En la hora española actual somos nosotros los únicos que destacamos con firmeza el que los
propósitos hispánicos de hoy deben y tienen que ser propósitos de imperio. La ramplonería
burguesa lo niega, recluyéndose en los recintos mínimos y egoístas que le son propios. Pero un
pueblo no puede orientar sus rutas en nombre de lo que convenga o no a un sector o grupo de
ciudadanos. Aunque sí, en cambio, deben hacerse posibles los afanes justísimos de todos.
Pero hay sobre todo el hecho indudable de que grandes núcleos hispánicos se inclinan hoy a una
estructura federal del Estado. A nosotros se nos considera injustamente como partidarios de un
rabioso unitarismo. No hay tal. Lo que sí nos preocupa es la captura de un contrapeso nacional
que impida la reclusión de las energías regionales en los pequeños orbes de su vida. Cuando
llega el momento de que la unidad hispana comparezca ante las miradas universales y se encargue
del timón europeo, será absurdo y criminal que se interpongan las aspiraciones de rango
localista, desarticulando la eficacia de nuestro pueblo.
Es, pues, sólo admisible y deseable un Estado federal en España, en tanto se acepte y admita
por todos la necesidad de incrementar los propósitos de imperio. Hay muchos espíritus débiles y
enclenques que creen que esto del imperio equivale a lanzar ejércitos por las fronteras. No
merece la pena detenerse a desmentir una tontería así. Por de pronto, el imperio sería la idea
común que adscribiese a los pueblos hispánicos un compromiso de unidad. Pues concedidas las
autonomías -aunque, claro es, de régimen administrativo tan sólo-, ¿se nos quiere decir qué
contrapeso unitario equilibraría la tendencia a polarizarse en torno a las capitalidades de las
regiones? ¿El que representan los intereses económicos comunes? Es insuficiente, porque las
corrientes esas fluctúan, y si hoy favorecen una cohesión, mañana pueden favorecer lo contrario.
Y no hay que hacer demasiadas llamadas a la Historia, sino llenar a nuestro pueblo de
compromisos actuales, fecundos, que tengan su raíz y su fuerza en el presente vivo.
El imperio nace con las diversidades nacionales que obedecen y siguen los fines superiores de
un Poder más alto. De aquí que la idea imperial sea la más eficaz garantía de respeto a la
peculiaridad de las comarcas.
Ahora bien: España no es un pueblo que viva en torno de su eje, ensimismada en su persona, sino
que requiere a la vez otro tipo de preocupaciones. Intervenciones decisivas de rango universal.
Debemos recobrar el derecho a que la voz hispánica se oiga en Europa y signifique en el mundo
una resonancia vigorosa y fuerte. Todo anda en fracaso por ahí, y España nace ahora con el
compromiso de aportar nuevas eficacias.
Fracasa en Europa una concepción de la política, una estructura económica; se baten en retirada
los viejos pueblos que tienen ante sí convulsiones ciegas, nacidas en los años que corren, y es
España, la reserva de nuestro gran pueblo, quien puede obtener de sí el gesto, el brío y los
valores triunfales que se precisan. Terminó ya la vergonzosa dependencia a que la vieja
generación condenaba al país, convirtiéndolo en colonia europea, en esclavo sumiso de las
culturas germanizantes y sajonas.
Para la realización de todos esos destinos que surgen, España tiene que ir en pos del imperio y
acostumbrar su mirada a futuros gigantescos Ahí están nuestros vecinos, los portugueses,
sometidos a una tiranía militarista que les deshonra, y, de otra parte, ante un peligro de
sovietización. España tiene la obligación de impedir que el noble pueblo portugués sufra ambas
traiciones, y debe conducir su política a que Portugal entre en el orden imperial hispánico,
ayudándole a desasirse de los poderes que le oprimen. De cualquier índole que sean.
Ahí está la América hispana. Pueblos firmes, vitalísimos, que son para España la manifestación
perpetua de su capacidad imperial. Nuestro papel en América no es, ni equivale, al de un pueblo
amigo, sino que estaremos siempre obligados a más. Nosotros somos ellos, y ellos serán siempre
nosotros.
La reaparición marxista
Sólo la depresión y la pereza que caracterizan a los últimos diez años aclaran esa aparente
victoria marxista que hoy se denuncia. Todos los señoritos de cerebro enclenque descubren ahora
la facilidad marxista y le entregan sus entusiasmos. El fenómeno es curioso, y confirma lo que
siempre presumimos desde nuestro primer contacto intelectual con Marx: Que su entraña,
ideología y afanes son específicamente burgueses. En efecto: se trata de una mediocre concepción
de la Historia que confiere una pedantesca primacía a dos o tres intuiciones elementales. Poco
importa, en realidad, esta o aquella idea de la Historia, y ello no habría traspasado el orbe
de las cátedras de Filosofía si no se hubiese tenido la habilidad de añadirle unas cuantas
consecuencias sociales de tipo revolucionario. Que ciertas masas obreras tragaron como un
anzuelo.
Hoy advierte el más miope que las filas socialistas contribuyen al estancamiento burgués, son
las más fieles guardadoras de las libertades políticas, esas libertades que a nadie benefician,
sino a los burgueses. Los núcleos más inteligentes y aptos de la burguesía iban comprendiendo
ya la necesidad de una movilización revolucionaria que liberase a nuestro tiempo de las
ineficacias del tuberculoso siglo XIX. En tal coyuntura, los partidos socialistas -burgueses
retrasados- reavivaron las gestas demoliberales, reconociendo como meta la anacrónica batalla
del viejo siglo. Hoy los socialistas son liberales de izquierda, no otra cosa, y han perdido en
absoluto la capacidad revolucionaria. Es la época en que el marxismo cautiva la atención de los
señoritos perezosos.
Marxistas y burgueses son hoy el enemigo para los que centramos nuestra actuación política y
social en estas dos únicas cosas: Prosperidad del pueblo, esto es, liberación económica del
pueblo, y grandeza nacional, esto es, expansión imperial de España.
La ponzoña marxista destruye los afanes hispánicos del pueblo, desvirtúa la peculiaridad popular
y ha traicionado las esperanzas sociales del proletariado. Los burgueses, de otra parte,
impiden una estructura justa de los valores económicos y no reconocen como imperativo de la
raza la tarea heroica y nobilísima de forjar una grandeza nacional. El egoísmo de los burgueses
y la traición de los marxistas son hoy los responsables de la crisis hispánica.
El marxismo es extranjero e introduce en las sagradas fidelidades hispánicas el morbo de la
deslealtad, de la traición y del error. Nuestro pueblo va a hacer hoy su Revolución, y debe
impedir que se filtren en los recintos superiores las impurezas extranjerizantes. Nosotros
somos nosotros, sangre de imperio y de fuerza. Para que las masas proletarias de España
consigan la liberación económica a que tienen justísimo derecho, no es imprescindible que
desprecien el espíritu de su país y se entreguen con vileza a los extraños. En este sentido,
nos parecen de una honradez y una fidelidad más respetables -salvando, claro es, las
radicalísimas diferencias que nos separan- las fuerzas de los Sindicatos únicos, que muestran
cierta simpática inquietud por destacar la peculiaridad hispánica.
El marxismo reaparece ahora en los señoritos. En forma de frivolidad y de vaga literatura.
Perturbando y desestimando las características grandiosas de nuestro pueblo. España debe
levantarse airada contra estos traidores que interceptan la realización de nuestras glorias.
Nos venden al extranjero, consumando la definitiva decadencia hispana, a base de rechazar,
desacreditar e impedir las posibilidades históricas que se nos ofrecen.
Después del triunfo de la Revolución rusa de octubre, el marxismo maneja unas eficacias
peligrosas. Ya no es sólo el vago extranjerismo de una cultura antinacional, sino que ahora,
con los soviets, es el influjo concreto de un pueblo que enarbola su triunfo para introducir en
los demás pueblos su peculiarísima originalidad revolucionaria. Todos los partidos comunistas
que hoy existen en Europa están constituidos por minorías de descastados, infieles a la
conciencia popular de su país, satélites del mundo ruso que les sugestiona y arrebata. Se
impone, pues, en España, la tarea de organizar un actualísimo frente antimarxista que garantice
y logre en las horas difíciles por que atravesamos la absoluta y rigurosa fidelidad nacional.
Ese frente no puede estar informado por un espíritu burgués. La burguesía no dispone hoy de
vitalidad suficiente para impulsar la nueva era que se abre ante nosotros. Es de suponer que
los hijos de los burgueses, llegados a la responsabilidad política con un repertorio de ideas y
de actitudes muy diferente al de sus padres, restauren el auténtico espíritu creador que
necesitamos. Pero es imprescindible también la colaboración proletaria. La lucha de clases es
suicida y perturbadora. Y, claro es, que no puede desaparecer a cambio del predominio burgués.
Hay que incorporar al proletariado a las supremas tareas nacionales y llevar su representación
y su criterio a los puestos más altos.
Un pueblo no puede nunca poner en litigio su personalidad y su cultura. Tal cosa equivaldría a
una aspiración a ser esclavizado. Los comunistas quieren hoy que adoptemos el patrón
bolchevique y que nuestro pueblo reconozca como cosa propia las creaciones, las metas y las
fórmulas -todo ello, sin duda, muy magnífico- que el pueblo ruso creyó algún día conveniente
para sí. Hemos, pues, de leer los mismos libros, destruir las mismas cosas y entonar las mismas
canciones que ellos. No ponemos en duda que el pueblo ruso se haya salvado gracias a su
Revolución de octubre. Lo que sí impediremos, con nuestras propias vidas, si es necesario, es
la pretensión traidora y vil de destruir la potencialidad hispánica, de reducirla a cenizas
injertándola en Moscú. De ahí nuestro pasquín diario de que los comunistas deben ser
considerados como traidores a la Patria.
Ahora bien: la otra vena marxista, la evolutiva y cobarde del socialismo, hace y pretende las
mismas cosas en nombre de un internacionalismo bobo. Pero es menos peligrosa su actividad,
porque, como antes dijimos, carecen de vigor y de fuerza revolucionaria.
La acción en Cataluña
Desde que llegó la República estamos empeñados en el compromiso firme de luchar contra la
Cataluña de Maciá. No, pues, contra Cataluña. El señor Maciá convocó su Asamblea, que elaborará
y traerá a Madrid un Estatuto. Podemos estar tranquilos. Esa Asamblea no representa a Cataluña
y carece del mínimo de autoridad que se precisa para impetrar la aprobación de las soberanas
Cortes constituyentes. Al ponernos frente a Maciá, lo hemos hecho por doble motivo. Uno es que
su historia y sus propósitos denuncian en él con toda claridad el vivísimo deseo de originar la
desmembración de la Patria. Siempre ha sido un conspirador vulgar contra España, al que antes
de ahora debió castigarse de modo ejemplar. Pero otro motivo de que disponemos es que Maciá y
su núcleo representan el sector más invalioso y absurdo de Cataluña. Poetas melenudos, gente
anacrónica, sin idea ni sentido de las vigencias de nuestro tiempo. Desde hace diez años podía
advertirse en Cataluña la inquietud de una generación nueva, nacida, sí, en contacto con
aspiraciones de tipo regional, pero a la vez formada en una disciplina de responsabilidad y de
eficacia más altas.
Maciá, que es un pobre anciano soñador, no pudo interesar nunca a esas juventudes valiosas, y
hoy se rodea de los elementos más ingenuos e impreparados de Cataluña, los que gritan y dirigen
miradas a la luna decimonónica. Nosotros nos entenderemos con los grupos y personas de Cataluña
que se sitúen en nuestro siglo y vean el mundo en sus dimensiones exactas, sin alterar las
perspectivas. Invitamos a estos núcleos de posibles dialogadores a que decidan una acción en
Cataluña que les evite -y nos evite- las molestias que supondrá para todos el hecho de que no
podamos entendernos.
Maciá es el obstáculo. Y con él, claro, los catalanes cucos que van y vienen. Esperamos que
surjan en Cataluña gentes robustas que sepan liberarse de ellos. Aquí se les ayudaría,
otorgándoles la confianza hispánica y la seguridad de que su problema había de resolverse bien.
Necesita para ello el resto de España la garantía de que Cataluña, en vez de seguir rutas
fracasadas y orientaciones viejas, busca, como nosotros, el pulso de este siglo.
(«La Conquista del Estado», n. 12, 30 - Mayo - 1931)