Ha de ser muy difícil a las nuevas oligarquías gobernantes realizar su misión traidora sin
grandes choques con el pueblo. Esas Constituyentes que ahora se celebran son inoportunas y
carecen de la tradición revolucionaria que se precisa para una reforma de ese estilo. Por
tanto, el papel que corresponde a los núcleos de acción y de combate es el de declarar
facciosas esas Cortes y proseguir la tarea con más firme empuje cada día. No se ventila ya el
viejo pleito Monarquía-República; pero están en el aire, a merced de los brazos que triunfen,
las rutas decisivas que haya de seguir el gran pueblo hispánico.
Aceptar las Constituyentes es aceptar que la República pertenece a las inmorales pandillas
socialdemócratas de que hablábamos en nuestro número anterior. Ellas han convocado las Cortes,
impuesto los candidatos, estructurado el censo, usurpado los poderes del pueblo. Las juventudes
revolucionarias no deben pactar con esa ancianidad podrida, reclamando para sí el timón de la
marcha. Más de una vez hemos dicho que la Revolución actual ha de ser entendida como una
suplantación de generaciones. Los viejos farsantes no comprenden las eficacias de hoy y
condenarán a la República a mediocridad perpetua. Hay que impedirlo.
Por fortuna, todo está ahí, como premio a las victorias que se obtengan. El liberalismo burgués
no se consolidará, porque el pueblo revolucionario rechaza las pacificaciones que se le ofrecen.
Por eso hablamos de inestabilidad y de guerra. Hacen falta capacidades heroicas que vibren de
fervor nacional e identifiquen el hecho violento con una gigantesca afirmación de hispanidad.
Sólo así, llevando la batalla al terreno vigoroso y auténtico, puede resaltar la ambición de
las juventudes, que se ciñe a la elaboración rotunda de una España imperial y fuerte. No nos
conformaremos sin dotar a nuestro pueblo de instituciones que respondan a las necesidades
modernas, y menos aún sin llevar a cabo una reforma radical en la economía que asegure la
riqueza y la prosperidad del país. La ramplonería gobernante se nutre de las ideas más viejas y
vive ajena en absoluto a preocupaciones de gran porte. Hundida en el siglo XIX, queriendo
repetir las hazañas marchitas del extranjero, recluye al pueblo en su expresión más inerme, sin
hostigarlo a que se discipline y penetre en las eficacias de esta época.
Por eso nos alegra la inestabilidad que advertimos. Ella permitirá que la Revolución continúe,
abriendo paso a las falanges más heroicas. España tiene que batirse, aceptar la prueba violenta
que vengue las cobardías de los años mediocres. La socialdemocracia burguesa es hoy el enemigo.
Mañana lo será el comunismo. De todo triunfaremos, destrozando lo que obstaculice la ascensión
de la Patria. Urge, pues, movilizar aquellos elementos generosos que en esta hora de crisis
estimen como superior y más alta la tarea de consagrarse a robustecer la expresión nacional que
la caza de libertades burguesas. Queremos que el título de español no signifique liberación
cobarde, sino servicio y disciplina, deber de lealtad y de fidelidad permanentes.
El coro repugnante de leguleyos babosea hoy las escalas del Poder e impedirá que surjan y
triunfen los temperamentos de guerra, los que enarbolen con ambas manos el afán magnífico de
hacer de España el pueblo más poderoso del mundo Esos leguleyos se opondrán a la Revolución
porque son cobardes y odian la rotundidad y la eficacia de las batallas. Son, pues, el enemigo,
el objetivo de la escaramuza preliminar.
Las milicias civiles -de disciplina militar, pero no militarista- que nosotros hemos comenzado
a formar serán movilizadas muy pronto y su consigna es vigilar la conducta de los traidores.
Sería vergonzoso que las horas revolucionarias no dispusieran de una organización que
garantizase en las jornadas más críticas la fidelidad al espíritu supremo de la Patria. Los
grupos provinciales ya constituidos, de acuerdo con las instrucciones que el Comité Central les
habrá transmitido por otro conducto, deben apresurar los ejercicios tácticos, perfeccionar las
marchas, robustecer la eficiencia de choque, pues todo cuanto ocurre aconseja apresurar la hora
de situar nuestras milicias en la calle.
La violencia, primera misión
La prosa de LA CONQUISTA DEL ESTADO puede indignar a los retóricos. Sólo nos interesa la
calidez y la eficacia. Las revoluciones se nutren de coraje, no de plañidos, y vence en ellas
quien moviliza mayor dosis de esfuerzo en las peleas. Nosotros ambicionamos ser la organización
política más revolucionaria que exista en España. Ante nada detendremos nuestro empuje ni la
severidad de nuestras consignas. Ello es posible porque defendemos un programa revolucionario
que concentra todas las aspiraciones del pueblo y nos moviliza un profundo afán idolátrico por
servir a España hasta la muerte.
Todos los peligros reptilean ante nosotros. Se conspira contra la unidad de la Patria. Se
rehuye la justicia social, amparando la estructura explotadora de la burguesía. Se entontece al
pueblo con licor de festejo y discursos de tópico barato. Se cortan las alas a la ambición
nacional, señalando como meta única la farsa estéril del Parlamento, la secularización de
cementerios y otras zarandajas.
La emoción revolucionaria es hoy el primer deber y tiene que invadir a cuantos se sientan
atraídos por un afán nacional y constructor. Cada hora histórica posee su secreto. La actual se
nutre de himno revolucionario y de clarines de guerra. Se multiplica el enemigo con los
disfraces más variados. Aquí separatistas, allí derrotistas, allá reaccionarios; en todas
partes arribistas y leguleyos.
Hay, pues, que legitimar todos los recursos y aprovechar las horas revolucionarias para
reclamar los procedimientos de violencia. Siempre es lícito llegar al atentado personal contra
los traidores. Y lo son aquellos que conspiran o permiten la disolución nacional. Los que
aprovechan las filas revolucionarias para propagar ideas extranjeras, destructores de la
vitalidad hispánica. Los que defienden el régimen económico de la burguesía capitalista, de
espaldas al interés del pueblo.
¿No es, pues, legítima la formación de falanges férreas que signifiquen en esta hora una
garantía de hispanidad?
Nosotros adoptamos, pues, los procedimientos de violencia. Queremos la acción directa del
pueblo, representada por cuadros civiles que posean una disciplina militar. Esa es para
nosotros la más firme garantía de que durante la revolución no peligrará el destino superior de
nuestro pueblo. Hay que oponerse a las propagandas extranjerizantes, que sojuzgan la libertad
del pueblo con ideas antinacionales y derrotistas.
Hay que presentar, pues, ante las energías jóvenes del pueblo el deber de enrolarse en nuestras
milicias. España se salvará si aparecen cien mil españoles jóvenes, disciplinados y armados,
cuyo propósito único consista en barrer del escenario nacional la voz de los farsantes y de los
traidores.
El primer deber es hoy, por tanto, un deber de guerra. Las plañideras pacifistas tienen que
retirarse y admirar el empuje de los héroes.
La vitalidad nacional
Saben los lectores que el grupo político que se ha formado en torno a LA CONQUISTA DEL ESTADO
sólo admite como afiliados a los españoles de veinte a cuarenta y cinco años. Otras edades son
consideradas por nosotros incapaces de comprender y servir los imperativos revolucionarios que
nos animan.
Hay que lanzar sobre España el culto de la fuerza y del vigor. Una política que se nutra de
juventudes tiene que ser eso. Como réplica a la España setentona, liberal y pacifista que se
desprendió cobardemente de los compromisos de honor.
Nada haremos como pueblo si los mejores, los más fuertes, no imponen a los demás la ruta
victoriosa. Se escapó por fortuna el melindre demoliberal, en el que hoy sólo creen media
docena de botarates. La política parlamentaria sirve tan sólo para seleccionar a los ineptos.
La hora actual de España reclama otro género de actuaciones. Cuando la Patria atraviesa un
período crítico, sin base ni sustentación definitiva, dedicarse a obtener libertades burguesas
es criminal.
Nosotros, la vitalidad joven de la Patria, impediremos que la Revolución beneficie
exclusivamente a los enemigos del pueblo. Los gritos de «Libertad, orden, etc., etc.» que dan
los españoles sin sangre, los residuos de los años muertos, deben ser anulados por los gritos
hispánicos que pregonen el derecho de España a forjarse una grandeza (con libertades o sin
ellas), a hacer la revolución económica que concluya con los desmanes burgueses.
El pueblo debe apedrear a los oradores farsantes que le hablan de la libertad. (De libertad
para morirse de hambre.) La libertad es burguesa, camaradas, y, por tanto, origen y fuente de
tiranías. Nuestro deber es engranarnos en un régimen hispánico que interprete e invoque el más
puro afán constructor.
Hay que centrarse en la época y dejar paso a los entusiasmos nacionalistas, que son hoy la
clave de las eficacias del pueblo. Estado republicano quiere decir, precisamente, eso:
espíritu nacional, fidelidad nacional, servicio a la República.
Pero los invaliosos y los traidores interceptan las rutas. Por ello requerimos el auxilio
armado. No debe escaparse la posibilidad que hoy se ofrece de que los españoles auténticos
conquisten el Poder e impulsen al pueblo a una tarea constructiva de gran radio.
(«La Conquista del Estado», n. 16, 27 - Junio - 1931)