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Indalecio Prieto y Lerroux
A nadie puede extrañar esta especie de apoteosis de Lerroux. Es un hombre de talentos
indudables, que permanecía en segunda fila injustamente. En los últimos años era norma de los
jóvenes demoliberales burlarse un poco de la vejez ideológica de Lerroux, sin darse cuenta de
que ellos eran de ideas, por lo menos tan viejas, pero sin la disculpa de los años que aquél
tiene. Las circunstancias han permitido, sin embargo, que Lerroux adquiera ahora gran relieve y
destaque las posibles cualidades de hombre de gobierno que posea.
En modo alguno podemos nosotros prestar al señor Lerroux el más mínimo aliento. Es hombre de
otra época, ajeno a la peculiar emoción revolucionaria que informa al mundo nuevo. No obstante,
nos explicamos muy bien su éxito entre los rezagados, a más de que su prestancia de caudillo,
su auténtico porte de jefe, merecen nuestra simpatía. Al comentar la política española de hoy,
no ha de olvidarse que sus hombres se mueven en un orbe de ideas totalmente caducas y que la
ruta que se desea imprimir a la supuesta revolución realizada adolece de anacronismo perfecto.
Lerroux se destaca precisamente hoy porque su adhesión a la política demoliberal es sólo
teórica, pues todo el mundo sabe que en funciones de gobierno Lerroux actuaría con férrea
autoridad.
Ahora se levanta Prieto e intercepta la ruta triunfal de don Alejandro. Nuestros lectores saben
que en varias ocasiones hemos señalado en Prieto cualidades valiosas. Nos place, pues, verle en
peleas decisivas, planteando de un modo audaz los problemas políticos. Prieto es hoy uno de los
pocos hombres con talento y energía suficiente para dar cara con toda la responsabilidad a las
situaciones más graves. Después de los juicios que antes expusimos sobre el partido socialista
parecerá extraño a algunos que elogiemos a Prieto, que figura en ese grupo. La razón es bien
clara. Indalecio Prieto no es hombre de emoción socialista -por fortuna para él, claro- ni
sacrificará su acción política a una fidelidad cuyos imperativos no le hostigan, sin duda, muy
profundamente. Por ello, nosotros presentimos para en breve una gran escisión en el seno del
partido socialista, que tendrá por eje una actitud grandiosa de Indalecio Prieto.
Ahí está ahora, frente a Lerroux, dando paso al primer gesto que ha conmovido a la política
republicana. Es posible que las futuras intervenciones de Prieto originen en nuestro país
dificultades imprevistas, que sean causa de amplísimas reformas en el estilo político que hoy
prepondera. Así, lo natural para casi todos era en estos momentos un gobierno Lerroux. Prieto
ha hecho tambalear el equilibrio con sólo unas palabras. No estamos conformes si Prieto
pretende con ello encargar al partido socialista del Poder. Pero sea como quiera, basta con
turbar el primer sueño de los buenos burgueses, que ya se prometían horas muy templaditas. Lo
único fecundo hoy es plantear dificultades, impedir la facilidad y la salvación sencilla. No
hemos dado cara aún a esos minutos tremendos que toda revolución alumbra, en los que se fragua
la genialidad de la nueva política que en ella nace.
Por eso, todos los fenómenos que ahora advirtamos, representativos de una tendencia a
petrificar el régimen, merecen repulsa unánime de los temperamentos revolucionarios. Prieto lo
es, en opinión nuestra, y por ello esta pugna con Lerroux, en cuanto no signifique pugna
socialista frente a quien les cierra las veredas, nos agrada de modo rotundo.
(«La Conquista del Estado», n.17, 4 - Julio - 1931)
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