He aquí nuestro grito: España, una e indivisible. Muchos republicanos españoles, tan amantes de
la ejemplaridad de la Revolución francesa, olvidan que un grito así salvó a Francia y salvó a
la Revolución. Hay que seccionar esa ola mediocre de localismos que hoy satura la atmósfera
hispana e instalar revolucionariamente el deber de todos. La vejez cobarde, que hoy es dueña de
los ministerios, asiste con apatía criminal a esa forja de decadencias que suponen las
propagandas separatistas.
El abandono de las funciones de unidad señala una disolución irreparable. No se concibe cómo un
pueblo, en el resurgir victorioso de una Revolución que triunfa, tolera fríamente los zarpazos
desmembradores. ¿No habrá un hombre de temple que intuya con genialidad la palpitación del
pueblo, hoy encadenada a la falacia de los traidores, y dé la orden de marcha contra los
enemigos de la Patria? Porque es preciso que todos se den cuenta de algo, y es que el día en
que la amenaza separatista abandone su actual escondrijo y se muestre ahí, ante el pueblo, éste
pedirá a cualquiera -entiéndase bien, a cualquiera- que dirija los combates. Aun a costa de una
tiranía.
La táctica de la minoría separatista de Cataluña que dirige Maciá es innoble y vergonzosa.
Consiste en desorientar al pueblo con declaraciones contradictorias. Con hipocresía pura. A
falta de valor y denuedo para sostener con las armas su loca pretensión, inician las
tortuosidades que le permitan el ejercicio de un poder coactivo sobre el pueblo. De este modo,
lo que hoy son sueños vanos de una minoría se convertirá, provocado por intereses y coacciones,
en la voz de la región entera.
Para impedirlo, es urgente desalojar de los puestos directores de Cataluña a los separatistas
emboscados y fusilar a Maciá por traidor. Toda la energía que se utilice es poca, si se tiene
en cuenta la gravedad de los hechos. Las horas revolucionarias se distinguen de otras por la
posible rapidez y eficacia en las intervenciones. Si se permite que adquieran robustez los
actuales equívocos, serán luego más difíciles y más sangrientas las jornadas.
Los Estatutos regionales
De los tres proyectos de Estatutos regionales que hoy se elaboran, tan sólo el de Galicia va a
ser, en cierto modo, discreto. El de Vasconia, de ingenuidad primitiva e intemperante. Y el de
Cataluña, rencoroso, audaz y provisto de todos los gérmenes desmembradores.
La tarea de disciplinar esos Estatutos y la de rechazarlos corresponde a las Cortes
Constituyentes. Pero no se olviden las amenazas de Maciá. El Gobierno provisional está en el
deber de tomar medidas para el caso probabilísimo de que las Cortes rechacen el Estatuto
separatista de los catalanes. Si no lo hace él, lo hará el pueblo, que se encargará de su
propia movilización, así como de batir las rebeldías.
Hay que impedir que la disolución de España se lleve a efecto con música de aplausos, obligando
a los disidentes a una actuación armada. A nosotros no nos importa la concesión de autonomías
administrativas, pues esto favorecería quizá la eficacia del Estado. Pero sí denunciamos que no
es eso ni nada que se relacione con eso lo que solicitan y quieren los separatistas. Existe
todo un programa de asalto a la grandeza hispánica, al que colaboran los inconscientes de más
acá del Ebro en nombre de la turbiedad democrática-burguesa que concede libertades y disuelve
pueblos. La política separatista se propone realizar sus fines en tres etapas. Una, la actual,
encaramándose a los puestos de influencia en Cataluña y desde ellos educar al pueblo en los
ideales traidores. Otra, intervenir en la gobernación de España, en el Poder central, con el
propósito firme y exclusivo de debilitar, desmoralizar y hundir la unidad de nuestro pueblo.
Por eso decíamos hace quince días, que no hay que prestar sólo atención a lo que los catalanes
pretendan y quieran para Cataluña, sino más aún a lo que pretendan y quieran para España. Su
segunda etapa consistirá, pues, en debilitar nuestro ejército, esclavizar nuestra economía,
enlazar a sus intereses las rutas internacionales, propulsar los nacionalismos de las regiones
haciéndoles desear más de lo que hoy desean, lograr, en fin, que un día su voluntad separatista
no encuentre en el pueblo hispánico, hundido e inerme, la más leve protesta.
La tercera etapa, cumplida en el momento oportuno, consistirá en la
separación radical.
Este plan lo hemos oído de labios de uno de los actuales mangoneadores de la Generalidad. Es
indigno y cobarde. Denota una impotencia ruin, pues si un pueblo desea y quiere la
independencia, la conquista por las armas. Pero es que no se trata del pueblo, del magnífico
pueblo catalán, sino de una minoría bulliciosa que sabe muy bien no le obedecería el pueblo en
su llamada guerrera. De ahí el plan, las tres etapas criminales que antes apuntamos.
España debe batir ese plan, que lleva consigo el propósito de reducir a cenizas la prosperidad
de nuestro pueblo. Y hay que batirlo con estrategia. La más elemental indica que conviene
acelerar ese proceso y plantear a Cataluña, en estos minutos de optimismo robusto para el
pueblo español, por haber destruido el feudalismo borbónico, el problema de su hispanidad.
Derrotar a mano armada sus pretensiones, obligarle a la lucha, provocar, en una palabra, la
fase final del plan. Elegir el día y hora de la batalla.
El estatuto que hoy se redacta no representará sino la opinión parcial de Cataluña. La de los
que ejercen allí y ahora el Poder coactivo. La legitimidad de esa asamblea o diputación
deliberante es muy problemática. Quedan fuera la Lliga, los radicales (pues Lerroux fue bien
expresivo al fijar en uno el número de sus amigos), la opinión socialista y el proletariado
numerosísimo de la C.N.T.
Ese estatuto debe ser estudiado aplicándole toda serie de reactivos químicos, pues en él irán
contenidas en germen las aspiraciones separatistas, y conviene, a ser posible, oponerse desde
un principio a la táctica enemiga.
Las traiciones, las inconsciencias y las cobardías de aquí
Desde luego, una vez conocida la impotencia de los núcleos separatistas, se comprende que
necesiten y busquen la complicidad inconsciente de toda España. Hasta qué punto está relajada
en algunos la idea nacional, hay ejemplos a diario. Así el discurso reciente de Ossorio
Gallardo -leguleyo nefasto a quien hay que impedir influya para nada en la República- en el
Centro de dependientes de Barcelona. Por las enormidades que dijo, calculamos los aplausos que
se llevaría ese voraz picapleitos, una de las figuras más inmorales de la política española,
por las razones que algún día diremos.
Es comprensible, aunque errónea, la actitud de los separatistas. Pero la de esa opinión difusa
que en el resto de España acoge con simpatía las aspiraciones desmembradoras constituye una
traición imperdonable. Es quizá uno de los más fuertes síntomas de que amenaza a nuestro pueblo
un tremendo peligro de decadencia. Las juventudes y los españoles sanos debemos iniciar con
toda rapidez la tarea de levantar y exigir a todos la fidelidad más pulcra a la España una e
indivisible.
Cataluña agradece esas traiciones y recoge de ellas el argumento máximo. Las contesta con falsa
cordialidad, ocultando sus afanes íntimos, y de este modo introduce en España la atmósfera
propicia que le «deje hacer» su plan. Véase cómo el cerebro elemental de ese poeta Gassol
denunció en un minuto sincero los propósitos finales. Dijo textualmente en Manresa que él «ni
era español ni quería serlo».
Lo que interesa sobre todo destacar es que los intereses separatistas de Cataluña se oponen a
los intereses hispánicos, y que, bajo ningún concepto, puede España tolerar la fuga. Los
separatistas catalanes sueñan con el Estado valenciano-catalano-balear y no se conformarán con
menos.
El máximo temor, insistimos, reside en que España se degrade hasta el extremo de apoyar y ver
con simpatía la conspiración minoritaria de los separatistas. Si esto ocurre es que España se
hunde sin remedio. Pero nosotros no creemos ni podemos creer nunca tal cosa. España se
levantará como un solo hombre contra el crimen histórico. Y garantizamos que habrá sangre de
sacrificio, la nuestra, y que los separatistas se verán obligados a luchar. Porque
interceptaremos su camino con fusiles.
¡Viva la España, una e indivisible!
(«La Conquista del Estado», n. 14, 13 - Junio - 1931)