ivimos horas revolucionarias. El pueblo se entrena para las nuevas jornadas, y muy pronto
preferirá debatir el problema de España en la calle, armas al brazo, en vez de emitir votos en
las urnas. Desde nuestro primer número hemos mostrado una decidida intervención revolucionaria,
creyendo que lo único y primero que hoy corresponde hacer al pueblo español es una verdadera y
auténtica Revolución. Nada de sufragios ni de asambleas electorales, sino todos ahí, movilizados
en un esfuerzo supremo, para salvar y garantizar la victoria revolucionaria. Dijimos ya una vez
que un pueblo es más sincero cuando pelea que cuando vota. No hay minuto más sincero que aquel
en que un hombre pone su vida al servicio de un afán grandioso. Las revoluciones son sólo
fecundas cuando el pueblo las elabora y hace hasta el fin. En otro caso, desmoralizan el
entusiasmo optimista del pueblo, dándole conciencia de su inutilidad histórica.<7p>
Una revolución no es nunca lo que se proponen la media docena de dirigentes. Las máximas
lealtades al espíritu del pueblo resultan siempre a la postre triunfadoras, y todo cuanto
resulte y salga de la Revolución posee el mayor grado de legitimidad apetecible, es la esencia
misma del pueblo sin falseamientos ni trucos. Lo de menos es en nombre de qué se hace la
Revolución y qué elementos directores la impulsan. Todo es mero pretexto que no influirá
absolutamente nada en los resultados finales. Aquí en España se puso en marcha la Revolución
para instaurar una República. Muy pocos ingenuos habrá que estimen el que ésta pueda ella sola
constituir un objetivo revolucionario en el siglo XX. Debe, pues, seguir adelante la Revolución
hasta que se descubran y triunfen los nuevos mitos políticos y sociales que el pueblo español
requiere y necesita para desenvolver su futuro. La Monarquía, por otra parte, perdió toda
vigencia, y hay que combatir como contrarrevolucionarias las tentativas que hoy se efectúen en
favor suyo. Si la República no es en el siglo XX un objetivo, la Monarquía lo es aún menos.
Esto queremos decirlo con toda claridad, para detener la ola de calumnias que se forjan en
torno a la significación de nuestra fuerza política.
Todo debe ponerse hoy al servicio de la Revolución. Pues téngase en cuenta que ésta será lo que
el pueblo revolucionario quiera que sea. Hay, pues, que nutrir de revolucionarios nuestras
filas y lanzarse violentamente a la conquista del Poder. Poco a poco se va formando en España
conciencia combativa, espíritu guerrero, de asalto, y es de presumir que disminuyan esas
multitudes vergonzosamente inertes, ajenas a la hora hispánica, que contemplan desde los
balcones las peleas y salen luego a la calle como espectadores curiosos de la tragedia. Hay que
hacer campaña revolucionaria, hacer popular la Revolución. Sacarla del artificio de los grupos
de pistoleros profesionales y de los provocadores a sueldo, del albiñanismo inmundo. Darle una
ruta sistemática y alimentar constantemente su odio y su energía. Crear una doctrina
revolucionaria y enarbolar como bandera una revisión total de los principios políticos y
sociales que hasta aquí han condenado a infecundidad a nuestro pueblo.
¿Quiénes se oponen a la Revolución?
En primer lugar, el Gobierno liberal de la República. En segundo, las organizaciones
socialistas moribundas. En tercero, los nuevos burócratas, los burgueses medrosos y las mujeres.
Frente a todos ellos hay que afirmar la Revolución. Comprometen el destino hispánico,
asignándole una ruta pequeñita, a base de la concesión de libertades y de discursos
parlamentarios. Nada ha conseguido aún en España la Revolución, y por tanto, ésta no debe
detenerse ni un minuto a contemplar victorias falsas. Conseguir libertades políticas era quizá
el sueño de nuestros abuelos, pero hoy lo calificamos de bobería reaccionaria, liberal y
burguesa. La España joven que hará la Revolución no exigirá del Estado libertad, sino que se la
enrole en una tarea colectiva, genial y grandiosa, que garantice la eficacia histórica de
nuestro pueblo. Sólo los burgueses traidores, que se recluyen en sí mismos egoístamente, que se
aíslan de los destinos del pueblo y del Estado, se dedican y pueden dedicarse a la caza de
libertades. La Revolución debe brincar por cima de esos afanes bobos y despreciar esa índole de
clamores.
De la Revolución tiene que salir nuestro pueblo rebautizado de nuevo, mostrando características
desconocidas hasta ahora, con otro vocabulario y otras apetencias. De modo que no lo reconozcan
las momias liberales burguesas que circulan por ahí, los leguleyos de la farsa y todo el
tinglado imbécil de la politiquería parlamentaria.
España se salvará en la Revolución, edificando su grandeza. Sólo por vía revolucionaria pueden
imponerse las reformas sociales que se precisan. Incorporar a la vida del Estado la totalidad
del vigor hispánico. Implantar una disciplina colectiva, con poderes del pueblo, que destruya el
cáncer de la disidencia y forje una eficacia. Sólo por vía revolucionaria puede condenarse al
silencio la voz opaca de la España vieja y retirar de la influencia pública las personas y los
intereses de la reacción demoliberal.
Hay que arrollar a todos los que oponen dificultades a la Revolución. Acusándolos como
cómplices de una traición nacional, puesto que la Revolución elabora y busca la senda de nuestra
grandeza. España tiene hoy sobre sí la tarea de crear un orden nuevo de aspiraciones sociales y
políticas, que frente al orden caduco de Europa nos entregue la posibilidad de que atrapemos
finalidades de imperio. España es hoy la reserva de Occidente, y necesita un equipo de instituciones
públicas suficientemente enérgicas y eficaces para dar cara a esa nueva y gigantesca
responsabilidad.
Hace tiempo que clamamos por una ambición nacional, de radio amplísimo, que requiera y necesite
para su triunfo las energías españolas todas. Sólo una Revolución que vuelva del revés los
afanes diarios del español puede abrir paso a aspiraciones así, y derivar el impulso actual del
pueblo a un orden radicalísimo y fecundo. Limpiando las rutas de residuos alfonsinos, de
legionarios analfabetos, de señoritos de la izquierda, de la derecha y del centro.
¡Comunismo, no!
Nosotros queremos, naturalmente, una Revolución hispánica. Hecha por el pueblo español,
obedeciendo sus propios imperativos. Sin que se cruce la falsificación comunista. Sin que se
enturbie la energía popular con hechicería extranjerizante. El comunismo es hoy bolchevismo,
fenómeno especifico de Rusia, al que sólo un grupo de descastados y miopes puede encomendarle
la solución de nuestro pleito. Bien está aprovechar las experiencias europeas, pero deténgase
ante el gesto de un pueblo que se dispone a obtener de sí mismo la originalidad revolucionaria
que necesita.
El comunismo es una solución muy problemática a la crisis económica del presente. A lo más,
consigue un capitalismo de Estado, meta valiosa, desde luego, pero a la que llegaremos nosotros
sin anegar nuestra personalidad en las brumas comunistas. Encomendar la creación de una cultura
y del futuro de un pueblo a un régimen económico es una monstruosidad incalculable, y sólo la
ceguera absoluta para los valores supremos del hombre explica el triunfo radical del comunismo.
Ahora bien: la doctrina comunista es de tan particular carácter, que resulta imposible
desalojarla de los cerebros atacados, al menos por vía suasoria. Carlos Marx era un filósofo
magnífico, y encerró su sistema económico en unas categorías mentales tan prietas, que los
cerebros sencillos las admiten como dogmas. Es, desde luego, de una comodidad angelical
levantarse una buena mañana, leer un par de libros luminosos y encontrarse sin más en posesión
de la verdad social y política del Universo. Por esto que decimos, el comunismo se nutre de
fanáticos, especie peligrosa a que hay que hacer frente con el vigor más enérgico.
Pero en modo alguno debe detenerse la Revolución por miedo al comunismo. Hay tan sólo que
preocuparse de que la Revolución consiga recoger las ansias nacionales más hondas, hace siglos
despreciadas por las oligarquías mediocres que han desarticulado y desvirtuado la ruta histórica
de nuestro pueblo. Las filas revolucionarias nuestras tienen que comprometerse a combates
decisivos y ofrecer a los hispanos corajudos la garantía de que son las más revolucionarias,
las que disponen de más clara idea sobre los objetivos que se persiguen, las que reúnen la
joven energía española, dispuesta a desalojar los caminos gloriosos de toda esa tropa de
señoritos holgazanes y frívolos que los convierten en paseo bobo de sombras.
La Revolución española que hoy se efectúe tiene que esgrimir antes que nada el derecho de los
jóvenes a apoderarse del timón y de los mandos. Los españoles que han rebasado los cuarenta y
cinco años son todos sospechosos de pacto con las ideas y los intereses responsables de la
hecatombe de que ahora salimos. Además, no sirven para la Revolución, que precisa mocedades
bravas y entusiasmos valerosos. El gran Larra, como clavado con un alfiler en el siglo XIX, en
el siglo tuberculoso y alfeñique, ya soñó para España «hombres nuevos para cosas nuevas; en
tiempos turbulentos -decía-, hombres fuertes, sobre todo, en quienes no esté cansada la vida,
en quienes haya todavía ilusiones, hombres que se paguen de gloria, en quienes arda una noble
ambición y arrojo constante contra el peligro». Pódense estas frases de alguna impedimenta
romántica y se advertirá, pulcra y rotunda, la necesidad española de hoy, la más urgente:
suplantar a la vejez fracasada.
Algunos jóvenes cansinos, vagos y medrosos, son quizá comunistas. Bien por diletantismo
político, bien porque el ser comunista es lo más fácil del mundo; todo se lo dan hecho: sistema
económico, ideas sobre esto, aquello y lo de más allá, con formulitas de validez universal para
todos los tiempos y pueblos.
Nosotros impediremos con las armas que la Revolución española se hunda en el pozo negro
comunista, que hundiría la firmeza revolucionaria, antieuropea, de nuestro pueblo.
La quema de conventos
En nuestro programa revolucionario hay la subordinación absoluta de todos los poderes al Poder
del Estado. ¡Nada sobre el Estado! Por tanto, ni la Iglesia, por muy católica y romana que sea.
Ahora bien; el orbe humano en que se mueven las preocupaciones de tipo religioso las creemos en
un todo ajenas al orbe político, y nada nos importan, una vez asegurada aquella supremacía. La
tea incendiaria denuncia unos objetivos un poco anacrónicos, enderezándose a inquietudes de
tipo burgués, como esa de herir el corazón mismo de la frailería. De todas formas, no seremos
nosotros los que neguemos cierta eficacia rotunda a las llamas purificadoras. Pero no se trata
de esto. Se trata de hacer una Revolución que desde arriba abajo acentúe la grandeza de nuestro
país. Para ello no sirve el concurso de las turbas que incendian conventos. Hay que convencerse
de que una Revolución violenta y heroica no es tarea precisamente de los niveles sociales más
bajos.
Saciar el entusiasmo revolucionario quemando conventos es el más claro indicio de la limitación
revolucionaria de las turbas. No hay que despistar al pueblo escamoteando los objetivos
revolucionarios más directos. El problema hondo es el problema económico, el del hambre
campesina y el del paro fabril, que piden una urgente intervención revolucionaria. A la vez, el
gran problema de dotar a España de futuro grandioso, creando revolucionariamente un anhelo
imperial, al que debe lanzarse nuestro pueblo con todos los fervores.
Frente a la concepción demoliberal, que quiere y no quiere, que tiembla y retrocede ante las
angustias históricas, nosotros queremos una Revolución que obligue a España a efectuar la gran
marcha que le corresponde. España tiene hoy ante sí la posibilidad del imperio, y hay que
impedir por todos los medios que esa genial coyuntura se malogre.
(«La Conquista del Estado», n. 10, 16 - Mayo - 1931)