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Filosofía
El filósofo Amor Ruibal
Pocas docenas de españoles habrán puesto a los telegramas de la Prensa que anunciaron su muerte, días pasados, el comentario admirativo que el ilustre canónigo de Santiago merecía. Su labor intelectual, en los sectores de la filología, de la filosofía y de la dogmática, ha sido una de las más puras y valiosas que se han realizado en nuestro país en los últimos treinta años. Una labor restricta, limitada a los problemas entrañables. Este carácter espinoso de sus investigaciones y el hecho de vivir como adscrito a esa superviviencia que es la ciudad compostelana, en su núcleo catedralicio y en las aulas de la Universidad eclesiástica, envolvieron su figura en el más absoluto de los aislamientos, sólo vadeable por una relación selectísima con media docena de sabios europeos. El señor Amor Ruibal estaba dotado de una capacidad sorprendente para la filosofía, y sólo la excesiva pasión asimiladora, de estudio constante, persiguiendo el saber de los demás, pudo impedirle la realización, en este dominio, de una obra original y propia, que hubiera exigido, sin embargo, el sacrificio —para él, inmenso— de seccionar por algún tiempo sus afanes de estudioso. Por ello, sus libros mejores son de exposición y crítica históricas. Ahí están Los problemas fundamentales de la filosofía y del dogma, tarea magnífica, donde, con una lucidez y minuciosidad exquisitas, aparecen capturadas todas las especies de aventuras intelectuales a que dio origen la dogmática cristiana, en su connubio con la tradición filosófica que nutría los destinos del alma occidental. Este libro gigantesco, del que publicó seis volúmenes, es quizá el índice más eficaz para la comprensión del pensamiento posthelénico y medieval, los siglos extraños, que cada día nos ofrecen nuevas nieblas y nuevas lejanías. El señor Amor Ruibal conocía toda clase de idiomas orientales; y así, estos volúmenes a que nos referimos vienen contrastados por esa incomparable garantía que supone el saber que se tuvieron en cuenta los testimonios escritos de más rara y preciosa certidumbre. Este gran investigador cita, a cada instante, textos griegos, árabes, siriacos, hebreos, coptos, etc., que transcribe con su traducción rigurosa, para resolver la finísima dificultad de una polémica o para justificar la ceguera tradicional en la apreciación de esta o aquella teoría. (Júzguese, de esta pasión suya por los saberes idiomáticos, la calidad de sus trabajos de filología, en cuyo comentario nos está impedido penetrar, pero que sabemos eran estimadísimos entre los mejores.)
Ha sido, pues, el señor Amor Ruibal, en su aspecto filosófico, un recluso en el orbe escolástico, sin esperanza alguna de que sus buenas cualidades para la filosofía se hayan enfrentando ni una sola vez con las problemáticas de nuestro tiempo. Hace unos meses, en un rápido viaje que hice a Santiago, llevaba yo el afán y la ilusión de dialogar con este filósofo acerca de las orientaciones actuales. (Apremios de tiempo lo impidieron, y tuve noticias suyas posteriores, en las que expresaba su sentimiento por ello.) Es un poco absurdo que las dedicaciones filosóficas serias que dentro de la Iglesia aparecen de cuando en cuando sean arrebatadas, por una falsa fidelidad a ortodoxias intelectuales imposibles, a los auténticos destinos de su tiempo. El mundo escolástico y medieval no es ya, para la filosofía, ni tradición ni enseñanza. Entra en el reino de las curiosidades, todo lo sugestivas y magníficas que se quiera. Algo de esto acontece también con el pensamiento helénico, que, en una hora de sinceridad, hay que apresurarse a considerarlo infructuoso e inasible. Hemos vivido quizá inmersos, hasta hace bien poco, en esos orbes fantasmales, y sólo ahora, evadidos de la vigencia de la filosofía moderna, podemos considerar a ésta como tradición y a aquéllos como sin remedio periclitados.
En su modo petrificado de existir, para nosotros, la escolástica ofrece hoy la mejor dimensión para ser calificada de manera definitiva. Fue, sin duda, una gran aventura filosófica, que tiene en su haber victorias intelectuales de alto brillo. Pero su concepción de la filosofía era enormemente peligrosa, y la condujo, a la postre, a su desprestigio radical. Su empresa fue de tan singular perfil, que presuponía nada menos que la Verdad, unas verdades irrefutables, cuya obtención provenía de algo tan lato como la fe. Una vez ahí las verdades, gravitando sobre mí su aleteo dogmático, la tarea filosófica emprendía el afán de justificarlas y explicarlas. El conflicto entre la razón y la fe, que fue el problema pavoroso de los siglos medievales, no pudo ser eludido con finura especulativa. Los averroístas cristianos creyeron vencer esa dificultad, con su insinuación de las dos verdades, la filosófica y la teológica, diversas una de otra, sin nexo alguno entre ellas, lo que explicaba por qué algo extraño o falso, en Teología, podía considerarse verdadero ante la razón. Dicen bien los que afirman —en algún neoescolástico de hoy lo hemos leído— que los problemas de la filosofía medieval eran de más amplio radio que los actuales. Dicen bien, repito, si se refieren a ese conflicto entre la razón y la fe, ilegítimo problema que apareció en la escolástica como un reproche.
Por lo demás, el ambiente teológico y religioso en que se debatían las cuestiones filosóficas no dejó de originar muy bellas cosas. Así la angelología, teoría de los ángeles, que adquieren una sugestivísima formulación a lo largo del Medievo. Estas aéreas entidades, los ángeles, constituyen, en realidad, el viejo problema de la individuación de lo universal, que aparece, de una u otra forma, en todo el hacer filosófico desde Platón. La Iglesia entrega estos seres —universales concretos— a la filosofía, provistos de alas y de perfección suma. Amor Ruibal nos aclara, a propósito de la angelología, el singular detalle que aparece en una biografía copta de San Juan Kolobos, según el cual, este Santo fraile intentó convertirse en ángel. Nuestro filósofo sale al paso de los que, amparándose en ese detalle, creían que semejante transmutación aludiría más bien a una creación especulativa que explicase teóricamente la realización de esas concreaciones universales que son los seres angélicos. Amor Ruibal transcribe, en sus Problemas fundamentales de la filosofía y el dogma, el original copto de esa biografía, aclarando cómo lo que allí se relata es un individualísimo anhelo místico del Santo, sin extensión a la comunidad ni base alguna filosófica.
La agilidad con que el señor Amor Ruibal nos presenta el panorama de las corrientes helenizantes y su influjo en el pensar occidental cristiano da una idea de la disposición excepcional de este hombre para la filosofía. En sus volúmenes, el aridísimo detalle erudito adquiere su peculiar y valioso carácter, apareciendo en aquellos momentos imprescindibles en que la legitimidad expositiva lo requiere. Su magisterio en la Universidad Pontificia compostelana no creemos haya sido muy fecundo. Hombres así, hechos a sí mismos, no suelen tener gran fe en las transmisiones magistrales. Pero, además, ¿qué labor fértil y valiosa es factible hacer entre los muros de una Universidad Pontificia, en esta España del siglo XX?
Bien harían los estudiosos españoles en fijar su atención sobre la obra magna de este gran hombre, don Ángel Amor Ruibal, cuyo nombre he visto en la Prensa tan sólo dos veces: una, hace algún tiempo, cuando sufrió, durante uno de sus paseos por las afueras de Santiago, un leve atropello de automóvil; otra, en esta ocasión infausta de su muerte.
Ramiro Ledesma Ramos
[Este trabajo fue publicado en la revista quincenal La Gaceta Literaria, número 95 (1-XII-1930). Volvió a ver la luz en el libro Escritos filosóficos (Imprenta y Encuadernación de los Sobrinos de la Sucesora de M. Minuesa de los Ríos, Madrid, 1941, pp. 161-166). En la reedición de Tecnos, bajo el título La filosofía, disciplina imperial (Madrid, 1982), aparece en las pp. 115-119. (Nota de "N.R.")].
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