Se comprende que por inercia histórica acepte y tolere un pueblo un retraso de cien años en la
vigencia de sus instituciones públicas. Pero es increíble y absurdo que se movilice
revolucionariamente para consolidar un anacronismo así. Es notorio que los avances políticos y
sociales efectuados en nuestra época, ante la necesidad de lograr nuevas eficacias, tienen
todos un sentido antiliberal y antiburgués. Pues bien, en España se tiende al restablecimiento
de esas emociones fracasadas y, con la gravedad que supone el que ello se haga en un período
revolucionario, se las presenta al pueblo como los resortes valiosos de la nueva política.
Incluso el partido socialista, que por su nacimiento postliberal, al calor de la desilusión
democrática, podía adoptar hoy metas más actuales, se une al corro de los ancianos y representa
a maravilla su papel zurdo de burgués que quiere ante todo y sobre todo libertades; esto es,
que lo dejen en paz.
Pero las victorias de nuestro siglo se caracterizan precisamente porque no dejan en paz a
nadie. Las revoluciones realizan el hallazgo de tareas formidables, a las cuales se lanzan con
intrepidez y entusiasmo las energías del pueblo. En un momento así, en que el mundo anula y
desprecia la cultura liberal burguesa, triunfa en España un conato revolucionario que la exalta
y glorifica. El fraude tiene que ser denunciado en la voz más recia posible, y se impone sin
pérdida de tiempo la organización de una fuerza revolucionaria auténtica que elimine todo
peligro de reacción. Bien entendido que hoy son fuerzas reaccionarias las que orientan su ruta
hacia conquistas de orden individual, antinacional y burgués.
Por mucho estrago que la farsa demoliberal haya hecho en las juventudes españolas, hoy las más
reaccionarias del mundo, con excepción de pequeños núcleos comunistas y de otros afectos a LA
CONQUISTA DEL ESTADO, hay que suponer que dispondrán de coraje revolucionario para alzarse
contra la mediocridad victoriosa. Es conocida nuestra filiación anticomunista, pero
consideramos que el verdadero enemigo en esta hora es el ambiente liberal burgués, que ahoga
todo esfuerzo joven y destruye toda posibilidad de grandeza para nuestro pueblo.
A la desaparición de la monarquía deleznable, conquistaron el Poder unos núcleos invaliosos,
educados en las normas políticas de la vieja democracia, que hoy tratan de que repitamos todas
las experiencias fracasadas en Europa. El pueblo hispánico tiene sólo dos aspiraciones, ninguna
de las cuales puede ser satisfecha por un régimen político demoliberal. Una es levantar en todo
lo alto la ruta histórica de la Patria, afianzar sus destinos grandiosos, y la otra es la
consecución de una economía próspera que corte de raíz las injusticias sobre que hoy se asienta
la producción y el consumo.
Para conseguirlo hay que lograr la imposición revolucionaria de una tendencia en absoluto
opuesta a la que hoy dispone del Poder. Hacen falta entusiasmos de tal magnitud, que sólo una
intrépida sacudida de nuestro pueblo puede imponer ese triunfo. Si las juventudes desatienden
este imperativo nacional, recluyéndose en un facilísimo circuito de ancianidades, y, de otra
parte, el proletariado revolucionario no reconoce otras metas que unas quiméricas e imposibles
obtenciones sociales de tipo catastrófico, nada podrá realizarse en el área hispánica que posea
plenitud y envergadura revolucionaria.
Pero hay más. El anacronismo liberal burgués obliga al Gobierno a insinceridad perpetua. Su
política es una sarta continua de falacias y engaños, que nacen del fracaso de los recursos que
la ideología hoy triunfante pone en sus manos. Ello es, ni más ni menos, una inmoralidad
vergonzosa. El pueblo, que se sabe engañado por unas oligarquías que explotan un mito
infecundo, pedirá con rapidez las cabezas de los culpables. Es el acontecimiento que nos queda
por ver, el que iniciará de verdad la ruta salvadora.
El régimen liberal, si quiere subsistir, se ve obligado a actuaciones tiránicas. Soportar una
tiranía es la máxima degradación de un pueblo. Cuando nosotros hablamos de aniquilar el
anacronismo liberal no hacemos, como al parecer creen los tontos por ahí, la defensa de la
tiranía. Confundir un régimen tiránico con un régimen creador que obliga a los individuos a
enrolarse en realizaciones de tipo nacional, colectivista, es propio de botarates. Así se
comprende que aquí nadie logre entender el fenómeno fascista o la dictadura de Stalin, creyendo
que se trata de tiranías vulgares, donde un déspota impone y realiza su particular capricho.
La tiranía auténtica es esta que padecemos aquí y ahora, o bien aquella otra de la monarquía.
Unos grupos irresponsables suplantan los fines nacionales, atemperándolos a su propio nivel, e
impiden las propagandas que hieran sus intereses. Analícense los actos del Gobierno y se verá
cómo sus miembros actúan con todas las características y todas las taras de los tiranuelos. No
poseen una concepción nacional, una ruta grandiosa que imponer de modo coactivo y, sin embargo,
seccionan todo intento eficaz que les perjudique.
Los síntomas tiránicos
Si este Gobierno hubiera proclamado el día mismo de su elevación al Poder la dictadura
revolucionaria, nos habría parecido un acto abusivo, porque el origen de su fuerza era un
compromiso concreto de conceder al pueblo libertades políticas; pero por lo menos justificaría
el proceder despótico a que hoy se entrega con furor. Todas sus actuaciones son de tipo
gubernativo, arbitrario. Ahí está como ejemplo su acción contra los intrépidos conspiradores de
Sevilla, que son fulminados como traidores y luego se les exime de responsabilidad judicial
seria.
Días pasados, el inepto ministro de Fomento, señor Albornoz, entorpeció la marcha de la
Confederación del Ebro con una disposición absurda, y porque el ingeniero director, señor
Lorenzo Pardo, hombre de capacidad técnica digna de todo respeto, se permite publicar una
crítica de la misma, aquel ministro liberalísimo se avinagra, como Primo de Rivera, y con el
mismo protocolo que el dictador ordena la formación del clásico expediente.
A todo se resignan los pueblos, menos a no hacer nada. La política de alto estilo consiste hoy,
como hemos insinuado antes, en presentar al pueblo planes ejecutivos de tal amplitud que
requieran las energías nacionales todas. Si ello no acontece porque el Estado liberal abandona
a los burgueses el deber de orientar las rutas económicas y a los corrillos intelectuales el de
señalar el curso histórico de la Patria, surgen inevitablemente los conflictos, las
dificultades, la paralización y el entorpecimiento de la vida del pueblo.
Ahí está también el síntoma electoral. Se le han impuesto al pueblo unas candidaturas, sin que
las propagandas que se hicieron se refirieran para nada a los puntos capitales que abarca una
Constitución. Se dirá que se votaban listas de los partidos. Pero es que nadie sabe aún qué
piensan los partidos sobre los extremos constituyentes. Ni siquiera qué partidos son ésos. Sólo
está clara una cosa: la presa del Poder. Para ello se valoran las minorías y se cuentan sus
diputados, sin pensar que en las elecciones realizadas lucharon los grupos en conglomerado y
que hay, por tanto, un entrecruce de votos que impide el que ninguna minoría asegure como
debidos en rigor a sus partidarios los diputados con que cuente.
Cuando un Gobierno liberal actúa tiránicamente se justifica sólo con la necesidad de mantenerse
en el Poder. Ello es intolerable, porque se trata de lo menos Gobierno posible y no tiene
derecho a aspirar a que se le reconozcan consustancialidades con los supremos intereses del
Estado. En un período revolucionario, el Gobierno liberal debe limitarse a servir de cauce a la
ola triunfadora. Si interviene, comete delito de alta traición contra los intereses del pueblo,
amparando la legalidad ilegal que precisamente se trata de destruir. Un Gobierno liberal puro
fue el de Kerenski, en Rusia. El de Facta, en Italia. Y el desequilibrio alemán de hoy, cuando
existen fuerzas jóvenes y revolucionarias que aspiran al Poder, procede de que la intervención
extranjera impide que los partidos de Weimar cumplan ese papel histórico de dejar paso libre a
la revolución fecunda.
Nuestra defensa del coraje revolucionario
Hay que aplaudir la rapidez con que algunos elementos que contribuyeron a la instauración de la
República con las armas en la mano exaltan de nuevo la acción revolucionaria contra los
usurpadores. Nosotros alentaremos todo entusiasmo revolucionario, porque sólo movilizando en
las peleas las energías jóvenes del pueblo se conseguirá para España el episodio histórico
salvador. A la vista de todos están ya la propagandas de la burguesía cobarde, que tienden a
desprestigiar los esfuerzos revolucionarios que surjan. El egoísmo liberal burgués sacrifica la
necesidad nacional, que pide actuaciones heroicas, a sus intereses de clase y evita las
dificultades fecundas.
Siempre temimos el aborto de la Revolución. Por eso, desde nuestro primer número mostramos
disgusto por los poquísimos recursos revolucionarios que se utilizaban contra la Monarquía.
Ahora se advierte la razón de aquellas críticas. Nosotros disentíamos de las exiguas metas que
se señalaban, porque nos constaba su radical mediocridad. Hoy se precisa, pues, con toda
urgencia la reorganización de las filas revolucionarias, adscribiéndolas a una ruta
indesviable. Por nuestra parte, para subvertir el actual régimen liberal burgués, nos uniremos
sin reservas a todos aquellos grupos de acción que, aun diferenciándose de nosotros en
múltiples cosas, admitan, por lo menos, la necesidad de revalorizar la situación hispánica y
una economía anticapitalista de base nacional, siempre que a la vez rechacen la ortodoxia
comunista. No parece muy difícil una actuación orgánica de ese tipo, recogiendo los núcleos
valiosos -y desde luego jóvenes, de veinte a cuarenta años, que es la edad de conquistar
revolucionariamente el Estado- que todos los días aparecen desilusionados ante las torpezas y
limitaciones del desgobierno liberal burgués.
En las últimas elecciones se ha perfilado ya con vigor rotundo una de esas actividades
combativas que necesita el momento español. Nos referimos a la media docena de hombres jóvenes
que han luchado en Sevilla con denuedo. Si se sabe prescindir del episodio superficial y se
logra fijar en los hechos lo que en ellos hay de dimensión profunda, no podrá nadie negar que
las propagandas de Franco, Balbontín, Rexach y sus amigos encierran un secreto de futuro. Estos
hombres, con la simpatía cierta de elementos proletarios igualmente jóvenes, han mostrado en
Sevilla que es fácil y posible orientar con fecundidad a la Revolución.
Es ahí, en el joven aviador, en el joven obrero, en todo aquel que supere las limitaciones del
liberalismo burgués, donde aparece una posibilidad de resurgimiento hispánico. Hay, pues, que
alentar la acción de estos núcleos, y si llega el caso, fundirse todos en una eficacia decisiva
contra los usurpadores.
Para ello, lo primero es aceptar como recursos de lucha los procedimientos revolucionarios de
calidad más alta y no asustarse de las similitudes que la decrépita ramplonería burguesa
advirtiese y denunciase en ellos.
Desde el ministro de la Gobernación hasta el periodiquillo zurdo más insignificante han
obstruido la ruta de las propagandas a que nos referimos. Pronto se hizo uso de bellaquerías,
como esa de considerar a los revolucionarios enemigos de la República. Nosotros protestamos de
esa mala fe que el Gobierno liberal de la República ha utilizado contra Franco y sus amigos.
(«La Conquista del Estado», n. 18, 11 - Julio - 1931)