Por mucho que eleven los partidos su puntería en las propagandas electorales, se les escapará
íntegro el drama actual de España. Muchos creemos que el carácter y la magnitud de este drama
van a exigir de los españoles algún mayor y más intenso servicio que el depositar una papeleta
en las urnas. Las movilizaciones electorales pueden, sí, alcanzar cierta eficacia para
discriminar y resolver cosas menores que aludan a problemas cuotidianos y fáciles. Sólo si
aparecen polarizadas con vigor dos rutas, y a título excepcional, puede conseguirse
solventarlas electoralmente. Perciben entonces las masas de un modo sencillo la significación
esencial, histórica, de ambas rutas. Pero hoy, en España, no hay planteadas cuestiones
sencillas, sino muy complejas, y no puede resolverlas cualquiera, sino algunos; no los más, por
el hecho de serlo, sino los menos, de un modo disciplinado, heroico y casi genial.
Nadie piense en reconstituir la unidad española con votaciones espléndidas y nutridas.
El esfuerzo de voluntad y coraje que se precisan no lo sembrarán nunca en las gentes las
propagandas electorales. El problema de la unidad nacional se enlaza con otras urgencias
españolas, y todas ellas convergen en la obligatoriedad de plantearse el problema esencial del
Estado, es decir, el de su derrocación y conquista. Por donde quiera que en España se aborde
alguna de las enormes dificultades hoy existentes, se tropieza uno con esa necesidad
revolucionaria, con ese tipo de intervención apremiante e imperiosa.
Pues en una época como la actual, en que es imposible a pueblo alguno regular y disciplinar su
marcha si no dispone de un Estado eficaz, creador y fecundo, aquí en España el Estado parece
construido para alimentar y vigorizar las secesiones. He aquí su carácter más grave,
perturbador y doloroso. Es un Estado con capacidad de destrucción y aniquilamiento.
Ahí está, pues, la unidad española, inasible como consigna electoral de cualquier candidatura.
Mostrarse hoy en España partidario de la unidad nacional equivale a mostrarse disconforme con
el Estado, es decir, es una calidad revolucionaria. Y muy pocas veces acontece que el hacer la
revolución sea una consigna electoral. La excepción universal y única todos la tenemos en
España, bien y cercana. Fue la revolución electoral de abril, fenómeno que sólo podrá
explicarse en la Historia como una revolución excesivamente madura, no realizada a su tiempo
por la notoria cobardía de sus intérpretes.
La unidad española la defienden sólo algunos partidos, y ello con timideces y vacilaciones.
Pues como hemos dicho antes, es una aspiración que sólo cabe y es posible en partidos
revolucionarios. Los separatismos tienen su mejor guarida en la vigencia constitucional, y
además, según bien reciente manifestación uniformada en Cataluña, se preparan con vistas a
defensas más duras y eficaces.
El español que se acongoje en presencia de los separatismos traidores pasará en balde sus ojos
por las candidaturas que se le ofrezcan estos días. Si quiere incorporar un esfuerzo, unirse
con calor a una eficacia, tendrá que apartar su atención de las colas de votantes. La ofensiva
armada contra los separatismos va a ser la primera gran prueba a que los españoles tienen que
someter su capacidad para sostener sobre los hombros una Patria. Pues si en España triunfan y
son posibles los separatismos, es que ha dejado de existir, de muerte natural y vergonzosa, sin
catástrofes, sin lucha, justificación ni sepultura, con el cadáver al aire, para que lo
escarnezcan los canes europeos, forjadores de nuestro deshonor y nuestra ruina.
Sostenemos, pues, que la unidad española no puede ser litigada ni discutida en los comicios. Ya
lo entienden así los partidos y desde luego no se atreverá ninguno a ofrecerla a cambio de
votos. Hay, en cambio, muy extendida por ahí una consigna electoral, el antimarxismo, sobre la
que urge mucho aclarar sus calidades.
El marxismo es, en efecto, batido con eficacia y entusiasmo en todas partes. Pero aquí se
pretende hacerlo al revés, ignorando lo que el marxismo significa, cuáles son sus defensas más
firmes, dónde aparece encastillado y acampado. Las filas marxistas se nutren de masas azuzadas
en su gran mayoría por el afán de arrebatar y conquistar cosas que otros tienen. Son masas en
cierto modo insatisfechas, incómodas, que los dirigentes rojos, polarizan hacia la destrucción
y la negación nacional. Quieren salvarse ellas mismas como sea, sin emociones ni complejidades
que vayan más allá de sus afanes inmediatos. El antimarxismo electoral que anda por ahí no
resuelve el problema de esas masas, y cuando más, su victoria será rápida, aprovechando alguna
depresión de las mismas, pero es evidente que aparecerán de nuevo y se reharán de un modo
facilísimo.
El marxismo queda aniquilado desvinculando sus organizaciones de esas masas insatisfechas a que
nos referimos. Para ello se requiere ganarlas para la emoción nacional de España,
demostrándole, violentamente si es preciso, que su insatisfacción, su infelicidad y su peligro
terminarán cuando desaparezcan la insatisfacción, la infelicidad y el peligro de España. Esto
que decimos lo entienden, por ejemplo, bien en Italia y Alemania, donde el fascismo y el
nacionalsocialismo lograron ese tipo de victoria social a que nos estamos refiriendo. Sin ella,
el marxismo es inaniquilable o invencible, por más candidaturas y frentes electorales que se
formen.
Repitámoslo de un modo tajante y sencillo: la lucha contra el marxismo no puede ser consigna
electoral eficaz. Claro que en España tenemos las zonas extensas de la CNT, que no son
marxistas, pero a los que sabemos algo de luchas sociales nos resulta imposible asentar sobre
ellas ningún optimismo, si no es el de que su carencia de organización robusta haría menos
difícil su conquista por nosotros.
Las JONS entienden así su antimarxismo y condenan los procedimientos blandos de los que, sin
apoyo ni emoción nacional, luchan contra el marxismo dándole y proporcionándole en rigor nuevas
y más firmes posiciones. Sólo desde nuestro campo, sólo desde nuestro sindicalismo nacional, es
posible batir y destruir las líneas marxistas, arrebatándole dirigentes revolucionarios y
uniendo el destino de los trabajadores al destino firme, real y grandioso de la Patria.
La revisión constitucional, que es meta y público deseo de las derechas, es lo que nosotros
denominamos la revolución parlamentaria. Tampoco parece muy posible y hacedera. Pues no están
aún destruidas y desmanteladas las columnas emocionales que plantó y edificó la revolución de
abril. Parece imposible que retrocedan mansamente, en presencia de la palidez y frialdad de las
papeletas electorales. Será más lógica una resistencia ante enemigo tan tenue, y por eso,
mientras más densa y arrolladora aparezca la ola electoral contra la vigencia de la
Constitución, con más premura, rapidez y urgencia se impone abandonar la táctica de la
revolución parlamentaria.
Hay entre las consignas electorales una de radio amplísimo. Es la que se refiere a los campos
españoles, a su victoria y a su temple. El agrarismo. Hace ya meses que impresiona a España esa
presencia y esa bandera agrarias. Pues todos perciben en los españoles de los campos la posible
levadura intrépida que necesita la Patria. El hombre del campo incorpora siempre a sus tareas
valores espirituales, entre los que despunta con pureza una magnífica fidelidad al ser de
España, al ser de la Patria, que ellos mejor que nadie, en directa relación con la tierra,
exaltan y comprenden.
El fracaso o la desviación del movimiento agrario constituiría una catástrofe en esta hora de
España. No hay que hacerse muchas ilusiones sobre lo que hoy es, pues el noventa por ciento de
sus dirigentes y la ruta por la que éstos lo orientan carecen en absoluto de posibilidades.
Todos los caciques mediocres, inmorales y decrépitos de los viejos tiempos aparecen ahí, en
fila agraria, y contra ellos hay que conseguir arrebatarles la dirección y la tendencia de la
lucha. Esos caciques son los que desarrollan la táctica electoral, aferrándose a ella de un
modo exclusivo. Pero la misión de los campos es dar también a España otro linaje de servicios,
proporcionarle defensores corajudos y violentos.
No hay ni habrá nuevo Estado, instituciones grandiosas y firmes en España mientras no dejemos
esa cuestión teórica que es saber al dedillo cómo va a ser el Estado hasta después de los
«hechos» triunfales. Después de jornadas un poco ciegas si se quiere, en las que nadie vea
claro si no una cosa, el arrojo y el sacrificio de sus actores, es cuando se plantea y puede
plantearse la necesidad «teórica» de salir de los atolladeros, de las dificultades a que la
acción, la acción pura, nos lleve. Esa es la posición de las JONS ante las elecciones. No
creemos en ellas y menos en su eficacia. Y hay en ellas el peligro de la adormidera nacional
del hacerse a una mediocre y no del todo incómoda tranquilidad, con las cabezas sin romper, sí,
pero sin Patria, sin tierra noble, sin libertad y sin justicia. ¡Nunca nos resignaremos!
(«JONS», n. 5, 1933)