El Dos de Mayo nacional
Ahí quedó esa fecha, una más, entre tantas como pueden ser conmemorados hechos y corajes
españoles. Hasta ahora, se celebraba el día de un modo rituario y rutinario. Perdiéndose cada
año cuanto tenía que ser imprescindible en jornadas así: la valorización, exaltación y
sublimación de lo que hay y puede haber de más popular y hondo en las batallas. La vida
nacional, el hecho magnífico de ser y formar en una Patria, requiere de vez en vez el
sacrificio de la sangre, algo que recuerde a los escépticos y a la cobardía cínica de muchos
que la continuidad y la Historia de España no es un capricho fácil de los hombres, sino que se
debe a la voluntad decisiva, generosa y victoriosa de los españoles.
El Dos de Mayo podría tener un carácter ingenuo y como de estampa lejana, de morrión candoroso,
pero también en la entraña de su signo brillaba con pureza el gesto de un pueblo con dignidad,
proclamando su horror a esclavitudes infamantes.
Este año ha sido evidente el afán del Gobierno por aniquilar lo poco que quedaba de emoción y
de recuerdo en torno de este día. Lo ha restituido a un día normal, sin importarle lo más
mínimo el deber de contribuir, por el contrario, a darle realce y resonancia. Ha evitado,
además, que otros lo hagan, como si una sombra de responsabilidad, un pudor insistente, pugnara
con sus decisiones.
Quizá los vientos de una política internacional turbia le impidieran permitir que el pueblo
recordase su gesto rebelde contra los franceses. Quizá la admiración por la patria gala, país
de los derechos del hombre y de otros hallazgos divertidos, lo explique todo; pero nosotros
encontramos también explicaciones más fáciles: se encuentra España bajo el signo marxista, es
decir, bajo el imperio de la negación, de la ignorancia y del escarnio hacia lo que signifique
entraña nacional, genio nacional, plenitud nacional.
¿Un fascismo español?
Todos nosotros creemos que el «hecho fascista» de Italia y la victoria del nacional-socialismo
hitleriano son fenómenos geniales de esta época. Pero nosotros, «jonsistas», españoles, jamás
nos apellidaremos a nosotros mismos «fascistas», como algunos compatriotas, afines a nuestro
Partido, al parecer, hacen o pretenden.
Nadie puede creer en serio que para conducir al pueblo español hacia jornadas triunfales, en
pos de la Patria, el pan y la justicia, sea conveniente, ni necesario, ni posible, mostrarle en
una estampita, en un cromo, lo bien que funciona una marca política en este país o en aquél.
España se salvará extrayendo de sí el coraje, el contenido y las formas de una política,
pariendo con sangre de sacrificio y dolor de autenticidad el futuro de sus rutas.
No podemos encomendar a ningún país extranjero el hallazgo de nuestra gloria y de nuestra
propia salvación. Somos bravíos y genuinos. Pueblo eterno, creador y sabio. Antes que nadie,
España adoptó el fondo y la forma de todo lo que se inicia y surge ahora por el mundo como
incipiencias prometedoras.
Piensen los camaradas afines, a quienes ocupa y preocupa hoy el afán de lanzar fascismos en
España, en los riesgos graves que ello les traerá consigo: más que las balas marxistas, más que
la ponzoña de los descastados y de los traidores, herirá al movimiento posible su fidelidad y
su dependencia de formas, consignas, ritos y percances extranjeros. ¡Cuidado, camaradas, con el
peligroso lazo!
Y no vale hablar del imperio y de la universalidad. Todo eso desde aquí, desde España, como
centro y eje del imperio y de la universalidad.
Hay cosas que pueden serle permitidas a un Albiñana, en nombre de la fácil facilidad,
pintoresca, pero nunca a quienes llegan creyendo incorporar a España un esfuerzo serio, un don
de juventud, una ilusión generosa y un talento.
(«JONS», n. 1, Mayo 1933)