No somos ni podemos ser otra cosa que revolucionarios. Lo que las JONS pretenden es exactamente
una revolución nacional. Y de tal modo es oportuna y precisa nuestra tarea, que quizá hasta hoy
hubiera resultado imposible lanzar a las gentes de España una tal consigna. No existía firmeza
alguna en nada desde donde iniciar con éxito las voces de guerra ni conocía nadie la existencia
concreta de un enemigo cercano a quien batir. Todo ha variado felizmente, y nosotros no
interpretamos la dictadura militar de Primo de Rivera y la victoria premarxista a que hoy
asistimos sino como episodios de análogo estilo, que preparan sistemática y rotundamente las
circunstancias españolas para que sea posible organizar el triunfo de una revolución nacional.
La sangre joven de España comienza a irritarse al comprender el drama histórico que pesa sobre
nuestra cultura, sobre nuestro bienestar y sobre nuestras posibilidades de imperio. Confesamos
que las JONS son ya un producto de esa irritación, ligado su destino, naturalmente, a las
limitaciones que hoy advertimos en la realidad española. La agitación intelectual del Partido
girará en torno al tremendo hecho histórico de que, siendo España ejecutora de acciones tan
decisivas que han modificado el curso del mundo, creadora de valores culturales y humanos de
primer rango, haya triunfado y predominado, sin embargo, en Europa, durante siglos, la creencia
de que España es una Nación imperfecta, amputada de valores nobles y a la que hay que salvar
dotándola de cultura nórdica y de buenos modos europeos. Pero hay algo más monstruoso, y es que
esa creencia, propagada y lanzada por los pueblos tradicionalmente enemigos de España, ha sido
compartida por muchos españoles, dedicados de un modo caluroso y frenético a enseñar a las
juventudes esa desviación traidora, que constituía, al parecer, el único bagaje firme de sus
ideas sobre España. Sería absurdo que nosotros pretendiéramos ahora descubrir concretamente
quiénes son los culpables de que España se haya sentido negada en su base espiritual misma de
una manera tan tosca. Pero es bien fácil denunciar el estilo y las formas que adoptó en su
postrer etapa la actitud debeladora. Nuestra tesis es que en abril del 31 la monarquía no
controlaba la defensa de los valores sustantivos de España. Vivía, sí, incrustada en las
apariencias de esos valores. Así, la pelea contra la monarquía se hizo y alimentó de la
negación de ellos, identificando luego el triunfo antimonárquico con el triunfo de todo un hilo
de tradición rencorosa, en la que figuraban a través de la Historia de España todas esas
minorías disconformes, disidentes de su unidad moral y de su ruta; o sea, las filas de todos
los desasistidos, rechazados o simplemente ignorados por la trayectoria triunfal, histórica,
del Estado español. De ese modo las descargas contra la monarquía lo eran también contra los
valores españoles, y eso que, como antes dijimos, la monarquía de abril era un régimen
indiferente por completo a ellos, sin sentirlos ni interesarse nada por su plena vigencia.
Todas las pugnas y revoluciones efectuadas durante el siglo XIX, así como luego la dictadura
militar y esta República semimarxista de ahora, no rozaron ni rozan para nada el auténtico ser
de España, ignorado y desconocido por los contendientes de una y otra trinchera.
Nosotros creemos, y ésa es la razón de existencia que las JONS tienen, que se acercan épocas
oportunas para injertar de nuevo en el existir de España una meta histórica totalitaria y
unánime. Es decir, que lance a todos los españoles tras de un afán único, obteniendo de ellos
las energías y reservas que según la Historia de España -que es en muchos de sus capítulos la
Historia del mundo- resulte lícito, posible e imperioso esperar de nuestro pueblo. Aquí
reaparece nuestra consigna de revolución nacional, cuyo objetivo es ni más ni menos devolver a
España, al pueblo español, la seguridad en sí mismo, en su capacidad de salvarse política,
social y económicamente, restaurar el orgullo nacional, que le da derecho a pisar fuerte en
todas las latitudes del globo, a sabiendas de que en cualquier lugar donde se halle españoles
de otras épocas dejaron y sembraron cultura, civilización y temple.
La revolución nacional que propugnan las JONS no va a efectuarse, pues, con la plataforma de
ninguna de las tendencias que hasta aquí han peleado. Nos declaramos al margen de ellas, si
bien, naturalmente, esperamos que de las más afines se nos incorporen energías valiosas. La
doctrina y el gesto es en nosotros inalterable y mantendremos con todo rigor el espíritu del
Partido frente a los concurso apresurados que nos lleguen. Sabemos que la captación de
militantes ha de ser lenta y difícil porque incorporamos a la política española afirmaciones y
negaciones de novedad rotunda. Metro a metro avanzarán nuestras conquistas, logrando soldados
populares para la acción revolucionaria del Partido.
Las JONS actuarán a la vez en un sentido político, social y económico. Y su labor tiene que
resumirse en una doctrina, una organización y una acción encaminadas a la conquista del Estado.
Con una trayectoria de abajo a arriba, que se inicie recogiendo todos los clamores justos del
pueblo, encauzándolos con eficacia y absorbiendo funciones orgánicas peculiares del Estado
enemigo, hasta lograr su propia asfixia. Para todo ello están capacitados los nuevos equipos
españoles que van llegando día a día con su juventud a cuestas. Son hoy, y lo serán aún más
mañana, la justificación de nuestro Partido, la garantía de su realidad y, sobre todo, los
sostenedores violentos de su derecho a detener revolucionariamente el vivir pacífico,
melindroso y burgués de la España vieja.
Nuestra revolución requiere tres circunstancias, necesita esgrimir tres consignas con audacia y
profundidad.
Estas:
1) SENTIDO NACIONAL, SENTIDO DEL ESTADO.- Incorporamos a la política de España un propósito
firme de vincular a la existencia del Estado los valores de Unidad e Imperio de la Patria. No
puede olvidar español alguno que aquí, en la península, nació la concepción moderna del Estado.
Fuimos, con Isabel y Fernando, la primera Nación del mundo que ligó e identificó el Estado con
el ser mismo nacional, uniendo sus destinos de un modo indisoluble y permanente. Todo estaba ya
allí en el Estado, en el Estado nacional, y los primeros, los intereses feudales de los nobles,
potencias rebeldes que equivalen a las resistencias liberal-burguesas con que hoy tropieza
nuestra política.
Hay en nosotros una voluntad irreprimible, la de ser españoles, y las garantías de unidad, de
permanencia y defensa misma de la Patria las encontramos precisamente en la realidad categórica
del Estado. La Patria es unidad, «seguridad de que no hay enemigos, disconformes, en sus
recintos». Y si el Estado no es intérprete de esa unidad ni la garantiza ni la logra, según
ocurre en períodos transitorios y vidriosos de los pueblos, es entonces un Estado antinacional,
impotente y frívolo.
Disponemos, pues, de un asidero absoluto. Quien se sitúe fuera de la órbita nacional, de su
servicio, indiferente a la unidad de sus fines, es un enemigo, un insurrecto y, si no se
expatría, un traidor. He aquí el único pilar firme, la única realidad de veras profunda que
está hoy vigente en el mundo. Se había perdido la noción de unidad coactiva que es una Patria,
un Estado nacional, y al recuperarla descubrimos que es sólo en su esfera donde radican poderes
suficientemente vigorosos y legítimos para destruir sin vacilación todo conato de disidencia.
Rechazamos ese absurdo tópico de que el pueblo español es ingobernable y anárquico. Estamos,
por el contrario, seguros de que abrazará con fervor la primera bandera unánime, disciplinada y
profunda que se le ofrezca con lealtad y brío.
2) SENTIDO DE LA EFICACIA, DE LA ACCIÓN.- Antes que a ningún otro, las JONS responderán a un
imperativo de acción, de milicia. Sabemos que nos esperan jornadas duras porque no nos
engañamos acerca de la potencia y temibilidad de los enemigos que rugen ante nosotros. Sépanlo
todos los «jonsistas» desde el primer día: nuestro Partido nace más con miras a la acción que a
la palabra. Los pasos primeros, las victorias que den solidez y temple al Partido, tienen que
ser de orden ejecutivo, actos de presencia.
Naturalmente, las JONS sienten la necesidad de que en el plazo más breve la mayoría de los
españoles conozca su carácter, su perfil ideológico y su existencia política. Bien. Pero un
hecho ilustra cien veces más rápida y eficazmente que un programa escrito. Y nosotros
renunciaríamos a todo intento de captación doctrinal y teórica si no tuviéramos a la vez fe
absoluta en la capacidad del pueblo español para hinchar de coraje sus empresas. Pues la lucha
contra el marxismo, para que alcance y logre eficacia, no puede plantearse ni tener realidad en
el plano de los principios teóricos, sino allí donde está ahora acampado, y es presumible que
no bastarán ni servirán de mucho las razones.
Estamos seguros de que no se asfixiará nunca en España una empresa nacional de riesgo por falta
de españoles heroicos que la ejecuten. Pero hace muchos años que el Estado oficial se encarga
de desnucar toda tendencia valerosa de los españoles, borrando de ellos las ilusiones
nacionales y educándolos en una moral cobarde, de pacifismo y renuncia, aunque luego los haga
soldados obligatorios y los envíe a Marruecos influidos por la sospecha de que batirse y morir
por la Patria es una tontería.
Necesitamos camaradas impávidos, serenos ante las peripecias más crudas. Nacemos para una
política de sacrificio y riesgo. Pues aunque el enemigo marxista se nutre de residuos
extrahispánicos, de razas que hasta aquí vivieron parasitaria y ocultamente en nuestro país con
características cobardes, el engaño y la falacia de sus propagandas le han conseguido quizá la
adhesión de núcleos populares densos. Y el marxismo no tolerará sin violencia que se difunda y
propague entre las masas nuestra verdad nacional y sindicalista, seguros de la rapidez de su
propia derrota.
El éxito de las JONS radicara en que el Partido desarrolle de un modo permanente tenacidad,
decisión y audacia.
3) SENTIDO SOCIAL, SINDICALISTA.- Nuestro propio pudor de hombres actuales nos impediría hacer
el menor gesto político sin haber sentido e interpretado previamente la angustia social de las
masas españolas. Las JONS llevarán, sí, calor nacional a los hogares, pero también eficacia
sindicalista, seguridad económica. Fuera del Estado, a extramuros del servicio nacional, no
admitimos jerarquía de clases ni privilegios. La Nación española no puede ser más tiempo una
sociedad a la deriva, compuesta de una parte por egoísmos sin freno, y, de otra, por apetencias
imposibles y rencorosas. Las masas populares tienen derecho a reivindicaciones de linaje muy
vario, pero nosotros destacamos y señalamos dos de ellas de un modo primordial: Primera,
garantía de que el capital industrial y financiero no tendrá nunca en sus manos los propios
destinos nacionales, lo que supone el establecimiento de un riguroso control en sus
operaciones, cosa tan sólo posible en un régimen nacional de sindicatos. Segunda, derecho
permanente al trabajo y al pan, es decir, abolición radical del paro forzoso.
Es una necesidad en la España de hoy liberar de las embestidas marxistas las economías privadas
de los españoles. Pero sólo en nombre de un régimen justo que imponga sacrificios comunes y
consiga para el pueblo trabajador la estabilidad y satisfacción de su propia vida podría ello
efectuarse. Nosotros nos sentimos con fuerza moral para indicar a unos y a otros las
limitaciones decisivas. Se trata de un problema de dignidad nacional y de disciplina. Si el
mundo es materia, y para el hombre no hay otra realidad y poderío que el que emana de la
posesión de la riqueza, según proclama y predica el marxismo, los actuales poseedores hacen
bien en resistirse a ser expoliados. Pero el marxismo es un error monstruoso, y nadie puede
justificarse en sus normas.
Nosotros, el nacional-sindicalismo, salvará a las masas españolas, no lanzándolas
rencorosamente contra la propiedad y la riqueza de los otros, sino incorporándolas a un orden
hispánico donde residan y radiquen una vida noble, unos servicios eminentes y la gran emoción
nacional de sentirse vinculados a una Patria, a una cultura superior, que los españoles hemos
de alimentar y nutrir con talento, esfuerzo y dignidad.
Sabemos que hoy en España la necesidad más alta es recoger y exaltar todos los heroísmos
angustiados de las masas, que van entregándose, una tras otra, a experiencias demoledoras e
infecundas. Habrá, pues, que hincharse de coraje, de razón y de voluntad, y luego, a flechazo
limpio, dar a todos una orden de marcha, imperativa y férrea, a salvarse, quieran o no, tras de
la PATRIA, EL PAN Y LA JUSTICIA, según reza la consigna central y fundamental de las JONS.
(«JONS», n. 2, Junio 1933)