)
Asistimos, pues, al triunfo del criterio separatista. Pero lo más grave del episodio no es a la
postre la independencia de Cataluña, sino que ello se realice y consiga a costa de la vitalidad
española. La cobardía gobernante ignora, a pesar de la estrategia de que presume el señor
Azaña, que es facilísimo detener la audacia de los perturbadores. Existe un plan, ideado por
los separatistas, para lograr sus anhelos íntimos de independencia. Sería suficiente bloquearlo
con energía.
Acerca de este plan traidor escribíamos hace más de un mes:
«Existe todo un programa de asalto a la grandeza hispánica. La política separatista se propone
realizar sus fines en tres etapas. Una, la actual, encaramándose a los puestos de influencia en
Cataluña, y desde ellos educar al pueblo en los ideales traidores. Otra, intervenir en la
gobernación de España, en el Poder Central, con el propósito firme y exclusivo de debilitar,
desmoralizar y hundir la unidad de nuestro pueblo. Por eso sostenemos que no hay que prestar
sólo atención a lo que los catalanes pretendan y quieran para Cataluña, sino más aán a lo que
pretendan y quieran para España. Su segunda etapa consistirá, pues, en debilitar nuestro
ejército, esclavizar nuestra economía, enlazar a sus intereses las rutas internacionales,
propulsar los nacionalismos de las regiones haciéndoles desear más de lo que hoy desean;
lograr, en fin, que un día su voluntad separatista no encuentre en el pueblo hispánico, hundido
e inerme, la más leve protesta.
»La tercera etapa, cumplida en el momento oportuno, consistirá en la
separación radical.»
Estamos, pues, ante un caso de defensa nacional. Nosotros pedimos que si el Gobierno no se
atreve a hacer frente a la auténtica gravedad del episodio de Cataluña, recurra al pueblo, que
éste sabrá defender con las armas la intangibilidad del territorio patrio.
Falta esta prueba a los catalanes separatistas: la del heroísmo. Carecen de ejecutorias
guerreras, y por eso el resto de España debe obligarles a batirse.
Por nuestra parte, tenemos muy cercano el síntoma de que se les defiende bien aquí: una
maniobra policiaca del Director de Seguridad me envía a la cárcel, sin intervención del juez,
como preso gubernativo, por el nefando delito de defender la integridad del Estado. Ya llegará
el momento de nuestra justicia y la persecución implacable de los traidores, que no vacilan en
obedecer las órdenes de Maciá; esto es, del enemigo iracundo contra LA CONQUISTA DEL ESTADO,
por la irreductibilidad de nuestro gesto.
Todo esto conduce a la afirmación de que es precisa una segunda etapa revolucionaria. Con la
máxima urgencia debe arrebatársele el Poder a las actuales oligarquías, que no tiemblan ni ante
la probable ruina de la Patria. El pueblo se sabe ya defraudado y no será difícil movilizar sus
ímpetus contra esta situación escandalosa, que para colmo de descrédito procede con despotismo
monárquico para ahogar las voces disidentes.
La ruta a seguir frente al separatismo no puede ser otra que ésta: debe desmenuzarse su
Estatuto en las Cortes y disminuir sus pretensiones en un ochenta por ciento. Para ello es
suficiente un acuerdo de las fuerzas de Lerroux, las socialistas y derecha republicana. E
imponer con energía la decisión de las Cortes. Es decir, entregar el pleito a la decisión
suprema de la violencia.
El nerviosismo social. Las huelgas
Se ha hecho, a medias, una revolución política que es un puro anacronismo. Cuando la realidad
de nuestro tiempo desaloja de todos los países a la reacción liberal burguesa, surgen aquí dos
centenares de farsantes con la pretensión de que esas emociones anticuadas presidan la
elaboración del nuevo Estado.
Distingue a la hora universal su carácter colectivista, de esfuerzo sistemático, y, por tanto,
presentarse ante ella con equipo individualista y liberal, es caminar al fracaso con todos los
honores del ridículo. El orbe social más sensible, que es el de las realidades económicas,
canta ya con insistencia esa gran verdad. Las huelgas numerosas y la depresión enorme que se
advierte en toda clase de negocios son tan sólo un leve chispazo de la auténtica catástrofe que
hoy se incuba.
Si los microcéfalos gubernamentales, en vez de condenar las huelgas con melindres retóricos, se
dedicasen a comprender y edificar una economía robusta, antiliberal y disciplinada,
antiburguesa y nacional, advertirían el crasísimo error en que hoy andan revueltos. Pero no es
posible, de un lado, halagar el espíritu burgués con esas grandes oquedades parlamentarias, y
de otro, arrebatarle la libertad económica, que es la única que en el fondo le interesa.
El secreto consiste en el hallazgo de un tipo de Estado que anule las dispersiones económicas.
Esto es, las indisciplinas de los productores. Hay que suplantar la función que hoy corresponde
al capricho e intervenir las economías privadas con propósito de eficacia colectiva. Nosotros
creemos muy saludable este reguero de huelgas, porque contribuirá a desequilibrar los falsos
equilibrios. De otra parte, son movilizaciones revolucionarias, de las que nuestro pueblo está
hoy más necesitado que nunca. La batalla social, a base de huelgas y choques con la reacción
parlamentaria, puede proporcionarnos ocasión para entrenamientos decisivos. Frente a los
burgueses timoratos que se asustan del coraje del pueblo, aplaudimos la acción sindicalista
que, por lo menos, reanuda las virtudes guerreras y heroicas de la raza.
Comprendemos muy bien que las masas proletarias no tengan el menor interés en consolidar el
régimen que ahora se inicia. Eso que se dice consolidar la República equivale, realmente, a la
estabilización de los grupos oligárquicos que disfrutan hoy del Poder. De ahí que nosotros,
hombres jóvenes que deseamos para España un régimen heroico, capaz de todas las audacias de
nuestra época, y sobre todo exaltador hasta el fanatismo de las grandezas hispánicas,
coincidamos en la protesta con los núcleos obreros que se insurreccionan. La consolidación de
la vereda que hoy triunfa supondría para nosotros la pérdida de toda esperanza de resurgimiento
hispánico. Están en el Poder las tendencias mediocres, decimonónicas, es decir, reaccionarias,
capaces a lo sumo de hacer de España una repugnante democracia burguesa y parlamentaria.
Pero no necesitamos acudir a argumentos políticos para explicar la profusión de huelgas. El
panorama gobernante no ofrece a las falanges obreras ni a elemento productor alguno garantías
de eficacia para el porvenir. Un régimen puramente espectador que «deja hacer», sin prestar
orientación genial a las energías del pueblo, es lo único que se advierte en el futuro del
Gobierno. Por eso hay que eliminarlo.
Las huelgas son, pues, lógicas y el ímpetu revolucionario debe seguir a la orden del día.
El discurso reaccionario de Azaña
Ha de ser muy pasajera la popularidad de este señor Azaña, en quien nosotros denunciamos un
manojo de afanes turbios. Estos intelectuales rumiantes, que viven con más de un siglo de
retraso, añorando las emociones más viejas, son quizá el máximo peligro para la flexibilidad de
la República. Su discurso último, a base de tópico liberal y amargor de resentimiento, ha sido
sin duda ninguna el fenómeno más reaccionario desde el 14 de abril. Su retórica de vieja
gruñona, iracunda, cantando la «hermosa conquista de la libertad», es un verdadero atentado a
la sensibilidad política moderna.
Todos los que estamos acostumbrados a dirimir contiendas políticas frente a hechos e ideas
propios de este siglo, colectivista y antiliberal por antonomasia, al tener que oír -por radio,
se entiende- discursos de la cavernaria ideología del señor Azaña, nos quedamos sorprendidos.
Para nosotros -y en esto coincidimos con los comunistas, nuestros encarnizados enemigos-, un
hombre que dice emocionarse ante la libertad, a secas -¡oh, la libertad!- o es un disminuido
mental o es un farsante.
No nos cansaremos de decir que nuestra época encomienda a los Estados políticos la tarea de
conseguir para el esfuerzo del pueblo una garantía de eficacia. En el siglo XIX se creyó con
ingenuidad seráfica que el Estado cumplía su misión, haciendo posible la libertad de los
individuos. El burgués necesitaba, es claro, la libertad para desenvolver sus negocios, de
espaldas a los intereses del pueblo. La economía, las razones económicas, han sido las primeras
en asestar a la concepción liberal burguesa un golpe decisivo. Por eso, el grito liberal es ya
un grito reaccionario, cuyo triunfo equivale a marchitar las posibilidades grandiosas que
pudieran dibujarse en el porvenir de un pueblo.
España necesita precisamente la victoria de una disciplina nacional que ponga en circulación a
viva fuerza los ímpetus ocultos. Los liberales como el señor Azaña creen que lo primero es la
satisfacción egoísta de los afanes de cada uno, y lo segundo cualquier otra cosa. Pero
acontece -y ésta es la gran verdad de la época- que los individuos hoy no se satisfacen, sino
sabiéndose colaboradores con los demás en alguna empresa de algún fuste. No hay alegría que
supere a la del trabajador ruso al aportar su esfuerzo a la realización del plan staliniano. En
Italia aparece el mismo fenómeno de modernidad, pues todo fascista se sabe engranado en la
disciplina nacional que el fascismo impone.
Aquí, en España, tenemos en cambio que sufrir estas vejeces. Que, como han perdido toda
eficacia política, se convierten en armas tiránicas contra el pueblo. A puro querer imponernos
la libertad, el Gobierno liberal burgués de la República ametralla y encarcela al pueblo. El
señor Azaña, a quien reconocemos cierta inteligencia, sabe de sobra que eso de «ciudadanos
libres», tan repetidas veces celebrado en su discurso, es pura farsantería. Sin ir más lejos,
podríamos citar el caso de la destitución de López Ochoa, seguida del «gesto democrático» del
señor Azaña de negarse a explicar a los «ciudadanos libres» el motivo de la destitución. Y es
que estos liberales cucos son todos ellos de un orgullo despreciable y tiránico. Cuando desde
el Gobierno se vitorea mucho a la libertad hay el peligro de que ello se haga para que el
pueblo tolere al gobernante la libertad de hacer lo que le venga en gana.
El señor Azaña alentó traidoramente en su discurso los afanes separatistas de Cataluña. Es la
consecuencia última de la reacción demoliberal: si otorga libertad a los individuos, ¿por qué
negarla a las regiones? He aquí un plan más rápido para conseguir la disolución de nuestro
pueblo, entregados sus destinos al arbitrio cobarde de estos hombres, sin grandeza para
encararse con un porvenir difícil y glorioso.
El señor Azaña preside un grupito de intelectuales que se identificó, al parecer, con su
discurso. He aquí el triste papel de los intelectuales españoles: el de ir siempre rezagados.
Hoy, que se precisa ir dibujando los contornos de una civilización postliberal, creadora de
mitos colectivos, de pueblo, para lo que es imprescindible una vanguardia intelectual, tenemos
aquí el triste espectáculo de una regresión, de un retroceso. Y tiene que ser el sindicalista
ciego y anónimo, el luchador impenitente, quien marque una ruta de violencia, de creación y de
gloria.
Pero el imperio hispánico surgirá.
Cárcel Modelo.
(«La Conquista del Estado», n. 19, 25 - Julio - 1931)