De nuevo el apoliticismo de los sindicalistas -que en este caso es verdadera incultura
política- proporciona a Maciá, en Cataluña, una victoria absurda. Su actitud es indefendible,
porque si votan a Maciá por su separatismo contradicen sus declaraciones de siempre, y si lo
hacen porque tiene con ellos contactos de índole social y política, entonces reniegan de su tan
cacareado apoliticismo. Los diputados de Maciá serán en el Parlamento representantes de los
sindicalistas, y su significación, su mandato, tendrá un carácter de extremismo social, pero no
catalanista.
De todas formas, el resto de España debe manifestar con energía su descontento por el
deplorable episodio de Cataluña. Es raro que las montañas cercanas y el mar próximo no hayan
curado de su histerismo a las masas de Cataluña. Pero España requiere esa curación y procurará
el hallazgo de remedios eficaces. Sin detenerse ante nada, pues más allá del interés de la
Patria no existen acusaciones. Todo puede hacerse y todo se hará.
Nosotros esperamos que las Cortes Constituyentes rechacen el famoso Estatuto que ahora se
elabora en Cataluña. Veremos qué hacen entonces esas turbas reaccionarias de Maciá. Si apelan a
la violencia, es el momento de aniquilarlas sin compasión. La grandeza de España no puede
iniciarse con deserciones ni rebeldías, sino con disciplina y fervor para las rutas de la
Patria, que es unidad de esfuerzo y de triunfo. Hay que vigilar las posibles traiciones que se
avecinan y exigir los castigos más duros para los que pretendan explotar la errónea deslealtad
de una parte de Cataluña. Ahí está como primer blanco el babélico Marcelino Domingo, el del
bilingüismo, y sus huestes radicalsocialistas, que se emocionan ante la probabilidad de que los
diputados traidores que vengan con Maciá se unan a ellos en la Cámara.
Marcelino Domingo, ministro del Gobierno nacional, apoya las estridencias de los separatistas,
las halaga y justifica, para luego implorar el limosneo de sus diputados. Todo se reduce, pues,
a egoísmo de partido, sacrificando los intereses más graves de España, a una ambición criminal
que equivalga a reforzar su minoría parlamentaria. Puede presumirse la meta nacional que
informará a hombres así que pactan con los traidores y hostigan las locuras para aprovecharse
de ellas. Si como han insinuado los señores Domingo y Albornoz, los separatistas de Maciá se
unen a ellos en el Congreso, habrá que declarar al partido radical socialista enemigo de la
Patria, decirlo así a los españoles y cercar a sus hombres con las precauciones mismas que se
toman con los leprosos. Desde luego, inhabilitarlos para toda función de gobierno.
Si, como en todas partes se dice, Cataluña va a obtener un régimen en cierto modo autonómico,
ello debería traer como consecuencia la debilitación de los núcleos catalanistas, que una vez
conseguida su pretensión tenderían a disolverse. Pero ello no ocurre, y he aquí un fenómeno que
da plena razón a nuestras campañas. En Cataluña, el timón lo llevan los separatistas, y todo
cuanto obtengan les servirá para avanzar más en sus pretensiones. El germen conducirá a la
separación radical. Hay que darse cuenta de esto y no hacer luego gestos de extrañeza. Pero la
separación es imposible mientras no la tolere el resto de España. Cataluña no es una nación que
pueda reclamar derechos de esa índole. Aunque el clamor separatista de Cataluña fuese absoluto,
esto es, que fuera unánime, sin una sola excepción, la petición de independencia, España podría
y debería contestar con lenguaje de cañón. La separación de Cataluña necesita la voluntad
conforme de todos los españoles, y es de suponer que no se degradará el hispanismo hasta el
punto de permitir desmembraciones de ese linaje.
Si una mayoría de catalanes se empeñan en perturbar la ruta hispánica, habrá que plantearse la
posibilidad de convertir esa tierra en tierra de colonia y trasladar allí los ejércitos del
norte de África. Todo menos... lo otro.
El resto de España no ha hablado aún sobre el problema. Y su voz es la
decisiva en este pleito.
El desenfreno socialdemócrata
Ahí están cien actas socialistas al servicio de la burguesía. No importa que vociferen y hagan
gestos terribles. Sus votos proceden del conformismo español, del miedo al coco revolucionario,
del burgués panzudo y mediocre. El sistema electoral Largo Caballero y la cobardía de los demás
partidos son las causas del triunfo socialista. Triunfo, pues, artificioso que se desvanecerá
en la primera ocasión. Nada bueno esperamos de los restantes grupos parlamentarios, nutridos
todos ellos de gentes retrógradas que viven la emoción política de hace un siglo, pero los
preferimos a ese rebaño extranjerizante de la socialdemocracia.
Ya surge entre ellos el apetito del Poder, y no les detiene la consideración de que sus cien
actas fueron obtenidas en contubernio con los burgueses. No son, pues, actas de pureza
socialista, y este detalle debiera hacerles más cautos. Les ilusiona eso de la «minoría más
numerosa», y quieren lanzarse sobre el Poder como sobre las desmanteladas organizaciones
obreras que controlan.
Por muy bajo que sea el nivel medio de los diputados constituyentes, pertenece sin duda al
socialismo el honor de aportar los cernícalos más ejemplares. Hay que vigilar este peligro e
impedir que exploten el argumento numérico que han obtenido por sorpresa. Estamos aludiendo a
la tendencia gubernamental socialista que mantendrá Largo Caballero.
El equívoco primordial de la política española consiste en admitir una falsa localización de
los partidos. En todas partes las exigencias económicas y las rutas vitales de los pueblos han
hecho surgir fuerzas políticas que representan radicalismos de más sincera y fuerte realidad
que los que aquí se proclaman ahora. El socialismo representa una trayectoria de gobierno
fracasada en todos los países. Por dos razones: una, que su táctica conduce a todo menos a un
régimen socialista; otra, y para nosotros la más esencial, que la eficacia económica que pueda
conseguir un régimen antiburgués la logran entusiasmos de tipo nacional, que suplantan la
discordia de clases con una integración de elementos productores. Es el caso de las economías
de Estado, a que se acercan con rara similitud el régimen bolchevista de Rusia y el fascista de
Italia.
El socialismo, por tanto, ha cumplido su vigencia histórica. De esas dos razones que
enumeramos, la primera la esgrimen con eficacia los comunistas, y la segunda la enarbolamos los
que unimos nuestro destino al destino nacional con un novísimo afán antiburgués y constructivo.
Sería, pues, lamentable que en una hora así se abriera camino en España la decadencia
socialista, cuyas filas son traidoras, según los comunistas, y reaccionarias, según nosotros.
(En nuestra opinión, una fuerza política es reaccionaria cuando transcurrida su vigencia
histórica se empeña en obtener el Gobierno de un pueblo.)
He aquí la realidad. Los socialistas deben ser bloqueados al menor gesto intemperante, porque
significan una fuerza de reacción, y a última hora, un nido sospechoso de intelectuales sin
sangre. No creemos que resulte muy difícil evitar el avance socialista, evitando a la vez que
triunfe en nuestro pueblo el fraude revolucionario que ellos representan.
(«La Conquista del Estado», n. 17, 4 - VII - 1931)