En nuestro último número quedaron suficientemente aclarados y denunciados los propósitos
desmembradores. El Gobierno provisional derrotista sufre impávido el bombardeo de Maciá y se
despoja cobardemente de toda autoridad en Cataluña. A los tres días de proclamarse la República,
enterados de las extralimitaciones de Maciá, dijimos que frente al hecho revolucionario de
Cataluña estaba asimismo el hecho revolucionario de España entera. Nosotros preveíamos que
Maciá acentuaría a la postre el carácter revolucionario de su pobre gesta, y por eso pedíamos
una urgente intervención revolucionaria que no se detuviera ni ante los posibles cuadros de
fusilamiento.
Días pasados ha dicho, en efecto, Maciá que él se apoya en un hecho revolucionario. El Gobierno
derrotista de Madrid no ha sabido responder con honor a esa procacidad. Ahora bien: sabemos que
se acentúa la protesta del pueblo y que en toda España se prepara una ofensiva contra la
minoría traidora que hoy sojuzga tiránicamente a Cataluña. Nosotros nos declaramos al servicio
de esa ofensiva y procuraremos unificar los esfuerzos.
Pero hemos de salir al paso de una tendencia peligrosísima que con toda ingenuidad acepta un
buen número de españoles. Indignados por la perpetua perturbación catalanista, exclaman un:
«¡Que se vayan de una vez!» Esa pobre solución haría el juego rotundo a los traidores.
Constituiría el éxito radical de los quinientos separatistas que hoy imponen sus gritos a
Cataluña por la cobardía y la debilidad del Gobierno de Madrid. Nada de permitirse las fugas.
Un pueblo que permite la desmembración de su territorio y que otorga sin lucha patentes de
nacionalidad a los núcleos insumisos, es un pueblo degradado, hundido en la vileza histórica,
sin voluntad alguna de conservación. Eso de «¡Que se vayan de una vez!» es una blasfemia, en la
que incurren de buena fe un gran número de ingenuos.
El deber inflexible es otro. Cataluña no pertenece a un grupo de catalanes. Ni a la totalidad
de los catalanes siquiera. Pertenece sí a España, es España, y los catalanes tienen derechos en
Cataluña sólo en tanto son españoles. Conspirar contra España es conspirar contra sus derechos
en Cataluña, es despojarse de su cualidad de catalanes.
Ni por sorpresa, ni por despecho, ni por las armas, consentiremos jamás la separación de
Cataluña. ¿Conduce a eso una Revolución nacional, que debe tener como meta única la grandeza y
la prosperidad de la Patria? ¿Se hace una Revolución para destruir la eficacia del pueblo, que
es siempre eficacia de unidad? ¿Tolerará el coraje hispánico el suicidio de la Patria?
Es urgente iniciar la formación de núcleos combativos que se levanten a la primera voz de
alarma. Suplantar la debilidad del Gobierno con acción directa del pueblo, que tome a su cargo,
como otras veces en la Historia, la defensa última de su propio honor. Que se enlace con el
pueblo catalán sano, al que suponemos ajeno a la conjuración perturbadora de los perturbados.
(«La Conquista del Estado», n. 15, 20 - Junio - 1931)