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Filosofía 1930
(De día en día va adquiriendo vigor en España la vida
filosófica. Es ya considerable el número de personas orientadas de un modo
vigoroso hacia los tres o cuatro problemas capitales de la Filosofía
actual. Se ha superado, pues, el periodo heroico. Aquel en que todo
destino filosófico se adscribía aquí a la posibilidad de una media docena
de profesores. Coincidió por fortuna esta exigencia española de necesitar
y reclamar antes que nada unos cuantos buenos profesores con la realidad
europea de fines de siglo. En esa fecha, las mentes mejores de la
Filosofía alemana se esforzaron en la captura de unos saberes ya
elaborados, requiriendo como tarea previa e indispensable para la
dedicación filosófica que la Filosofía kantiana fuese comprendida en
integridad. Hace unos diez años que la Filosofía europea se ha hecho
independiente de esa disciplina profesoral. Lo que no quiere decir que los
filósofos no sigan siendo igualmente profesores. No sé cuando podremos
aspirar en España a salir del estricto periodo de aprendizaje. Puede muy
bien suceder a un pueblo que haya una época en que predominen las
capacidades receptivas, no creadoras, que persigan el saber de los demás y
agoten en una tarea así todas sus reservas. Un leve conocimiento de las
características intelectuales que residen en el español permite asegurar
que no nos resignamos a eso. Ya es bien raro –y también magnífico– que
durante veinte años la vida filosófica española haya permanecido tensa en
disciplinas de interés por comprender, no las cosas ni el universo, que
eso sería ya hacer y crear filosofía, sino lo que los demás, algunos
hombres geniales, han comprendido. No es difícil, pues, augurar, para muy
en breve, un periodo distinto, y en él la Filosofía española hablará. Ese
pleito secular acerca de si en España son o no posibles los valores
filosóficos más altos tendría entonces, y sólo entonces, una solución
decisiva.)
Del año que ahora finaliza, destacamos los hechos y
noticias siguientes, que ofrecemos a los lectores con un leve comentario:
1) Una nueva Filosofía.– A principios de 1930
inició Ortega en la Revista de Occidente unas sesiones filosóficas
cuya finalidad era exponer con todo rigor una nueva Filosofía, que, como
es sabido, Ortega se dispone y decide a estructurar totalmente. Toda
Filosofía tiende, quiera o no, a obedecer dos imperativos o necesidades
esenciales: Aprehender una realidad que se presenta a nosotros como algo
evidente y absoluto. Y a la vez, que se trate de la realidad primaria,
previa a todo, en orden a la cual los saberes se jerarquicen e influyan.
Una entidad así ha gravitado sobre toda la Filosofía moderna, desde
Descartes, y es la realidad o cosa llamada pensamiento. Aparece éste desde
luego con un rango de obligatoriedad filosófica que nadie puede poner en
duda. Tan pronto como filosofe, me doy de bruces con esa realidad, y así
el idealismo la ha proclamado como la más radical y primaria. Ortega niega
al idealismo la legitimidad de eso, y nos presenta una realidad distinta,
anterior e independiente del pensamiento, y que no necesita de él, puesto
que se basta a sí misma, siendo por ello una realidad absoluta. Se trata
de la «realidad vital», cuyo ingreso en la Filosofía hace Ortega. «Pienso
porque vivo» debe decirse, rectificando la fuente cartesiana del
idealismo. El único dato absoluto es, pues, según Ortega «mi Vida», el
acto radical y absoluto de mi vivir. El idealismo se dio muy bien cuenta
de que a la realidad que se denunciase como absoluta había de adscribirse
una categoría suprema, la de «ser para sí». Esto lo considera Ortega como
una genial invención, pero rebate al idealismo que esa categoría convenga
al pensamiento. Al iniciar Ortega la crítica en este punto, obtiene que el
pensamiento no es para sí, sino otro pensamiento. Una vez en posesión de
la absoluta realidad vital, es inevitable que Ortega camine a la gigante
elaboración de una Filosofía radicalmente nueva. Resulta que no hay
conocimiento absoluto sino de «mi Vida». Pues distingue al conocimiento
absoluto el que no agota a los objetos como tales, y esto no ocurrirá sino
en algo que sea dado absolutamente. Por tanto en la Vida. Apenas ha
expuesto Ortega diez lecciones sobre esta nueva y admirable Filosofía
–nadie dudará que lo es– y resulta por esta razón imposible el más leve
intento de juicios críticos. Sin embargo, es de tal magnitud filosófica
este acontecimiento que Ortega nos ofrece, y choca de tal modo con las
rutas tradicionales de la Filosofía, que invita como ninguna otra cosa al
fragor polémico, por ingenuo que sea, y así el maestro Ortega ha de
perdonarnos que en estas líneas breves, al par que la gran noticia, brote
un manojo de interrogaciones impacientes. Parece que lo que en realidad
descubre Ortega es un a priori vital. Ahora bien, este a
priori si no actúa luego en nuestro saber teorético de los objetos, no
posee necesidad ni rango alguno ineludible. Ese a priori no es
ciertamente como en Kant un nuevo formalismo, sino que tiene realidad
ontológica, es un ser. Influye en las categorías de las cosas. Así, cuando
decimos del mundo que es una resistencia ¿queremos decir también que todo
lo que sea el mundo, además de eso, está fundado en eso? Las categorías de
las cosas, por las cuales forman parte de «mi circunstancia» ¿sirven para
mí saber de ellas? Es una de mis mayores impaciencias ante estas
investigaciones de Ortega: comprender qué función corresponde a ese a
priori vital en la elaboración de mi saber del mundo. Asimismo,
si la realidad vital es previa al pensamiento permanecerá irreductible
ante él. Yo y mi pensamiento estaremos inermes ante ella, sin captura
posible de esa su realidad independiente y primaria. ¿Cómo podré, incluso
pensarla? Su realidad, según Ortega dice, es que no puedo dudar de ella, y
se presenta ante mí de un modo evidente. «Su ser» entonces consiste en
algo que mi pensamiento como indudable, como evidente. Para afirmar la
realidad vital, para mostrar su ser, por lo único que me sirvo de ella,
necesito, pues, del pensamiento. Este sería, por tanto, tan primario como
ella. Pero hay más, y es que la radical manifestación del «mi vida»
orteguiano se verifica de un modo oscuro. La Vida ¿es realmente evidente
como entidad primaria? La Vida se evidencia más bien en y con el
logos, mediante un doble juego sintético. ¿Hay Vida absoluta sin el
logos?
2) El profesor Zubiri.– Muy pocas cosas hemos
sabido de Zubiri en este año de 1930. Ni siquiera la seguridad de que
persiga en Alemania, junto a Heidegger, el último engranaje metafísico de
la fenomenología. Todos los peligros gravitan sobre Zubiri ahora, cuando
las musas escépticas despliegan tentaciones eficaces. Zubiri ha escalado
entre nosotros con rapidez y denuedo esa primera cima que es para el
estudioso el ingreso en la orden profesoral. Pero no se trata de esto. El
nivel de las exigencias alcanza hoy una cota que nadie sospecharía aquí
hace algún tiempo. ¿Pues no queremos ya en España crear y producir
filosofía?
3) José Gaos.– Uno de los hechos más gratos de
reseñar para mí es el triunfo de José Gaos. Ahí está, explicando
Filosofía, en la Universidad de Zaragoza. Es el hombre de más entusiasmos
filosóficos que conozco. Además de eso, todo en él tiende a robustecer la
riqueza intelectual de que dispone, y uno está seguro de que ha de
realizar su labor de un modo limpio. Es el filósofo nato. Parece
orientarse hacia los problemas metafísicos, y, por tanto, su llegada a la
Filosofía no puede ser más oportuna. El hecho de verle en una Universidad,
entre jóvenes curiosos de saberes, es para los que le conocemos una
garantía de dos cosas: que conseguirá una obra original, todo lo ambiciosa
que con absoluta legitimidad puede permitirse su talento. Y también, que
en una provincia española habrá un grupo permanente de cultivadores de la
Filosofía, sin peligro alguno de fugas desorientadoras. Quizá, no sólo
eso, sino a la vez una escuela de Filosofía que asegure una continuidad y
forje una eficacia. Desde luego, entre los que actualmente se dedican en
España al magisterio filosófico, es José Gaos el único que puede algún día
contemplar en torno suyo la congregación disciplinada de una escuela.
4) Fernando de los Ríos en la Central.– En sus dos
ejercicios de oposición a una cátedra de doctorado, Fernando de los Ríos
nos proporcionó la mejor de las satisfacciones. Este hombre, que trabaja
hoy en los problemas de más fino relieve polémico entre los filósofos del
Derecho, nos demostró hasta qué punto ya nuestra época se basta a sí misma
y pone en circulación saberes legítimos. Es un signo de grandeza para
nuestro tiempo el que prefiera las meditaciones actuales, que hoy mismo se
elaboran por hombres que están ahí junto a nosotros, a otras de entraña
tradicional. Casi exclusivamente, el profesor de los Ríos se refirió en
sus ejercicios a trabajos de Scheler, Hartmann y Heidegger. Saber
filosófico, pues, que corresponde casi íntegro a los últimos cinco años.
No he podido menos de recordar que el profesor Serra Hunter, de la
Facultad de Filosofía de Barcelona, me decía hace unos meses que en sus
explicaciones a los discípulos nunca se refería para nada a los filósofos
posteriores a Hegel. Si acaso, un poco a Bergson. Es decir, la Filosofía,
para constituir un saber legítimo, necesita, según este profesor,
petrificarse en la historia. Mi amigo Souto Vilas asiste a la llegada del
profesor de los Ríos a la Central con emoción incontenible. Así otros
jóvenes. No hay que olvidar, a la vista de estos entusiasmos, que la
figura intelectual de don Fernando de los Ríos es de primer rango en la
vida española. Yo sé muy bien, por la índole de los trabajos filosóficos y
jurídicos en que se ocupa, que en los próximos años atraerá hacia Madrid
las atenciones europeas más serias. Su afán de descubrir unas categorías
válidas y eficaces para los objetos del orbe jurídico le coloca en la más
avanzada línea polémica de estos estudios. (Junto a la semblanza
intelectual de D. Fernando de los Ríos, es inevitable que aparezca su
semblanza política, de la que radicalmente difiero y estoy llamado a
combatir de un modo implacable y agresivo. Creo oportuno decir esto a
continuación de las líneas anteriores, de un elogio sin reservas.)
5) Zaragüeta y el cardenal Mercier.– Ha sido una
de las novedades filosóficas del año. El libro compacto de Zaragüeta, que
resume con fidelidad y método pulcro el panorama ideológico del cardenal
Mercier. Todas las cosas del Sr. Zaragüeta poseen una distinción y un buen
tono intelectual destacado. Su libro, que por otra parte recibió ya de
nosotros un amplio comentario polémico, posee cuantiosamente esas
características valiosas, y debe recordarse en este breve índice de
noticias.
6) Recuerdo a dos filósofos.– En 1930 murieron en
España dos hombres que trabajaban con entusiasmo en cosas de Filosofía. El
Sr. Gómez Izquierdo y D. Ángel Amor Ruibal. Por los días mismos en que
aconteció el hecho infausto de sus muertes escribí sendas notas en La
Gaceta Literaria. Es tanto más triste esa fuga involuntaria si se
recuerda que ambos realizaban labor interesante, muy rara además aquí, y
aunque no significase ninguna posibilidad de provecho decisivo para la
cultura filosófica, convenía sí tener en cuenta conocer y estimar los
resultados.
7) El centenario de San Agustín.– Si existe alguna
figura en la Iglesia cuya genialidad ahogue toda vacilación en admirar, es
San Agustín. Bien poco se ha hecho en España para conmemorar el XV
centenario de su muerte. Un grupo de frailes, entre lo que se advierte el
pulso organizador del P. Félix García –hombre intrépido y magnífico–,
organizó un ciclo de conferencias que creemos aún inacabado. A ninguna de
las celebradas cabe adscribirle en justicia el honor de haber situado ante
nosotros la filosofía de San Agustín. Eugenio D’Ors en la suya intentó
bosquejar una interpretación histórica del pensamiento agustiniano, y dijo
cosas tan peregrinas y en alguna ocasión de tan manifiesta deshonestidad
intelectual, que sólo se explica por el deseo de halagar a parte del
auditorio, en alto grado tendencioso. Aún es tiempo de homenajes de más
rango y de subsanar todas las deficiencias. Organícense cursillos.
Interésese la Universidad. Hágase, en fin, algo digno de San Agustín.
[La Gaceta Literaria, año V, n. 97, 1-I-1931, p. 16-17]
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