Algunos periódicos españoles, en prueba de esa generosidad tan madrileña hacia lo extranjero,
han dedicado amplios reportajes al nacional-socialismo portugués. Lo hemos visto desfilar por
la pantalla de grandes diarios de Madrid con un lujo fotográfico que tardará muchos lustros en
disfrutar dentro de Portugal. Entre otras razones, porque allí no hay órganos periodísticos que
sean capaces de semejante alarde.
No censuramos esa generosidad para con los fascistas lusitanos, sobre todo, por lo que tiene de
cordial virtud española. Pero sí la tachamos de un poco demasiado bonachona y, desde luego, de
desproporcionada con el objeto.
El joven partido portugués posee, desde hace poco más de un año, un diario: «Revolução». Este
periódico, dentro de su modestia, está bien hecho. Nos parece que cumple hábilmente su cometido.
En él pelean con destreza frente a los residuos del «democratismo» portugués y saben extender,
en forma combativa y atrayente, su doctrina social y nacionalista.
Pero nuestros caros «irmãos de la beira mare atlãntica» están poseídos de un antiespañolismo
demagógico. Mantienen que Galicia -nada menos que Galicia- es para ellos tierra irredenta y
querrían conquistar España entera y el mundo si les dejasen.
No hace mucho, cierto orador lírico que poseen decía en un pueblo del interior de Portugal que
éste es la «cabeça da Europa e do mundo». A la vez, el partido se deshace con cualquier ocasión
o sin ocasión ninguna en arrumacos con Inglaterra. Hablan de «da sagrada alianza» con este
imperio. (La alianza del ignominioso Ultimátum del 90, la alianza de los setenta mil muertos
portugueses en la gran guerra. ¡Qué diría Antonio Sardinha si viviera...!)
Fuera de estas menguas de nacionalismo, menguas flagrantes, y de esa vanidad femenil,
insoportable para cualquier espíritu medianamente enterado de lo que es el mundo, repetimos que
los fascistas portugueses hacen su labor y hasta es posible que consigan, como pretenden,
suceder a Salazar en el tiempo -que Dios ponga muy lejano- en que éste falte. No es nuestro
objeto presentar a Salazar a los lectores de JONS. Diremos sólo que posee la virtud -extraordinaria
entre los peninsulares- de hablar poco mientras hace mucho. Sobre todo -¡por Dios!- ni presume
a la portuguesa ni fanfarronea. Por eso, quizá, está salvando a Portugal.
Con los «nazis» de la camisa azul y la cruz de Cristo, nosotros quisiéramos mantener no
relaciones de ningún género, cosa que no nos interesa y que les obligaría inmediatamente a
gritar por su eterna independencia, pero sí una amigable simpatía. Sin embargo, mientras
persistan sus propósitos pintorescos de conquistarnos, nos limitaremos a guardar una actitud de
regocijada expectación.
(«JONS», n. 1, Mayo 1933)