Igualamos al que más en
fervor proletario, en afanes de justicia para las masas trabajadoras.
Por eso la presencia de una fiesta suya, que ellos celebran con alegría y ruido, produce en
nosotros, trabajadores y proletarios asimismo, una inmediata reacción de simpatía.
¡Bien por la fiesta obrera, que muchas otras fiestas de otros, al cabo del año, son para los
trabajadores jornadas laboriosas!
Pero estos primeros de mayo no son sólo fiestas proletarias, sino fiestas marxistas; las guía
un culto a esa cosa fría, antinacional y bárbara que es el marxismo. Por eso los comentarios
nuestros de hoy tienen una justificación. No ya los obreros enrolados en las organizaciones
marxistas, sino sus capataces, dirigentes y tiranuelos ponen interés en que el Primero de mayo
sea «una gran demostración marxista». En efecto, para quien no tenga otros medios de conocer el
marxismo, le brindamos por su rotundidad éste: vea lo bien que realizan eso de parar, aniquilar
y destruir durante veinticuatro horas la vida civilizada de las gentes. Eso lo hace a maravilla
el marxismo: parar, aniquilar, destruir.
¿Quiere decírsenos qué otra explicación que ésa justifica el hecho de que se quiera añadir a la
lícita fiesta proletaria un interés sañudo por el paro absoluto, de muerte, hasta de funciones
de las que no debe ni quiere prescindir ningún pueblo civilizado?
Nosotros haremos de ese día proletario una auténtica fiesta proletaria y nacional, sin tristeza
ni lamentaciones de nadie. El Primero de mayo: día proletario, pero también aquel gran día del
imperio español del XVI, en el que dos mundos celebraban el Día de Felipe, el día optimista y
fuerte para la divina cosa de ser español.
(«JONS», n. 1, Mayo 1933)