Nuestra independencia es fiera. No se olvide que al nacer LA CONQUISTA DEL ESTADO como fuerza
política, el grito más firme fue el de no pactar jamás con los viejos traidores. Representamos
una generación nueva, de inquietud nacional y revolucionaria. Ni la más leve ayuda que proceda
del equívoco será aceptada por nosotros. Queremos el Poder para los jóvenes, pero sometiendo a
éstos a la prueba de la conquista brava y heroica del Poder. Hay tan sólo un hecho real en la
vida española de esta hora: la realidad de la Revolución. Nosotros seremos fieles a ella, y
nuestras armas serán exclusivamente armas revolucionarias.
De ahí nuestro afán por llevar a las masas el despertar de la eficacia nueva. No elecciones,
sino combates. Si el pueblo hispánico no adopta rápidamente un gesto durísimo contras las
oligarquías irresponsables y desenfrenadas que se han apoderado del Poder de la República,
nadie podrá evitar una ruta de catástrofes. Asistimos al desarrollo inmoral de las nuevas
pandillas políticas. Los partidos republicanos que hoy usufructúan el Poder son los
descendientes por línea directa de aquellos otros partidos nefastos de la Monarquía. Estos
grupos republicanos aparecen hoy al desnudo con todas sus lacras repugnantes de explotadores
del pueblo. Para salvar a España y salvar a la República es urgente iniciar una acción violenta
y audaz que expulse del Poder a la ancianidad fracasada. El pueblo debe enterarse de que se ha
realizado el advenimiento de legiones juveniles, de una educación política novísima, que poseen
el secreto de las dificultades económicas y sociales que hoy surgen.
Mientras la ineptitud de los viejos cucos republicanos engaña al pueblo con frases falsas y
opulentas, las juventudes a que nos referimos desprecian el tópico liberal burgués y sólo
presentan al pueblo como ejemplo de su novedad radicalísima el deber de equiparse con bravura
para el sacrificio de guerra.
Nosotros denunciamos ante el pueblo que los partidos históricos de la República son
supervivencias o residuos de otras épocas, e impiden con su cazurra ignorancia que España
avance y se dilate. Junto a ellos, los conversos recientitos quedan invalidados por la
inmoralidad misma de la conversión. He ahí el panorama exacto de los partidos gubernamentales
de la República. ¿Es que cree alguien que el pueblo hispánico puso en marcha la Revolución para
que asumiesen definitivamente el Poder esos residuos incapaces y turbios?
La Monarquía fue arrollada, y el problema actual es debelar con igual estruendo de justicia a
las oligarquías republicanas que la suplantaron. La conjunción republicano-socialista pretende
tapar la boca al pueblo con la insulsa promesa de una democracia parlamentaria. No nos importa
nada eso. Queremos para España un orden político que desencadene la era de las verdades
hispánicas. A base de justicia económica, de fervor y optimismo en los destinos gloriosos que
son posibles para nuestro pueblo. Quien le vuelva la espalda, quien crea que somos un apéndice
de Europa, discípulos perpetuos de Europa, debe ser condenado al ostracismo radical.
Hay junto a nosotros unos millares de españoles que barrerán con coraje a toda la mediocridad
ministerial. Los que se empeñan en que todo pare aquí y ahora, en medio del remanso burgués y
de la satisfacción liberaloide, se equivocan. No pararemos hasta que se logre en nuestra
Revolución la cúspide napoleónica que rodee de gloria triunfal a las aspiraciones del pueblo.
La farsa electoral
¿A quién se le encomienda hoy la tarea de estructurar la nueva Constitución? Debemos hablar
claro en este punto. A un pequeño número de españoles encaramados a los comités artificiosos de
los partidos. Nadie advierte la gravedad que esto significa. Las Cortes Constituyentes
pretenden el fraude de la Revolución. Impedir su desarrollo, deteniéndola en la etapa inestable
y anodina que hoy sufrimos. Esas Cortes, si constituyen algo, es un atropello a la fidelidad
revolucionaria. Se las convoca con urgencia, como recurso contra la movilización del pueblo.
Para nosotros, la ruta es clara. En todos los casos, unas Constituyentes son la etapa final de
la Revolución, cuando se plantea el problema de fijar y estabilizar las conquistas. Pero aquí
no se ha conquistado nada. Vivimos aún la misma vida cansina y mediocre a que nos tenía
condenados la Monarquía. ¿Cómo es esto posible? El pueblo debe sabotear las Constituyentes y
exigir la marcha del proceso revolucionario, que por lo menos tendrá la virtud de acabar con la
modorra secular de millones de hispanos.
No merece la pena iniciar una Revolución con el exclusivo objeto de obtener derechos
electorales. Esto se reduce a que medio millar de parlamentarios asuman la trascendental misión
de tomar el pelo a la soberanía popular. Pero se precisa algo más profundo que organizar una
exposición de las medianías nacionales. Lo auténtico es que se tiende a destruir la capacidad
revolucionaria de las masas. Suplantando su acometividad con la vieja retórica del morrión.
Pueblan las candidaturas nombres que significan la incompetencia nacional. Del mismo estilo y
vitalidad que los viejos fantasmones de la Monarquía. Nadie se extrañe. Son su réplica, sus
discípulos en ineptitud y marrullería. Igual que hace veinte años, la España joven y fuerte
tiene ante sí como enemigo a la ancianidad reaccionaria. Pero hoy existe la gran virtud de que
los tiempos no toleran la miopía de los fracasados. Pueblos que entregan los puestos directores
a los incapaces son pueblos que caminan a la deriva, en busca de escollos y catástrofes.
La audacia de los grupos que hoy pretenden reunir las Constituyentes supera todos los cálculos.
Grupos sin disciplina ni cohesión, que no han resistido sin protestas el reparto de mercedes
hecho por el Gobierno provisional de la República. Gentes sin educación política, fieles a los
intereses egoístas y cercanos que representan, sin resonancia popular ni visión alguna del
momento universal en que operan. La hora es, pues, confusa, y nuestro voto decidido se encamina
a obtener la suspensión de las Constituyentes. ¿Qué autoridad revolucionaria las convoca, y
para qué? Las pandillas gobernantes asfixiarán la opinión sana del pueblo, obligándole a votar
unas listas arbitrarias en cuya elaboración no intervienen los electores.
Es cosa de los partidos, se dirá. Pero, ¿quién habla hoy en serio aquí de partidos políticos?
¿Qué grandes rutas y propósitos aparecen vinculados a sus propagandas? ¿Qué masas y qué
entusiasmos movilizan? Todo es farsa y conjura contra el pueblo, que a la postre, se libertará
de esas oligarquías repugnantes con las tácticas vigorosas, de guerra, que nosotros le
ofrecemos.
La tiranía socialdemócrata
El conglomerado gobernante aspira a seguir la ruta mediocre de la socialdemocracia alemana. Con
el auxilio tiránico de dos o tres personajes que se creen hombres de energía porque den órdenes
terribles a la Guardia Civil. La cosa es cómica y denuncia la irreparable tontería de media
docena de ministros. Acontece, pues, que la situación socialdemócrata traiciona incluso su
papel de asegurar un poco dignamente las libertades del pueblo. Por lo menos en Alemania ha
cumplido ese papel con la relativa nobleza que puede ser exigida a la patrulla marxista
sietemesina, esto es, gubernamental con la burguesía. Pero aquí lo esperamos todo de estos
tiranuelos menos la seriedad suficiente para oír media docena de verdades. Y como los
comunistas parecen dispuestos a decir las suyas, y nosotros no nos hemos de resignar a callarnos
las nuestras, las verdades estarán en perpetuo orden del día.
Por ambos flancos estará batida la socialdemocracia, que dentro de dos meses almacenará todos
los ánimos inservibles e invaliosos de España. Pretenderá hundir a nuestro pueblo en
ramplonería pacifista, impedirá el desarrollo y potencialidad de ambiciones hispanas poderosas,
nos reducirá al campo estricto y acotado de la Marsellesa y entregará los mandos de gobierno a
los que proclamen en voz más alta el derecho y la libertad del pueblo a morirse de hambre.
La socialdemocracia es el último cartucho de la burguesía alfeñique y temblorosa, incapaz y
reaccionaria. Pero hay que impedir que sus errores nos condenen a todos a hundirnos en la sima
comunista. De ahí la urgencia de arrebatarle el Poder, instaurar un régimen de furia
nacionalista hispana y proceder a la reforma radical de la economía por procedimientos
dictatoriales y revolucionarios.
Todos los bríos que se movilicen serán pocos. El español vive oprimido y esclavizado a un
sistema económico rudimentario e injusto que condena al pueblo a un límite insostenible de
pobreza. Ese hecho influye en el tono general del país, adscrito a exiguas aspiraciones, sin
capacidad ni coraje para emprender tareas colectivas de gran radio.
¡Hispanos! ¡Guerra a la socialdemocracia!
(«La Conquista del Estado», n. 15, 20 - Junio - 1931)