El distinguido viejo político señor Ossorio y Gallardo, jefe de la leguleyería nacional, ha
declarado a un periódico que los hombres nuevos deben buscarse en la Academia de Jurisprudencia.
Hay que salir al paso de creencias así, pues el abogadismo ramplón es el mayor culpable de
todas las dificultades que obstruyen hoy la ruta hispánica. La supuesta Revolución que dicen se
ha realizado fracasa porque fue faena de abogados, sin nervio revolucionario ni grandeza
histórica. Se esgrimieron razones jurídicas, se hizo creer al pueblo que bastaba el
resurgimiento del llamado derecho para garantizar la victoria de todo.
El primer deber de los nuevos y auténticos revolucionarios es superar esta etapa leguleya e
implantar la vigencia de un orden creador, rechazando la cooperación de los charlatanes.
Las horas revolucionarias son imperiosamente ejecutivas, y no se puede tolerar que burlen su
impulso las asechanzas de los abogados.
Lo primero es la acción. La virtud primera corresponde al hecho revolucionario, y sólo los
hombres que hayan vivido esa emoción ejecutiva de la Revolución pueden luego intervenir en la
elaboración del nuevo orden jurídico que de ella surja.
Nada de esas reservas que señala Ossorio. Son gente vieja, incapaces de comprender los
imperativos revolucionarios de nuestro tiempo. Se opondrán al triunfo joven; nos petrificarán
en las formas fracasadas. Son, pues, elementos reaccionarios que es preciso desenmascarar y
destruir.
¿Pues qué dirá un leguleyo ante un deseo joven que consista no en liberarse del deber
hispánico, no en aislar su particular destino del destinó nacional, sino en encontrar la
disciplina grandiosa a que someterse? Es el milagro optimista del pueblo ruso, del pueblo
italiano, del pueblo alemán, de todos los que han superado el régimen liberal burgués y
realizan hoy su tarea colectiva, su plan magnífico, su aventura.
¡Abajo los leguleyos!
(«La Conquista del Estado», n. 17, 4 - Julio - 1931)