Hace próximamente un mes pronunció Largo Caballero un discurso en una fiesta de los impresores.
Dijo en él una frase que constituye todo el secreto de su actividad revolucionaria. Hay que
fijarse bien en ella y calibrarla con exactitud, porque su aceptación en el posible frente
único rojo supondría un formidable peligro. Largo Caballero, en su calidad de líder, es decir,
de jefe a quien corresponde la orientación estratégica de la revolución, declaró que «era
preciso conseguir y conquistar primero el Poder político para luego hacer con él y desde él la
revolución social».
Entra así la estrategia socialista en el plano de las metas reales y abandona el tópico
catastrófico, ingenuísimo, del «estallido de la revolución social», cuya ilusión ha sido el
norte tradicional de los militantes rojos de todas clases: socialistas, comunistas y
anarquistas.
Pasó quizá desapercibido ese clarísimo viraje estratégico expuesto por Largo Caballero en su
discurso. La prensa obrera de otras tendencias no se fijó o no quiso fijarse en esa tan
decisiva declaración del jefe socialista. Sólo en el periódico clandestino que edita la C.N.T.
en este período de la ilegalidad, apareció un comentario, naturalmente adverso. Es lógico que
los anarquistas se escandalicen, porque para ellos no tiene sentido ni importancia eso de
«conquistar el Poder político». Les interesa la revolución social; y a ser posible, la suya, la
revolución anarquista, precisamente la que ahogaría e impediría Largo Caballero en esa su
primera etapa de «Poder político».
Como se ve, Largo Caballero busca dos eficacias diversas con la estrategia revolucionaria que
denunciamos. Una, moverse en un terreno posible, sin concesiones a utópicas y catastróficas
jornadas; otra, controlar la revolución social posterior, impidiendo el predominio de las
tendencias rivales, ya que hecha desde el Poder, con férrea mano, esa revolución social se iría
haciendo por decretos.
Pero eso es la estrategia fascista. En eso justamente consisten las etapas en que se
desenvuelve la revolución fascista. Pues un proceder revolucionario así garantiza la continuidad,
es decir, no rompe catastróficamente con el inmediato pasado social del país, sino que de un modo
paulatino, real, efectúa la transformación económica.
Repetimos que Largo Caballero sigue, pues, una estrategia fascista, que por sí, es decir, como
una forma abstracta de realización revolucionaria, es la más adecuada a estos tiempos.
Está, pues, bien justificada la última consigna de las JONS, que pide a los grupos antimarxistas
que sitúen su lucha en un plano de rivalidad revolucionaria. Será o no recogida, quizá no,
porque hay zonas políticas en España, precisamente las que se creen más fascistizadas, que
comprenden con dificultad los aspectos más claros y palpitantes del fascismo.
Pero nosotros la recogeremos. Y aunque sea rechazado nuestro criterio, nos quedará por lo menos
la tranquilidad de sabernos los únicos que meses antes de la revolución socialista manejaron
las únicas ideas, tácticas y consignas que podían oponérsele con éxito.
El triunfo de la tendencia representada por Largo Caballero en el seno de la Unión General de
Trabajadores pone esta Central Sindical al servicio de un «reformismo revolucionario» que puede
proporcionar a España el triste remate de consolidarse por algún tiempo en ella un régimen a
extramuros de su propio ser histórico. Y es que los pueblos reclaman y piden consignas decisivas.
Si frente a la política marxista no hay una fortísima decisión «nacional» de salvarse con
heroísmo y talento, si sólo hay endebles reacciones defensivas, con el marco egoísta de todas
las defensivas, nos tememos que tenga España que presentar su dimisión como pueblo histórico,
independiente, grande y libre. (¡¡¡Jamás, camaradas!!!)
(«JONS», n. 8, Enero - 1934)