Es bien conocida nuestra actitud frente a los entusiasmos revolucionarios del Comandante
Franco. De admiración radical. Si en España no brota un manojo de hombres así, con capacidad de
sacrificio y de combate, bien poco haremos. Ahora bien, Franco carece en absoluto de sentido
alguno nacional, y sus andanzas de los últimos días señalan en él un caso típico de
inconsciencia.
Pone en circulación los ideales derrotistas y busca amparo en el domicilio de los traidores.
Así su inclusión en las candidaturas de Maciá. Así también sus propagandas en Sevilla, a base
de un grito pueril que a ningún andaluz se le ha ocurrido: «¡Viva Andalucía libre!»
No acertamos a ver la necesidad de nutrir las voces revolucionarias con gritos de ese carácter,
que a poco que se les analice bordean las lindes gravísimas de la alta traición. Sólo
una lamentable ceguera para la eficacia histórica de nuestro pueblo explica hoy el afán que
sienten muchos por destruir la unidad de la Patria.
¿Se pretende obstruir la tarea del Gobierno republicano sacándole al camino problemas
artificiales? Esa es la táctica de los comunistas, que con criminal sangre fría se declaran
partidarios de los separatismos regionales. A nosotros nos repugnan esos procedimientos
cobardes, y en nuestras campañas contra la situación gubernamental esgrimimos tan sólo la sana
rotundidad de nuestra política.
Los objetivos revolucionarios deben ser directos. Hay que tener el arrojo de señalar las
finalidades y lanzarse a su conquista de una manera inequívoca y audaz. Por eso, los que
enarbolan e interceptan el problema separatista como auxiliar de su acción revolucionaria, nos
parecen dignos de desprecio.
Es desde luego increíble que el comandante Franco se entregue a una tarea así, y pierda el
timón verdadero de la grandeza de nuestro pueblo, que sólo puede alimentarse de un ciego
respeto a la unidad nacional.
Pero no se trata sólo de esto. Desde hace veinte o veinticinco días el Comandante Franco hunde
su auténtico prestigio de hombre valioso en la ciénaga de los grupos políticos más
irresponsables y absurdos del país. Esos grupos de farsantuelos y de demagogos vulgares, que
actúan a la sombra de la ingenuidad popular, ocultándole sus innobles taras. Esas candidaturas
grotescas, en las que no falta nunca un artista chusco, un profesor cascarrabias y alguna
señorita licenciada que merodea limosnas de vanidad.
El Comandante Franco es algo muy distinto a todo eso, y nos extraña que admita esa índole de
fraternidades. Tiene derecho a ir a las Cortes sin necesidad de unirse a elementos invaliosos
que juegan con el barullo y la farsa.
El Comandante Franco es un firmísimo valor revolucionario, al que esperan, sin duda,
intervenciones de gran fuste. Pero disciplínese en una ruta política, póngase al servicio de
las ambiciones nacionales más recias. Sin juegos peligrosos ni contactos mediocres con los
espantapájaros del pueblo.
(«La Conquista del Estado», n. 16, 27 - Junio - 1931)