Está ya un poco dentro de la tradición española el partido tradicionalista mismo. Las JONS han
declarado siempre que recogen de él su temperatura combativa, su fidelidad a los nortes más
gloriosos de nuestra Historia y su sentido insurreccional, como un deber del español en las
horas difíciles y negras. Será en todo caso lamentable que sólo un partido así, con las
limitaciones a que le obligaba su carácter de estar adscrito a una persona o rama dinástica,
haya sido a lo largo de todo un siglo de vida española el único para quien las voces
nacionales, el clamor histórico de España y nuestro gran pleito con las culturas, pueblos y
naciones extranjeras y enemigas, constituía la realidad más honda.
No tiene la culpa, claro es, el partido tradicionalista de que haya sido sólo él quien se
mostraba sensible ante los valores españoles en peligro, tocando a rebato tenaz y heroicamente,
en presencia de los atropellos y desviaciones traidoras que se consumaban. El ha sido testigo
de cómo surgía, se extendía y triunfaba en el país un sistema intelectual para quien España era
un pobre pueblo, sin grandeza ni cultura genuina, al que había que llevar a la escuela de
Europa para que aprendiese el abecedario. El destacaba por ahí unos cuantos hombres de mérito
que tenían poco menos que esconderse para decir de un modo recatado y silencioso, en las
cátedras, o de un modo lírico y de fugacísima eficacia, en los mítines de plaza de toros, que,
por el contrario, España era un pueblo genial, creador de valores universales y ejecutor de
hechos históricos resonantes y decisivos para el mundo. El veía, por último, la ineficacia
radical en torno, admirado y señalado como un residuo pintoresco de la cazurra fidelidad a
cosas y mitos absurdos e irreales.
Pero han llegado para España días pavorosos, en que su mismo ser nacional está a la intemperie,
batido por intereses, ideales y fuerzas que todos sabemos al servicio de un plan de
aniquilamiento y destrucción de España.
Es en ese momento crítico cuando muchos nos hemos dado cuenta de que hay que formar en torno a
la idea nacional española, sacrificándolo todo a su vigor y predominio victorioso. Esa es la
palabra decisiva de nuestros cuadros y la consigna fundamental que corresponde defender y
cumplir a los haces «jonsistas».
Pero tarea semejante requiere hacerse cargo de un modo total de los problemas y dificultades
todas que hoy asaltan el vivir político, social y económico de España. Aquí radica la que
pudiéramos llamar «insuficiencia» del partido tradicionalista. No come el pueblo ni se mantiene
próspera la economía nacional porque todos clavemos los ojos y fijemos la atención admirativa
ante los hechos y gestos de Carlos V, el gran emperador hispánico. No se hace frente a las
exigencias y apetencias vitales del pueblo español mostrándole lo que exigieron y apetecieron
nuestros antepasados. No se resuelven las crisis ni se atajan las catástrofes económicas, ni se
aplacan las pugnas sociales porque restauremos la vigencia de los sistemas, estructuras y
formas de vida social y económica de tal o cual siglo, cuando no había economía
industrializada, ni maquinas, ni corrientes ideológicas como las que hoy mueven y encrespan
frenéticamente a la humanidad.
No admitimos, pues, que sea el partido tradicionalista ni ninguna otra organización similar la
que logre que las masas españolas se incorporen a un orden nacional, creador y fecundo. El
culto a la tradición es, en efecto, tarea vital, imprescindible; pero el ímpetu de los pueblos
que marchan y triunfan requiere cada minuto una acción sobre realidades inmediatas, una
victoria sobre dificultades y enemigos que se renuevan y aparecen diferentes cada día. El
partido tradicionalista sólo tiene armas y puntería para un enemigo que, por cierto, ya es una
sombra: la democracia liberal. Y está inerme ante otros que hoy son poderosos, fuertes y
temibles, por ejemplo: el marxismo.
Las JONS sienten como el que más una admiración honda al pasado español; pero declaramos
nuestra voluntad de acción y de dominio en el plano de la España de hoy sin que nos trabe ni
emblandezca la rebusca de soluciones tradicionales. Hay una Nación y un pueblo a quien salvar,
y nosotros lo haremos a base de tres consignas permanentes -Patria, Justicia y Sindicatos- que
ofrecen a nuestra ambición de españoles, a nuestra juvenilísima voluntad de lucha, amplio campo
de combate y de acción.
En la marcha siempre tendremos un saludo que ofrecer a los tradicionalistas, cuyas juventudes
serán necesariamente nuestras, porque la gravedad de la hora española y su misma exigencia
vital de sacrificarse eficazmente, las conducirá a nosotros, las traerá a nuestra causa
«jonsista», esgrimiendo nuestras flechas revolucionarias contra los enemigos visibles e
invisibles de la Patria.
Es, sin duda, hermoso recluirse con fervor en las horas grandes de la Historia de España.
Pero hay el compromiso de marchar, de conducir y salvar a la España que hoy -precisamente hoy-
alienta y existe. Dejemos la contemplación de minorías de estudiosos que se encargarán de
ofrecernos con amor y pulcritud los frutos tradicionales.
¿Tiene capacidad de acción el partido tradicionalista? ¿No quebrantaron su fuerza
insurreccional las guerras civiles y no vive ya un poco su heroísmo entre ensoñación de
recuerdos y frases formularias de tópico?
Estamos seguros de que la gran mayoría de sus juventudes intuirá o comprenderá la urgencia de
incorporarse a más amplias banderas, de cara a los tiempos que vivimos y reconquistar para
España, para el pueblo español, dignidad, justicia y pan.
(«JONS», n. 2, Junio 1933)