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La ruta de Alemania
El nacional-socialismo en el Poder
Hasta la toma del Poder, Hitler era un genio de la organización y de la agitación políticas.
Había derecho a negar que fuesen sinceros quienes no le reconocían esa virtud formidable. Ahí
estaban, rígidos, disciplinados y poderosos, quince millones de alemanes proclamándolo
rotundamente. El movimiento nacional-socialista creado en torno a Hitler se fundía con la
autenticidad alemana. Su clamor, sus aspiraciones y sus ímpetus eran los verdaderos del pueblo
alemán. Sobre ello no podía haber duda por parte de nadie que conservase una dosis ligerísima
de capacidad para enjuiciar hechos políticos.
Ahora bien; en el movimiento hitlerista, mejor dicho, en Hitler mismo, había una incógnita
tremenda. Todo el mundo podía preguntarse lícitamente si una vez conseguido por Hitler el Poder
conservaría su figura y su prestigio el rango antiguo. Es decir, si Hitler, genio de la
organización y de la agitación, era también un genio del mando político, un constructor de
instituciones, un hombre de Estado.
Naturalmente que esa incógnita estaba ya resuelta de un modo afirmativo para quienes admiraban
y seguían con entusiasmo su ruta de triunfos. Por ejemplo, los millones de alemanes adictos al
partido. Pero no para los demás ni para los espectadores extranjeros, aun incluyéndonos entre
éstos a nosotros, los de JONS, que en fidelidad a «lo nacional» y en angustia social andamos
por análogos parajes.
Hitler es Canciller de Alemania desde hace tres meses. No corresponde a su Movimiento la
totalidad del Poder, pues está en manos de políticos más o menos afines la mayoría de los
ministerios. Este hecho, que alarma a algunos, inclinando su ánimo a reconocer de un modo pleno
la victoria hitleriana, tiene explicación muy sencilla y verdadera. En primer lugar, Hitler
sabe que su llegada al Poder supone para Alemania un régimen nuevo, con amplitud de tiempo
suficiente para no apresurarse de un modo ciego e impolítico, sino más bien para realizar cada
cosa a su hora. Los objetivos que aparecen como fundamentales en el movimiento de Hitler son
estos dos: vigencia de la autenticidad alemana, es decir, sustitución de marxistas y judíos en
el Gobierno y dirección de Alemania por hombres, ideas y sentimientos alemanes. Y el segundo:
proceder revolucionariamente a la implantación de nuevas normas económicas, financieras y
sociales que impidan el hambre de millones de alemanes en paro forzoso, la tiranía rentística a
que los grandes especuladores bancarios -casi todos judíos- someten a la población alemana, la
dependencia económica del extranjero, la solidaridad social.
Naturalmente, la primera preocupación del régimen nacional-socialista fue la de consolidar y
afirmar sus posiciones frente a los terribles enemigos de su victoria. Y además, hacer cara a
las tareas diarias, inmediatas e inaplazables que trae consigo la gobernación pública. No es,
pues, extraño, ni puede considerarse con recelo, que gran número de ministerios quedasen fuera
del control, personal de los hitlerianos. No se olvide que el partido de Hitler tenía una
tradición de combate permanente, de grandes peleas políticas, y sus hombres eran
indiscutiblemente más expertos en lides polémicas -a que les obligaba el carácter mismo
revolucionario del partido- que en esas otras experiencias administrativas y de burocracia
jurídica propias del funcionamiento normal del Estado. En ese trance, Hitler, con magnífico
buen sentido, puso los ministerios en manos diestras, lo suficientemente afines para colaborar
con los «nazis» en aquel primer objetivo que antes señalamos: la organización de la expresión
alemana, la desarticulación del formidable aparato marxista. ¿No hizo eso mismo Mussolini los
primeros dos años de fascismo, en que no se le ocurrió la equivocación de llevar al Gobierno a
los jefes de sus escuadras?
Pero ahora Hitler, como antes Mussolini, sabe muy bien que es su partido el que posee la clave
de los mandos esenciales y que todas las personas aisladas o los grupos que les ofrezcan
colaboración no sirven en realidad otras metas que las que Hitler y su partido representan. Los
tres meses de Gobierno transcurridos permiten advertir la notoria realidad de todo eso. Quien
representa el centro vigoroso sobre que se agrupan las expectaciones es el partido
nacional-socialista. El mismo día recibe su jefe la adhesión de los Cascos de Acero -fuerza, no
se olvide, hasta ahora ajena al movimiento de Hitler, surgida con otra mentalidad y otras
preocupaciones- y el acatamiento de gran número de sindicatos socialistas. El es, pues, la
realidad y la esperanza de Alemania.
Ahora bien, la gran prueba será, naturalmente, el día en que Hitler y su Gobierno lleguen a las
cercanías del segundo objetivo: la reforma radical del régimen económico y financiero de
Alemania. Nosotros creemos que ese día llegará y que los nacional-socialistas cumplirán sus
compromisos, que, más que de programa, son compromisos de la realidad social alemana. No pueden
sortearse ni ser tampoco ignorados. Y es sólo de su feliz solución de donde depende el futuro
triunfal de este gran movimiento, cuyos pasos primeros tan legítima admiración produce hoy a
todos nosotros.
No es España precisamente el país desde donde hoy puede ser juzgado con cierta objetividad el
hecho alemán. Domina aquí, con insistencia absurda, el afán oficial de presentarnos como el
refugio de todas las ideas y de todas las políticas ensayadas y fracasadas por los otros. Se
odia en esas esferas, sin comprender nada de él, al movimiento de Hitler. Y así acontece que,
siendo quizá España el único país que podía justificar hoy ante el mundo la acción antisemita
de Alemania -ya que ella misma tuvo en ocasión memorable que defender su expresión nacional y
su independencia contra los manejos israelitas-, se convierta hoy en la tierra de promisión
para los judíos y vengan aquí los que huyen de lo que llaman «su patria alemana», de donde,
después de todo ni se les expulsa ni se les persigue de modo alguno antihumano. Claro que tanto
el arzobispo Verdier, en Francia, como «El Debate», en España, se han unido a la protesta de
los judíos contra la persecución hitlerista. En España, ciertamente, no existe hoy problema
judío. Pero, ¿no llegará a haberlo -y pavoroso- si desde los católicos de «El Debate» hasta los
radicales socialistas ofrendan nuestro suelo a todos los que hoy huyen y escapan de Alemania?
(«JONS», n. 1, Mayo 1933)
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